Las comas, las faltas ortográficas y la flexibilidad del escritor

Reglas y errores ortográficos

La Ortografía de la lengua española editada en 2010 (la vigente) califica esta disciplina como el corpus de convenciones que fijan la escritura correcta y le atribuye carácter eminentemente normativo. Asimismo, determina que contiene un conjunto de reglas que deben ser respetadas por todos los hablantes que deseen escribir con corrección y cuyo incumplimiento genera lo que se denomina faltas de ortografía.

foto RAE

Entendiendo la ortografía en lengua española en su conjunto, y dado el contenido de este corpus normativo, la comisión de faltas de ortografía puede deberse a los motivos siguientes:

  • Error en la utilización de ciertas letras (es decir, representación de fonemas mediante grafemas o secuencias de grafemas equivocados).
  • Falta de acentuación (es decir, no poner tilde en palabras que deben llevarla en una letra de la sílaba tónica).
  • Acentuación sobre vocales inadecuadas (es decir, colocar tilde en sílabas que no la requieren o en la letra equivocada de la sílaba tónica).
  • Error en el uso de la diéresis (colocación sobre la u en sílabas que no la requieren u olvido en las que sí la precisan).
  • Utilización incorrecta de mayúsculas y minúsculas.
  • Utilización errónea de signos de puntuación principales (coma, punto, punto y coma, dos puntos).
  • Uso incorrecto de signos de puntuación auxiliares (rayas, guión, paréntesis, corchetes, comillas, apóstrofos, barras…).
  • Representación errónea de expresiones que revisten características especiales (términos combinados, términos con prefijos y sufijos, abreviaturas, contracciones, símbolos…).
  • Representación errónea de denominaciones (nombres propios, topónimos…) expresiones numéricas, fechas, direcciones…
  • Representación errónea de términos o expresiones extraídos de otras lenguas.

Hay que precisar que los errores de acentuación pueden corresponder a la necesidad de aplicar esta por motivos prosódicos, supuestos que son los mayoritarios (por ejemplo, debe acentuarse camión pero no cambios, o carácter y no caracteres), o diacríticos (existentes, en menor medida, con el fin de diferenciar significados: por ejemplo, diferenciar cómo de como, o el verbal —primera o tercera persona del singular del presente de subjuntivo— de la preposición de).

Visto este listado, unas de las primeras cosas que a uno le vienen a la mente es la existencia de una cierta heterogeneidad en los supuestos de comisión de faltas de ortografía.

Si escribimos dirigio la mirada hacia el techo de la catedral para contenplar la vobeda no habrá ninguna duda: el múltiple pecado constará de cinco faltas de ortografía cometidas en siete palabras, ya que faltan dos acentos (en dos oes), la n debería ser m, y la v y la b de de la última palabra están intercambiadas.

Pero si alguien escribiera El segundo episodio que le haría restregarse los ojos, tuvo lugar horas después en la trapería de Java, ¿estaríamos también ante un error ortográfico?

Esta frase, extraída de la tercera página de Si te dicen que caí, obra del conocido escritor Juan Marsé, podría incluir eso, una falta ortográfica, violación de esa regla que modo tan taxativo formula actualmente nuestra Ortografía y que propugna no separar sujetos de verbos. O quizá solo se trate de un fallo de edición dispuesto con tozudez a perdurar.

Pero, pensando en positivo, ¿no podría ser esa coma el resultado de una opción narrativa o estilística elegida para armonizar con la idea de acción ocurrida horas después o decidida al objeto de resaltar ese segundo en el que el protagonista no ve nada mientras se frota los ojos?

comaLa verdad es que no sé bien cómo calificarlo. Aunque en puridad —atendiendo a lo que dispone ahora la RAE—debería ser considerada una falta de ortografía, la presunción nos debería llevar, dado que se trata de un reputado escritor, a dar por buena esta última causa, la positiva, porque no vamos a descubrir ahora las múltiples dimensiones estilísticas a las que nos ha llevado el siempre dinámico mundo de la creatividad literaria.

Claro que siempre podríamos pensar que, como la obra tiene ya sus años, quizá el autor se aprovechó de la mayor laxitud de la regla de no separar sujeto y verbo que había en ortografías anteriores (y en diversos manuales de uso de expertos lingüistas), que permitían esa coma en enunciados extensos que incluían explicaciones o complementos complejos. Acogiéndonos así a la no retroactividad normativa que —principio de la norma más favorable— tanto debe aplicarse al derecho penal como a los delitos lingüísticos, el asunto podría quedar zanjado. Eso sí, la frase de Marsé no parece muy extensa, pero… ¿quién tiene un baremo fiable para medir la complicación?

En todo caso, siempre me ha dado la impresión de que no es lo mismo olvidar un acento que acentuar mal —como es más venial no señalar un penalti que pitar uno no producido—, ni tampoco creo que deba sufrir el mismo reproche quien escribe nombres, topónimos, sobrenombres… con minúsculas o mayúsculas, cuando estas formas no corresponden, que quien confunde tiempos de verbos como hacer y echar, haber y hallar, rallar y rayar, errar y herrar

De igual manera, no me parece que tenga el mismo calado olvidar una coma en una frase en la cual esa ausencia no perjudica el significado que hacerlo en un enunciado causando una avería semántica, por más que prescindir del signo en el primer caso también enrarezca pausas e inflexiones o haga, en opinión de alguno, más incómoda la lectura. Y tampoco me parece de igual calibre tener un fallo ortográfico en el mensaje de un correo electrónico que cometerlo en una obra editada tras numerosas revisiones gramaticales y tipográficas.

Si a los diferentes motivos que pueden dar lugar a una falta de ortografía, con toda su heterogeneidad, le añadimos que, en ámbitos como el de la puntuación, las normas académicas combinan lo obligado con lo optativo y mezclan indicaciones que pretenden inclinar hacia ciertos usos con otras del todo neutras, la cosa se complica. Y no tenemos más que introducir en este cóctel la creatividad literaria, sobre todo la novelística, con todo lo que a veces supone en cuanto a interpretación laxa de las normas, para que el asunto de la fidelidad a la ortografía sea ya un asunto endemoniado.

La puntuación —y más en concreto la coma, el más musical de los signos de puntuación, que es en parte el tema del presente post y protagoniza el anterior— nos permite reflejar pausas del habla, fijar o forzar significados en las frases y relacionar de manera diferente elementos de las oraciones, pero también es un instrumento mediante el que podemos dar a los enunciados más o menos velocidad, influir en la fluidez del discurso, modular el fraseo, incorporar sensaciones, marcar focalizaciones, acercar o distanciar una ideas de otras, establecer niveles de lectura…

Podríamos pensar que en las reglas ortográficas sobre el uso de la coma ya están incorporadas estas funciones, y en cierta medida estaríamos en lo cierto. Las normas pueden exigir o recomendar comas como reflejos de pausas en el habla, o con el objetivo de funcionar como marcas de desambigüación (deshaciendo dudas sobre significados o sobre referentes), o como ajuste para conseguir armonías en la frase… Es bastante obvio: ningún sistema gramatical puede reclamar o sugerir comas de modo arbitrario, y el nuestro, por supuesto, tampoco lo hace.

Como he comentado, cualquier conjunto de normas gramaticales, y las de la propia RAE no son diferentes en este aspecto, suelen combinar preceptos, recomendaciones y alusiones a usos habituales de los hablantes y escritores. Por ello, aunque algunas indicaciones se formulen de modo tajante, ya de las propias normativas suele emanar cierta invitación a la flexibilidad, aunque no se formule de modo general sino que esté circunscrita a ciertos supuestos.

Para lo que pretendo en este post, complemento del anterior (con vocación de ser solo su guarnición o postre), voy a imaginar por un momento que todo lo incluido en las normas ortográficas fueran preceptos, ya se trate de normas de obligado cumplimiento, opciones recomendadas o alusiones descriptivas a los usos habituales de quienes por unos u otros motivos escriben textos a menudo.

Así, partiendo de esta generalización, podríamos considerar violaciones todos aquellos usos de la coma que no respetaran las obligaciones, no atendieran las recomendaciones o fueran usos exóticos del signo. Voy a jugar con este planteamiento en las próximas líneas con la intención de roturar un poco más el terreno antes de extraer algunas conclusiones sobre el asunto que centra este post: la flexibilidad del escritor ante la puntuación y, en concreto, ante las reglas ortográficas de la coma (o, lo que es casi lo mismo, cómo debemos considerar los supuestos en los que, como lectores, nos topamos con textos que muestran infidelidades a las normas).

Dimensión de las faltas ortográficas

portada - libro de la RAELa Ortografía de la RAE determina que el incumplimiento de las reglas supone falta ortográfica. Es cierto que no lo hace con gran severidad prescriptiva, sino en el capítulo en el que define su disciplina e introduce el concepto de faltas. Pero la idea la deja ahí.

¿Qué puede llevar a un escritor a cometer faltas de ortografía?

Podríamos decir, tomando los conceptos prestados del Derecho, que la imprudencia o el dolo. O el redactor comete el error sin querer o lo hace por propia voluntad. Pero sería una dualidad muy simple (propia de las conclusiones de un consultor con mucho marketing y pocas luces), por lo que, con un poco más de precisión, podemos cuajar con facilidad una respuesta más interesante.

Hay faltas de ortografía debidas al desconocimiento de las reglas; otras se deben a despistes en la escritura combinados con dejaciones en los controles de calidad; y también las hay que pueden deberse a falta de percepción sobre necesidades del escrito (del enunciado, de las oraciones, de los elementos gramaticales combinados…), tanto en el fondo (significados) como en la forma (pausas, inflexiones…). Todas ellas son cometidas de manera involuntaria por alguna carencia, sea de conocimientos, sea en la ejecución.

El segundo bloque estaría compuesto por las faltas debidas a dejaciones en razón del medio o soporte utilizado para comunicarse: es la escritura reflejada en notas manuscritas, en correos electrónicos o en la mensajería de móviles. Si no se cometen también por mero desconocimiento o por despiste, podríamos decir que, aunque se deban a la voluntad de aplicar con cierta laxitud las normas, una vez tomada la decisión transgresora, o aflorada esta por simple pereza, no hay una intención lesiva asociada a cada falta concreta.

Finalmente, el tercer bloque incluiría las faltas cometidas intencionadamente. Por un lado estarían las perpetradas por escritores conscientes de su soberanía para tomar decisiones que mejoren sus escritos o que los ajusten a sus criterios expositivos o narrativos. Este tipo de faltas suelen cometerse con moderación y siempre con una premeditación que, a diferencia de lo que suele suceder en el supuesto antes citado, da lugar no solo a tantas decisiones como transgresiones, sino también al fundamento de cada una de ellas.

Las otras faltas voluntarias entrarían ya de lleno en el mundo del experimentalismo, esa dimensión a la cual se concede un atenuante tanto más fuerte cuanto más se aleje el escritor de la norma y que, al final, convertida ya en eximente, suele llevar a la dimisión de la crítica técnica y a la consideración de tan osada premeditación como arte.

El camino que, en las actividades creativas, separa los errores voluntarios no siempre acertados de las transgresiones propias del experimentalismo me evoca siempre lo que sucedía con las borracheras en el servicio militar: una copa de más podía ser sancionada con severidad, aunque fuera esporádica, pero una gran curda, una melopea de cuidado, era siempre acompañada por sonrisas comprensivas, casi admirativas, ante esa debilidad que nos hace tan humanos. ¡Quién no ha necesitado entregarse a esa libación liberadora en algún día especial! ¡Cómo no admirar el atrevimiento de quien se pone la ortografía por montera y despliega como escritor su espíritu más rebelde! Es la fuerza de lo deliberado, la admiración que siempre nos produce el espectáculo de la premeditación ejecutada sin complejos, con lo que hay que tener, sin temor a la autoridad competente.

Pero volvamos a las violaciones, como antes he dicho, considerándolas como todo acto, intencionado o no, que incumpla o soslaye lo que nos dictan las normas: obligaciones, recomendaciones o usos habituales.

Transgresiones por desconocimiento

error desconocimientoLa coma, digámoslo ya, es el signo de puntuación más difícil de aplicar con precisión normativa. Los supuestos en los que se prescribe la colocación de este signo o su ausencia son amplios, y las recomendaciones afectan a circunstancias muy diversas de las oraciones y los elementos gramaticales. Respecto de los usos frecuentes, la normativa no suele decantarse siempre indicando su mayor o menor corrección, lo que añade aún más incertidumbre.

sello fr semeusePero ello no justifica que este signo tan parecido a algunas semillas se lance sobre los textos imitando a la famosa semeuse de los clásicos sellos y monedas de Francia. La puntuación no es una faena agrícola, aunque algunos no lo sepan.

Cuando alguien no sabe puntuar, se nota enseguida. No es que sus textos presenten algunos fallos, sino que línea tras línea vemos aparecer comas que estropean la lectura y echamos en falta otras de exigencia casi fisiológica (aunque sea más mental que respiratoria). En estos casos, en el marco de relaciones profesionales que implican producción textual, no hay otra solución posible: hacer ver al redactor —si demuestra que no tiene reparos en crear de manera pertinaz contenidos escritos destinados a publicarse o elaborados para uso de sus clientes— que le faltan unas horas de estudio.

Singular es, por otra parte, el caso de quienes, en productos muy concisos como los publicitarios, nos plantan una coma en un lugar imposible, partiendo en dos un enunciado que debería ser fluido y del que se espera fulgor e impacto. Esas comas chulescas —a las que yo llamo comas muro de Berlín, porque dividen de modo absurdo lo indivisible: sujetos de verbos, sustantivos de sus inmediatos adjetivos…— sí deberían merecer un mayor reproche, una reprimenda a nivel interno en el departamento que corresponda, porque no puede optar a perdón divino quien se la juega con una sola frase y o párrafo y no se esmera en facturar un buen resultado.

La extrema brevedad permite, aunque exista desconocimiento, acercarse a la perfección, porque el riesgo de error disminuye con cada revisión y, en textos sucintos, practicar y reiterar los controles de calidad es más fácil. Por eso en casos así molesta tanto la desidia.

Si, por el contrario, se trata de comunicaciones privadas, yo, dado que la lengua sirve sobre todo para comunicar, opto por considerar que si eso se consigue de modo aceptable no hay mucho más que decir, que tampoco tenemos por qué dominar todas las disciplinas. Nada más práctico, en consecuencia, que ceñirnos al fondo cuando el emisor no ha sido llamado por el camino de las formas: un mensaje privado bien transmitido es un empeño exitoso aunque falle en algunas de sus hechuras.

Transgresiones por despiste

erros despistesSí, despistes. Es casi imposible encontrar un escrito de cierta extensión que no albergue alguna presunta decisión ortográfica sobre la inserción de comas que resulte discutible no solo por eventuales lectores críticos, sino incluso por el propio autor con ocasión de las relecturas de su texto. Al menos esa es mi experiencia.

En revisiones, a menudo encuentro comas que no entiendo cómo he podido situar donde están: ni existen correctores de estilo a los que echar la culpa ni es posible sospechar de los correctores automáticos, que a veces mutan por su cuenta letras de algunas palabras pero no tienen por costumbre meterse en el intrincado mundo de la puntuación.

insecto paloEs sencillo: todos nos despistamos, en mayor medida cuanto más extensos son los textos; luego esos errores se mimetizan, como insectos en el bosque fingiendo ser piedras, hojas o ramas, y sobreviven a las revisiones hasta ganarse temporal o definitivamente su sitio.

Y lo mismo ocurre en las editoriales: ¿alguien ha leído algún libro sin errores ortográficos o tipográficos? A veces, delirando, he pensado que son obligados, que entran en los protocolos de las empresas editoras por miedo a la perfección o con el fin de bajarles humos a los autores, o que son incluidos por los propios correctores por orden sindical en una treta que, aunque suponga jugar con fuego, puede irritar a las editoriales lo suficiente para hacerles ver la importancia de su función profesional.

Paranoias al margen, no hay mucho más que decir: nadie escapa al despiste, y eso seguirá siendo así hasta el fin de nuestros días.

Transgresiones por falta de percepción de pausas e inflexiones

error percibir pausasMuchos redactores —en productos convencionales, alejados de cualquier experimentalismo literario— se empecinan en poner punto y coma antes de algunas conjunciones o conectores en frases en las que ese parón exagerado ralentiza en exceso el enunciado y atranca la lectura, e insertan comas cuando esos elementos necesitan ir precedidos de un punto o un punto y coma.

Ocurre, por ejemplo, con algunas conjunciones adversativas, modestos términos o expresiones como aunque, pero, a pesar de… cuando solo pretenden establecer una cautela, dar paso a una excepción, sugerir que viene un matiz o presentar la superación de un obstáculo y, salvo si se buscan determinados efectos literarios en contextos muy determinados, piden a gritos que no les planten un armario en su trasero.

Los siguientes son tres ejemplos de punto y coma poco adecuado:

El Gobierno dará explicaciones; aunque la oposición no se las pida.

El uruguayo se ha empleado a fondo; a pesar de haber jugado solo diez minutos.

Podrá intentarlo de nuevo; pero no le arriendo las ganancias.

Del mismo modo, hay ocasiones en que conectores como no obstante, sin embargo, por consiguiente… bajo ningún concepto aceptarán de buen grado que les preceda solo una coma, un humilde taburete, cuando quieren, esta vez sí, un mueble más estable en el que apoyarse.

En estos dos ejemplos lo idóneo sería poner punto y coma:

El Gobierno ha decidido canalizar esas medidas de reforma a través de un decreto ley, sin embargo, acepta su posterior tramitación como proyecto de ley.

El uruguayo ha cuajado un gran partido a pesar de haber jugado solo media parte, no obstante, ha manifestado en la zona mixta que aún no está al cien por cien.

La RAE menciona en su Ortografía y en el Diccionario Panhispánico de dudas que una notable extensión de la frase puede ser un buen motivo para hacer válido el punto y coma antes de estas conjunciones adversativas, pero en mi opinión, ese factor, a pesar de ser válido, no es en sí el más relevante, porque la mayor o menor adecuación de uno u otro signo depende de algo más complejo: cómo se compone la frase para ser leída o para reflejar las inflexiones del habla.

Ha hecho lo que tenía que hacer, por consiguiente, no le critiques. — (Esta frase es corta, pero con la coma el por consiguiente parece por un momento más vinculado a lo que le precede, como conector final atrasado, que a lo que le sigue; quedaría mucho mejor así: Ha hecho lo que tenía que hacer; por consiguiente, no le critiques, salvo que se busque un efecto deliberado del habla o la coma se fundamente en otra decisión estilística de intención perceptible) —

Diferente sería, en todo caso, que estos conectores fueran precedidos de conjunciones como y o pero, en cuyo caso las frases funcionarían bien con comas antes de sin embargo y no obstante.

El Gobierno ha decidido canalizar esas medidas de reforma a través de un decreto ley, pero sin embargo, acepta su posterior tramitación como proyecto de ley.

El uruguayo ha cuajado un gran partido a pesar de haber jugado solo media parte, y, no obstante, ha manifestado en la zona mixta que aún no está al cien por cien.

Son solo unos pocos ejemplos de un tipo de desajuste muy frecuente que, en mi opinión, más que a desconocimiento se debe a falta de percepción de la pausa más o menos marcada que se hace al leer o al hablar cuando, en ciertos supuestos, se utilizan unas u otras expresiones.

Tal como se indica en diversos textos de la RAE, no siempre las pausas que aparecen en un escrito marcadas por comas deben ejecutarse en la lectura: hay comas que pueden ir asociadas a pausas cortas de lectura, mientras que otras pueden insertarse aunque la frase se deba leer de corrido. Del mismo modo, hay enunciados que, verbalizados, conllevan pausas que no han de reflejarse por escrito.

pausaComo mencioné en el anterior post, la función básica de la coma es separar, y, consiguientemente, este es un fin más general que el de reflejar pausas. Sin embargo, una coma escrita, en tanto que elemento separador, evocará siempre una pausa, sea sonora o imaginada, y, por tanto, supondrá de facto una pausa funcional, ya resulte útil por razones sintácticas, de significado o de estilo.

Así, cuando debe ir punto y coma antes de sin embargo no solo estamos ante una pausa más marcada (quizá haya quien no la ejecute al leer o pensar), sino que la formulación de la frase incluye una segunda oración que, sin la conjunción previa, debe tomar la inflexión propia de una idea que se inicia y no solo la de un matiz para completar la idea anterior.

Comentando esto con algunos redactores cuyos textos he tenido que revisar, me he dado cuenta de lo difícil que es tratar de diferenciar esos dos tipos de pausas —las que derivan de las comas y las que imponen los puntos y comas—, ya que, aunque diferentes, se trata en ambos casos de micro lapsos difícilmente perceptibles por quienes de por sí no los aprecian cuando piensan, hablan o leen.

Quienes no distinguen entre lo que supone en la inflexión de una frase insertar una coma y lo que implica colocar un punto y coma tienen un reto por delante: aprender a percibir la diferencia en el fraseo, en la intención comunicativa, en el modo de expresión, en la circunstancia en la que se produce el mensaje, que es lo único que les ayudará a tomar con corrección y rapidez la decisión cuando se les plantee el dilema.

Transgresiones por decisiones discutibles

decisiones discutiblesJusto antes de entrar en el terreno de la voluntariedad, conviene destacar esta pseudo modalidad de violación, fronteriza con lo intencional pero atenuada por moverse en la zona de lo discutible.

Antes me he referido a los despistes, pero estos implican errores, es decir, violaciones de la norma (en sentido extenso) que detectamos en la relectura y calificamos como decisiones anómalas debidas a falta de concentración o tachamos directamente de lapsus.

En esas revisiones, especialmente cuando se trata de textos extensos, encontraremos además (y casi siempre) alguna coma cuya situación no nos acaba de convencer, o que podría ser quizá un punto y coma, o que podríamos eliminar sin que el texto se resintiera o incluso mejorándolo.

Y en ocasiones sucede algo aún más desconcertante: nos topamos en la revisión del texto con esa coma que si está insertada nos sobra y si la eliminamos volvemos a echar en falta, y que no admite sustitución por ningún otro signo alternativo.

No siempre estas decisiones ahora cuestionadas tienen por qué suponer transgresiones de los preceptos de obligado cumplimiento: en general, se trata de casos en los que la misma norma califica lo sugerido como optativo o se limita a consagrar como más frecuente un determinado uso.

completarCuando revisamos nuestros textos, nos movemos precisamente es ese espacio de lo discrecional buscando completar nosotros mismos la incertidumbre de la norma ortográfica, precisando la regla y eligiendo la mejor opción de las posibles —poner coma o no ponerla, elegir entre coma y punto y coma— con el objetivo de seguir la norma, aceptar la recomendación, interpretar esta correctamente o no diferir del uso más frecuente.

Pero es posible que a ojos de un buen corrector, de alguien iniciado en las normas lingüísticas o de un redactor o lector avezado nuestras bienintencionadas decisiones sean objeto de crítica. De todas las transgresiones, quizá estas, cuando lo son, sean las más leves, ya que nacen siempre de decisiones conscientes tomadas en los terrenos de lo discutible, en los que más que al reproche nos enfrentamos a apreciaciones críticas de tipo técnico, a veces proferidas, en ocasiones silenciosas, sean nuestras o de nuestros jefes, clientes o lectores.

Transgresiones por relajación normativa

error relax normativoAvanzo un poco más y entro ya de lleno en la voluntariedad, en el dolo lingüístico, que tiene tres facetas, la primera de las cuales corresponde a aquellos casos en los que el redactor decide relajarse y no seguir las normas porque considera que el medio o soporte en el que escribe no las exige.

Hemos de dejar aquí aparte a quienes castigan la lengua sin piedad en sus escritos de mensajería, amputando palabras, eliminando elementos de conexión y diseminando abreviaturas que se pretende resulten intuitivas, ya que su personal o reticular jerigonza, aderezada de signos, muñecos y demás bisutería icónica, no es propiamente castellano. A estos, con todos los respetos, hay que darles de comer aparte.

dispositivosA quienes sí me refiero aquí es a esas amplias capas de la población que consideran que el hecho de que la comunicación escrita se ejecute vía SMS o a través de otras apps de mensajería, o incluso tenga por vehículo el correo electrónico o un simple papel improvisado como nota manuscrita dejada en una mesa, otorga licencia para no acentuar las palabras, no separar las oraciones, no puntuar, no iniciar las frases con mayúscula…

Lo mismo puede predicarse, quizá con mayor poder argumental—por el factor publicidad—, de quienes relajan de manera excesiva la escritura en los espacios digitales que pueden albergar contenidos en la red (ya se trate de artículos firmados, de comentarios al pie de estos o de intervenciones en foros), o en esos nuevos sitios nacidos para la propagación desenfrenada de ocurrencias que son las llamadas redes sociales, ya sean accesibles para todo el público o estén dirigidos solo a seguidores, amigos y adheridos,

Considero aceptable que ante errores en la comunicación incidental no nos pongamos severos, y que si se trata de mensajería urgente o tecleada en circunstancias incómodas —en pie, en espacios llenos de gente, sin las lentes adecuadas…— seamos aún más tolerantes, pero entre mostrar una cierta manga ancha y la disolución completa de las normas de la escritura hay un enorme trecho que no está justificado recorrer.

Transgresiones por flexibilidad (decisiones de autor)

decisiones de autorOtro nivel en cuanto las transgresiones de normas es el que se da, también motu proprio—estamos todavía en la estancia anterior al experimentalismo— cuando el escritor decide no aplicar algunas reglas ortográficas porque considera que no se adecuan a lo que necesita en ese momento o porque le parece que no seguirlas en su literalidad no supone una violación grave.

He de confesar que, a veces, yo he sido (y soy) pecador en esta modalidad.

Como ejemplo, partamos de un supuesto. Una de las reglas que con más contundencia se incluyen en las ortografías, manuales y diccionarios más recientes (incluyendo entre estas obras, por supuesto, los documentos de la RAE) es la que prohíbe la separación el sujeto y el verbo en la oración aunque la frase sea muy larga y alambicada. La RAE indica como excepciones que la coma separadora que precede al verbo sea la segunda de un inciso o expresión que deba ir entre comas, o que se inserte la palabra etcétera.

Todo ello está reflejado en el listado de supuestos del post anterior, del cual tomo prestado uno de los ejemplos que yo mismo incluí en uno de los supuestos:

Los concursantes que sean capaces de acabar el plato correctamente pasarán a la fase siguiente.

Esta frase, según la norma, no debería llevar coma antes del verbo pasarán. Está claro.

Veamos ahora cuatro extensiones diferentes (in crescendo) a partir del mismo comienzo de frase, todas ellas sin incisos que legalicen la coma separadora de sujeto y verbo. (Marco en otro color el predicado).

  1. Los concursantes que sean capaces de acabar el plato correctamente antes del tiempo previsto pasarán a la fase siguiente.
  2. Los concursantes que sean capaces de acabar el plato correctamente antes del tiempo previsto y no dejen de utilizar ninguno de los diez ingredientes obligados en esta prueba pasarán a la fase siguiente.
  3. Los concursantes que sean capaces de acabar el plato correctamente antes del tiempo previsto, no dejen de utilizar ninguno de los diez ingredientes obligados en esta prueba y consigan una nota mínima de cinco por parte del jurado profesional pasarán a la fase siguiente.
  4. Los concursantes que sean capaces de acabar el plato correctamente antes del tiempo previsto, no dejen de utilizar ninguno de los diez ingredientes obligados en esta prueba y consigan una nota mínima de cinco por parte del jurado profesional que forman nuestros cinco cocineros invitados pasarán a la fase siguiente.

Según la concluyente norma actual, ninguna de las cuatro frases anteriores debería llevar una coma antes de pasarán.

junto o separadoHace unos años se aceptaba la coma entre sujeto y verbo (predicado) cuando la frase era muy larga o era compleja, con diferentes complementos. Era lo que algunos llamaron la coma respiratoria, quizá porque tenía como noble objetivo evitar la asfixia del lector, que quizá en frases largas llegaría al verbo à bout de souffle).

No tengo nada que objetar a la decisión de sentenciar a muerte a la bienintencionada coma respiratoria, porque no me consta que se haya producido ningún deceso por esta causa. Pero me gustaría reparar en la cuarta de las oraciones ejemplo. La repito, y marco la posible zona de interferencia en la lectura:

Los concursantes que sean capaces de acabar el plato correctamente antes del tiempo previsto, no dejen de utilizar ninguno de los diez ingredientes obligados en esta prueba y consigan una nota mínima de cinco por parte del jurado profesional que forman nuestros cinco cocineros invitados pasarán a la fase siguiente.

¿No se ha dado cuenta nadie de que las frases largas también exigen memoria y esta puede disiparse, sobre todo si junto al verbo aparece un sujeto falso que le encaja como anillo al dedo?

¿Que a pesar de no llevar coma se entendería al final? Por supuesto, pero… si en esa frase pusiéramos una coma, aparte de violar una regla ortográfica, ¿pasaría algo, además de que esa interacción desaparecería de nuestra vista y así no habría riesgo de que por un brevísimo momento pareciera que son los cocineros quienes podrían pasar de ronda? ¿Debería el escritor entrar en colisión con los correctores de estilo de una editorial intentando salvar esa coma separadora sin ser tachado de ignorante o desactualizado? ¿Debería el autor alterar su frase al objeto de evitar esa interferencia y así no sería preciso discutir sobre la utilidad de esa coma académicamente delictiva? ¿Cabría apelar a San Juan Marsé y argumentar que las normas deben evolucionar en todo caso para ser más funcionales y no más cerradas?

Otra opción sería no apelar a nada e incumplir la norma, amparados bajo la siguiente reivindicación: si antes podía hacerse, ¿por qué ahora no?

Yo, la norma de no separar sujeto y verbo, salvo despiste o lapsus, la sigo al pie de la letra. Como la normativa la establece de manera tan taxativa, y le profeso un enorme (y sincero) cariño a la RAE, pues, casi siempre leal, taconazo y saludo, la cumplo, aunque no me parezca del todo acertada su actual carencia de excepciones (porque lo de la coma si hay inciso no es una excepción, sino otra norma ya existente, y lo de la coma tras el etcétera es una simple convención sin función alguna, eso si no lo consideramos, en medio de la frase, como otro tipo, más raro, de inciso).

Pero si bien mi afecto a la institución es decidido, mi lealtad, aunque firme, no es absolutamente inquebrantable, y no puedo hacer lo mismo con todas las demás reglas obligadas. Voy a tratar de explicarme.

En la lista de supuestos sobre uso de la coma que puede consultarse en la anterior entrada de este blog he incluido algunas referencias algo más laxas que las que propone la RAE, o lo que es lo mismo, he aumentado un poco el componente optativo o descriptivo de usos respecto del preceptivo.

Por ejemplo, en la Ortografía de esta institución parece que las excepciones en las que un conector puede ir sin comas se limitan a las que no van al inicio de una frase, oración o secuencia. Yo, sin embargo, me inclino por hacer general la opción de que pueda prescindirse de las comas, vaya donde vaya el complemento. Es el propio texto que se elabora el que acaba pidiendo o rechazando la coma, en función de la extensión de la frase, de su tono, del enfoque seguido (de ponente, de narrador, descriptivo de acción, afecto a un personaje…), de que se prefiera presentar una idea iniciándola o continuándola como matiz de lo antes dicho o de la velocidad de lectura buscada, entre otros factores.

La extensión de la regla (o lo que es lo mismo, la ampliación de la excepción o del margen de discrecionalidad en la puntuación) me la dicta la propia experiencia, como redactor y sobre todo como lector, pensando en este último caso solo en textos de escritores (ensayistas, periodistas, novelistas…) fuera de toda duda.

Este tipo de transgresión no suele ser fruto de un deseo de ir a la contra, por más que desemboque en decisiones heterodoxas. En la mayor parte de los casos, en la puntuación o en otros aspectos de la ortografía, el redactor siente que necesita exponer su texto siguiendo otras reglas.

Por ejemplo, podemos optar por lo siguiente:

  • Utilización de mayúscula inicial en enumeraciones escritas en líneas separadas (guiones o viñetas) después de un conector seguido de dos puntos (pecado cometido en esta misma línea).
  • Utilización de la conjunción dual y/o sin miedo (aunque sin abusar), ya que, aunque la RAE lo restringe a los supuestos en que sea precisa para evitar ambigüedades técnicas, solo es inadecuada cuando es perfectamente sustituible por y o por o.
  • Uso de punto en lugar de dos puntos en enumeraciones con viñetas con el fin de separar un concepto de cabecera en el párrafo, especialmente si incluirá más de una frase dentro de este.
  • Uso de guiones, rayas o flechas en lugar de punto o dos puntos en algunos párrafos con la finalidad de separar conceptos de explicaciones posteriores.
  • Enumeración de términos separados por guiones o rayas formando pequeñas nubes de conceptos.
  • Expresión de direcciones, fechas, saludos, referencias a obras y autores… con puntuaciones y presentaciones diferentes a las indicadas como correctas en las normas.
  • Uso de términos enteros en mayúsculas o de mayúsculas o minúsculas iniciales cuando no está contemplado en la normativa.
  • Uso o no uso de la cursiva, contrariando la norma de utilización.

También incluiría en este campo de juego de la infidelidad normativa la resistencia a ciertos extranjerismos adaptados, algunos muy razonables y otros tolerables, pero muchos absolutamente ridículos o delirantes, no pronunciados por casi nadie, como güisqui —bebida que debe de saber a rayos aunque sea un escoch con muchos llears—; coñá —¿deberíamos decir también armañá?—, atrezo —¿alguien conoce a alguien que no duplique la zeta (a la italiana, usando el sonido vasco ts) cuando piensa en los trastos teatrales y que en los camerinos coma pizas en lugar de pizzas—; pudin, pudín o budín —¡dios mío!, parece el postre favorito del mandatario ruso o el pudding de toda la vida cocinado por un budista—, gánster —alguien ha sacado la metralleta de tambor y se ha cargado a parte de la banda: por qué no entonces gáster, ya que los mafiosos le dan a base de bien al espagueti, o mostruo, que así no da tanto miedo, o costrucción, que así abaratamos costes—; bluyín —sí, aunque no lo parezca, son los tejanos o vaqueros pero con soniquete achinado, válido como mucho para bautizar a un panda, quizá la antesala de una nueva moda: el bluyán, producto dirigido a lograr en el fondo de armario un buen equilibrio a través del tao—; balé —y por qué no una velada en un miusicjol, o una sesión de brecdans, o un recital con una bigbán o una banda de yas o una de jevimétal, de panc, de cauntri, de blus, de rizmanblús, de blugrás, de rocanrol…—; cáterin —que ya no sé si es la jepburn o la zetallons o la camarera que sirve los canapés—; besamel —como si fuera esta noche la última vez…—, o campin, filin, pirsin, esparrin…, no quiero ni pensar en los plurales… En fin, el horror, sin freno.

Y, ya puestos, por qué no una novela en ibuc con un argumento de cherchelafam que va de un detective del efebeí que se ve liado con una famfatal, de la que luego se hará una tivimuvi que se emitirá en peiperviú, o si no pues una peli que empieza con una aspirante a actriz con un luc jipi vintash (o vintaje) tonteando en el basteish (o bastaje) con su novio, un jíster con aires niueish (o niuaje) al que conoció en un curso de couchin, unos minutos antes de que ella se pase por el fotocol y luego se vayan los dos en avión a niuyor en clase loucós a pasar el uiquen, con un argumento que empezará bien, con mucho filin, pero luego derivará hacia el sicozríler, aunque todo terminará finalmente con un japién, todo ambientado con una banda sonora repleta de suin.

Sí, bromas aparte, ya sé que la última hora de la academia tiende a no penar los términos originales si se usa la cursiva, norma que yo aplaudo, pero algunas adaptaciones, con sinceridad, son de risa y ni siquiera deberían crearse ni mencionarse. Estamos en un mundo globalizado, con información de todos los países cayéndonos en tromba, y si cuando estrenaron el tercer Bond de Craig ni tradujimos su titulo ni la titulamos Escaifol, pues eso, que no es precisa tanta afición al patriotismo lingüístico ni afección a los sonidos habituales de nuestra lengua, sobre todo porque el no uso social de ciertos términos adaptados los hacen —salvo para aliñar textos con humor— injustificables. Y eso por no hablar de la incoherencia. O si no que alguien me diga por qué forfait sigue siendo forfait, cuando casi todo el mundo pronuncia forfé o forfet o fórfet, y marketing sigue incólume con esa g final que se pronuncia menos que la de los hampones (¡y que así duren muchos años!), y en cambio no existe casflou, ni ferplei, ni golaverage, ni boiescaut, ni ilernin, ni ranquin, ni reitin, ni craufandin… (menos mal, todo sea dicho). ¿A que no encaja una decisión de marketing del gerente de un campin?

Creo que ha quedado claro. Lo de los extranjerismos adaptados se merece, por supuesto, un post aparte, espacio ideal para fijar la atención en un criterio importante que al parecer algunos no tienen en cuenta: la visualización de los términos extranjeros cuando los pensamos y luego los pronunciamos (o por qué cruasán, cóctel, mitin o vodevil, sí; fotocol y golaverage, quizá; pero filin, campin, esparrin y gánster, no, por favor, y en cuanto a luc, ibuc, imeil, reitin o ilernin, por lo que pueda pasar en el futuro, ya avanzo que ni harto de coñac, así, con c final).

¿Que mitin es ahora lo que en el futuro puede ser filin? Pues no, porque meeting significa muchas cosas más que un discurso político con asistentes, mientras feeling es para nosotros eso: feeling, una variante para decir sentimiento con ese puntito exótico con el que aderezar una frase. ¿Y que a lo mejor alguna de esas adaptaciones se usa con más frecuencia en ciertos territorios hispanos? Pues aclárese dónde es hábito reseñable, que no es lo mismo que convertirlo en norma general e impulsar su uso.

Otro ejemplo de transgresión por decisión voluntaria, si nos atenemos a lo que propugna la RAE, sería la ya citada a propósito de las violaciones por falta de percepción de la intensidad de ciertas pausas. Como he comentado, la Real Academia menciona la extensión de la frase como elemento para decantar hacia el punto y coma el signo precedente a ciertas conjunciones adversativas (pero, aunque…), y también cita como causa que justifica recomendar o aceptar el otro signo el que la frase ya lleve varias comas.

Yo creo que en frases cortas y sin comas puede igualmente convenir el punto y coma ante la adversativa, y en frases largas, con más o menos comas, bastar una coma más, por motivos diferentes que tienen que ver con el modo en el que se formula el enunciado: separación de ideas, énfasis, tono, modo expresivo, estilo de habla…

Por supuesto, las transgresiones voluntarias ocasionales (las citadas en esta modalidad), en la medida de lo posible, deben limitarse a escritos propios, de los que uno sea el autor, responsable y/o editor, y restringirse en aquellos textos dirigidos a otros autores, empresas o clientes que, salvo que nos concedan licencias creativas, merecen todo el respeto posible a las reglas.

Vayamos al último escalón: el experimentalismo, ese terreno que se halla más allá del bien y del mal.

Transgresiones por experimentalismo

experimentarPara romper ruidosamente las reglas al fabricar un producto creativo y triunfar con esta transgresión hace falta una de dos: contar con buenos padrinos o disfrutar de un prestigio a prueba de bomba. Por supuesto, el talento y la calidad del producto también suelen ayudar, pero a menudo se revelan como factores insuficientes si quienes aspiran a la gloria o al menos buscan opiniones positivas ni basan su pretensión en precedentes que les consagren ni se apoyan en avalistas entregados.

Conviene decir que no en todas las disciplinas artísticas (o al menos creativas) el guión es el mismo. Alcanzar la consagración en las artes plásticas otorga licencia para el éxito casi perpetuo, limitando el riesgo a matices de valoración que solo se manejarán en los cenáculos de expertos, las panorámicas de estudiosos o las casas de subastas. Se trata de un ámbito en el que los padrinos ejercen de meros introductores hacia el mundillo de los incuestionables y luego ya se transforman en críticos entregados al aposteriorismo, que es como llamo yo al ajuste de las apreciaciones técnicas sobre una obra a lo que merece el buen nombre del autor, a las constantes de su producción y a la libre interpretación (invención) del crítico, en lugar de hacerlo al resultado derivado de un honesto análisis aislado de cada producto.

Diferentes son otros ámbitos creativos, como la literatura (en la cual el camino hacia lo consagrado, que también exige acompañantes, suele ser más largo, sinuoso y expuesto a vaivenes antes de que se obtenga la patente de corso) o el cine y la música moderna (en las cuales los autores cuentan como mucho con un empujón destinado a facilitar el primer o segundo golpe de efecto y luego ya se la juegan ante las hordas voraces de críticos cuando lanzan cada una de sus obras).

En el ámbito literario, la contención en la violación de reglas gramaticales u ortográficas puede fundamentarse tanto en la decisión creativa del escritor (que prefiera por propia voluntad recorrer los caminos de la ortodoxia) como en la convicción de que pueda existir (como de hecho existe) una relación directa entre ciertas transgresiones dominantes en una obra y el mayor riesgo de que esta fracase en las cifras de venta.

Por ello, la mayoría de los libros que se elaboran (especialmente los de ficción), más allá de la calidad que puedan atesorar, suelen ser razonablemente respetuosos con las reglas emanadas de los organismos lingüísticos oficiales, en parte por la vocación de los promotores editoriales, en buena medida por la propia acción creativa de los autores sintonizando con aquella y en una pequeña porción por el ajuste final ejecutado por los correctores, siempre prestos a aplicar a las órdenes de los primeros las directrices académicas.

Hay, sin embargo, dos circunstancias en las que algunas obras literarias incorporan la violación de normas como componente esencial: las de jóvenes autores que desean irrumpir con estridencia en el panorama literario (si cuentan con padrinos hábiles con la trompeta que, por amistad, o como prescriptores en tareas de promoción empresarial, sepan presentar con gracia ante el cosmos literario las osadas formas utilizadas) y la de escritores consagrados que, considerándose en deuda con su público, creen llegado el momento de ejecutar un alarde y mostrar su espíritu creativo más rebelde, sabedores de que el mercado aceptará lo que sea si lleva su firma.

literatura nuevaEl siglo XXI, todo hay que decirlo, no es precisamente el siglo de la vanguardia novelística. Se innovó tanto en la pasada centuria (en todo: niveles narrativos, puntuación, tonos, estilos, ritmos, figuras retóricas, hibridación de géneros, manejo del tiempo y el espacio, incrustaciones, composición y orden de lectura, puntos de vista, focalizaciones, terminología, unión e invención de palabras…) que poco más se puede hacer para impresionar a críticos y lectores. Pero, a diferencia de lo que sucedió con la pintura (entregada a la fiesta masiva y continua de ocurrencias en la que el único disfrute, además de las risas y el placer de vivir con gozo la modernidad, es encontrar ocasionalmente alguna perla entre montañas de irrelevancia), en la literatura lo que hoy en día protagoniza la mayor parte de la producción es cualquier cosa menos la experimentación.

En este sentido, lo sucedido en la literatura encaja mucho más con lo que ha ocurrido con la música, un camino que se bifurca en una línea clásica, en la que ya no cabe mucha más evolución innovadora aceptable por el gran público —porque incluso la última llamativa, la de los Stockhausen, Messiaen o Boulez, es un corredor sin retorno en el que ya pocos se aventuran—, y una moderna, que circunvala con insistencia zonas más convencionales incentivada por el éxito popular y el flujo dinerario.

literatura clasicismoNo es que ahora se novele como en el diecinueve (no estaría mal, por otra parte), pero sí parece que el interés por contar historias le ha ganado la partida a la pulsión por mostrar formas detonantes de innovación a la hora de narrar. Ello —de lo que yo ni por asomo me quejaré— está detrás del éxito reciente de la literatura de género (la novela negra —policial, de investigación, de crímenes—, la romántica, la histórica, la biográfica…), mucho más frecuente en los listados de ventas que la que solo puede ubicarse en estantes de novela ordenados alfabética, geográfica o idiomáticamente.

A pesar de ello, aun se siguen editando obras de tanto en tanto en las que los autores hacen uso de licencias en la puntuación o en la construcción de narraciones más allá de las reglas y convenciones.

En la escritura con componentes experimentales se ha utilizado la libertad en la puntuación en muchas ocasiones. Algunos escritores usan esta de modo deliberado como modo de controlar la velocidad de sus frases, acelerándola o ralentizándola con más o menos signos según el estado de ánimo del personaje o las conveniencias de la narración, pero sin reticencias, optando por puntuaciones muy trabadas o muy sueltas (por usar la terminología de algunos tratadistas). En los monólogos interiores y las corrientes de conciencia a menudo se obvian la mayoría de los signos de puntuación para sugerir el fluido de los pensamientos (con lo que la escritura más que suelta ya es completamente desatada). Los hay que encadenan sucesivas veces los dos puntos en las mismas frases, como si las oraciones fueran reptiles al sol alineados con la boca abierta. O que puntúan casi todo su texto solo con comas. O que utilizan las comas en funciones que no son las que corresponden (como situarlas antes de mayúsculas, disfrazadas de puntos). O que ni siquiera utilizan comas aunque no narren flujos de pensamiento.

Lo que uno se plantea siempre, pensando en las violaciones ortográficas sin complejos, es dónde diablos está la línea, esa frontera a uno de cuyos lados la apreciación hacia un texto nos hará pensar que contiene errores o decisiones equivocadas mientras que al otro nos dejará claro que estamos ante un escrito, para bien o para mal, rabiosamente transgresor.

En mi opinión, la clave está en la deliberación perceptible, en que se note que una violación es deseada, planeada y ejecutada buscando y consiguiendo algún efecto. Pero, si es así (y creo que debe ser así), yo me pregunto: ¿esta delimitación entre las bondades el deseo y las miserias del yerro es una frontera trazada con nobleza, aplicable a todo escritor, o un borde en movimiento que desplazaremos a norte o sur, a este u oeste, en función de que el sujeto tenga o no suficientes cartas credenciales, consistan estas en la juventud, la experiencia, los avales, las campañas, el prestigio, la amistad, la afinidad ideológica, el ajuste coyuntural a tendencias, las ventas recientes o el potencial de las futuras?

Conclusiones

Como esta entrada es solo una reflexión de acompañamiento al post sobre los usos de la coma, no pretendo llegar a grandes conclusiones. Quizá baste con decir que transgredir la ortografía no ha de ser necesariamente algo deshonroso.

gazapoEn cualquier escrito de cierta extensión (en este mismo post, sin ir más lejos) es posible que, aun después de las revisiones previas a su publicación, siga quedando algún despiste o decisión discutible en la puntuación (o incluso algún desacierto de mayor calibre). E incluso puede que haya algún fallo por desconocimiento (en el mío espero que no, pero no pondría la mano en el fuego para asegurarlo). A pesar de ello, de que tenga algunos errores o deslices, un texto puede ser legible con comodidad y resultar efectivo.

Como he comentado, la violación de la norma de puntuación (o de otra ortográfica) puede deberse, en efecto, a un error, un despiste o una decisión discutible (o, mejor, discutida), o ser algo coherente dentro de un marco de heterodoxia creativa más o menos intensa y más o menos acertada. Como saben quienes me conocen, yo solo aplaudo lo experimental o transgresor si es deliberado y en mi opinión funciona, y me trae al fresco lo de las cartas credenciales.

Con los errores humanos soy tolerante (quizá porque yo cometo muchos); con los despistes, generoso (tampoco estoy exento de ellos); con los errores por desconocimiento, comprensivo (alguno me descubro de vez en cuando); pero con la desidia, el plagio y la heterodoxia falsaria soy feroz.

Mi código penal ortográfico solo considera grave la violación realmente dolosa de la norma, que es la que protagonizan los chapuceros militantes, los copiones sin alma y los innovadores sin talento cuando son arrogantes, que los hay, e incluso alguno consagrado. Todo lo demás puede ser antijurídico y culpable, pero no punible. Eso sí: cuando el objetivo consiste en promover productos que deban exhibirse (que no sean meras comunicaciones privadas), conviene elegir como redactores a quienes tienen un mínimo dominio de la lengua y conocen, aunque sea a grandes rasgos, sus normas.

No es lo mismo leer a quien a veces se equivoca, o a quien es correcto aunque no sea brillante, que a quien nunca ha tenido criterio alguno para ubicar el más sencillo de los signos de puntuación. Vade retro a la puntuación agrícola. Y tampoco se disfruta lo mismo de un texto bien elaborado, de un autor que se tome su libertades midiéndolas con criterio y mesura, que de esas obras que se van revelando vacías de contenido una vez se va disipando el humo de la pirotecnia. Vade retro también a la desobediencia ejercida por quienes agitan el trapo de las normas desmochadas para que no reparemos en la carencia de ideas, en todo lo que revelaría una exposición limpia, una muestra de creación a la intemperie.

Con el fin de que los escritos sean lo más pulidos que sea posible, seamos redactores ocasionales o escritores avezados, es recomendable repasar las normas de vez en cuando, al objeto de cumplirlas o para que cuando las incumplimos, error humano al margen, lo hagamos de modo deliberado… y se note. Los abogados a menudo reciben a sus clientes tras mesas sobre las cuales podemos ver algunos códigos. Puede deberse, en parte, a la intención de mostrar una imagen de solvencia técnica o incluso a la de impresionar a clientes o contrincantes —a pesar de que estemos en tiempos más proclives a la consulta digital que a la de papel impreso—, pero ese gesto tiene su origen en la imposibilidad de retener en la mente todos los detalles de las normas, ya se trate de ahondar en un caso o solo de proporcionar información básica a clientes. Los abogados deben consultar todos los días normas, doctrina y jurisprudencia, y los redactores también deben resolver dudas a menudo, apoyándose en diccionarios de términos, de sinónimos y antónimos, de dudas, de etimologías, inversos…, en ortografías, en gramáticas normativas y descriptivas, en libros prácticos de lingüistas o redactores experimentados sobre uso de la lengua, en manuales de estilo e incluso en obras publicadas por autores de referencia con una fiabilidad más allá de la duda razonable y un gran potencial ejemplificador.

El post del que este es complemento me ha servido para refrescar mi conocimiento sobre las reglas y reflexionar sobre los usos habituales de la coma en los escritos. La anterior entrada, por tanto, es solo una aportación más que busca acercar los diferentes usos de este signo a quien quiera repasarlos mediante un listado que, creo, es un poco más fácil de consultar que los que aparecen en los textos oficiales y más completo que los de otros manuales paralelos, aunque, como ya dije, quienes prefieran lo estrictamente canónico deben siempre acudir a los documentos de la RAE.

Esta institución manifiesta que una ortografía debería tener la vocación de ser coherente, exhaustiva, adecuada (actualizada) y de exposición clara y sencilla. Creo, honestamente, fijándome solo en lo publicado (ya que la sabiduría académica existente es siempre mucho mayor que la expuesta), que el paso dado por la RAE entre la Ortografía publicada de 1999 y la editada en 2010 es de enorme importancia para los usuarios de nuestra lengua. Pienso, en todo caso, que si se persigue ese objetivo de exhaustividad, quizá esta magnífica obra aun tenga algún camino por recorrer, pensando al menos en aspectos como el uso de la coma. No se trataría tanto de aumentar lo categórico ni lo obligado, sino de reforzar el carácter didáctico de las referencias a los usos para, con más detalle, reducir algunos niveles de incertidumbre derivados de las recomendaciones, evitar la neutralidad en ciertas menciones descriptivas y ampliar excepciones detallando criterios narrativos o expositivos que puedan mover al redactor a tomar una u otra decisión cuando varias sean posibles.

Unas breves reglas para poner comas por intuición

Avanzaba en la anterior entrada que el presente post lo terminaría con una lista mucho más sintética de criterios útiles para utilizar las comas, basado sobre todo en la intuición.

Esta no es más que un truco de la inteligencia que nos permite coger atajos hacia las conclusiones ahorrándonos algunos procesos mentales. Como en la gramática las reglas, en buena medida, se inducen del habla (al menos en su origen), me parece que no hay mejor método para distribuir las comas con criterio que guiarse por cómo leemos y por cómo fraseamos cuando pensamos, cuando hablamos con calma o cuando leemos un texto. Eso sí: de nada nos servirá la intuición si no somos mínimamente conscientes de que existen unas normas y de su contenido.

  • En el habla hay pausas breves (como las comas) y pausas largas (como los puntos). No hay más. Nadie habla matizando una pausa como punto y coma ni poniendo incisos entre rayas o detalles entre paréntesis, ni entonando diferente por imaginar dos puntos. Eso sí, puede haber pausas breves o largas que luego no se marquen por escrito con puntuación o lecturas fluidas que por escrito lleven comas o incluso puntos.
  • En la lengua escrita hay más posibilidades: las pausas muy leves son comas; las que quedan un poco más marcadas suponen punto y coma, y las que reinician el impulso de la voz o lectura o lanzan una nueva idea son puntos. Pero en cuanto a inflexiones, apenas hay diferencia entre lo que nos marcan un punto y coma y un punto, y el punto y coma también guarda la espalda de oraciones que lanzan ideas.
  • También en la lengua escrita, las rayas y paréntesis, en cuanto a la pausa, funcionan como comas en incisos o apostillas, aunque albergando un espíritu más aislante, y los dos puntos proponen una pausa tan marcada como el punto, aunque con alma de cañón o lanzadera.
  • La norma de no escribir coma entre el sujeto y el verbo de una oración, no habiendo incisos, incluso cuando el sujeto está compuesto de varios elementos separados por comas, puede ser discutible, pero creo que es mejor seguirla al pie de la letra, aunque solo sea por lo determinante de su formulación en nuestra ortografía oficial. Si se da alguna interacción por cercanía entre un falso sujeto y el verbo, lo mejor es retocar la frase con el fin de evitarla.
  • No debe ponerse coma antes del paréntesis de apertura o de la primera raya de un inciso. Después del paréntesis de cierre o de la segunda raya solo puede insertarse si debiera ir de no existir el inciso.
  • Todo tipo de incisos debe ir escoltado entre comas.
  • Cuando se anticipan grupos sintácticos o se dan por sobrentendidos, suele utilizarse coma para separarlos del grupo por encima del que han saltado.
  • La coma no puede ir antes o después de un punto, punto y coma o dos puntos, pero sí antes o después de los signos de interrogación o exclamación, y después de puntos suspensivos (no antes).
  • Por lo demás, debe ir coma cuando entre dos palabras se note una pausa suave en la lectura de la frase (o en la construcción mental) que no implique un parón que prepara lanzar una oración. Si al hablar paramos la frase para lanzar con cierta autonomía la siguiente idea, por conectada que esté con la anterior, entonces toca punto y coma o punto.
  • Con frecuencia, cuando suena igual de bien una frase con o sin coma, las dos opciones (ponerla o no) son posibles. En tal caso, liberados del miedo al error, conviene que nos guiemos para decidir por criterios como:
    • La necesidad de aislar más o menos las ideas.
    • La búsqueda de una música para la frase que nos suene mejor (el fraseo).
    • La necesidad de acelerar una frase (hacerla fluida) o ralentizarla.
    • La búsqueda del equilibrio cuando ya hay otros signos de puntuación en la frase.
    • La contribución a la claridad de lectura en frases largas y complejas.
    • La adecuación a modos del habla (cuando son diálogos o intervenciones citadas).
    • La sintonía con estados de ánimo.
    • El énfasis deseado en las oraciones.
    • La búsqueda de efectos.
    • La conexión con ideas derivadas de los enunciados o implícitas en estos (parones, intensidades, distancias temporales, gestos, acciones, instantes, pensamientos, reflexiones…), para armonizar con ellas o reforzarlas.
    • El sexto sentido: a veces la frase pide la coma en un determinado sitio, aunque no sepamos muy bien por qué.
  • Una coma (o su ausencia) suele ser fallida cuando:
    • No se separa lo que sí se separa mentalmente u oralmente por una pausa (salvo en algunas expresiones cortas).
    • Altera el significado deseado en la oración.
    • No se separan grupos cortos o largos que funcionan como incisos.
    • Crea una pausa menor que la debida por la composición de ideas de la frase y el formato expositivo de las ideas.
    • No se separan enumeraciones en los elementos no conectados por conjunciones.
    • No se separa el elemento anticipado.

Y, para terminar, un último consejo: en caso de duda, y sin contar las que tienen función semántica, cuantas menos comas en una frase, mejor.

Es una recomendación peligrosa, pero, una vez repasada y asimilada la lista de usos de la coma y dejando que la intuición nos guíe y supla los fallos de nuestra memoria, optar por la moderación —efectos literarios al margen— será casi siempre lo preferible.


Algunas obras y documentos de interés para profundizar en la puntuación (es solo una parte del material examinado). Como puedes ver, la lista se inicia con el título y no con el autor, y se separan títulos, autores y editoriales por rayas y guiones, sin comas, lo que no es precisamente ortodoxo, pero es el modo de presentación que aquí me parece más adecuado, sin que ello implique rechazar en otro tipo de productos los estilos habitualmente instituidos para la ordenación de bibliografías.

Diccionario panhispánico de dudas — Real Academia Española (varios aut.) – Taurus, 2015
Diccionario de uso del español – (2 v) — Maria Moliner – Gredos, 2013
El buen uso del español — Asociación de Academias de la Lengua Española y RAE (varios aut.) – Espasa, 2013
Gramática práctica del español — Instituto Cervantes (varios aut.) – Espasa, 2007
Guía práctica del español correcto — Instituto Cervantes (varios aut.) – Espasa, 2012
Manual de escritura: académica y profesional — Estrella Montolio – Ariel, 2014
Manual de estilo de la lengua española — José Martínez de Sousa – Trea, 2015
Manual de estilo: guía práctica para escribir mejor — Arturo Ramoneda – Alianza Editorial, 2008
Manual de ortografía y redacción — José Carlos Aranda – Berenice, 2010
Manual práctico de puntuación — Jose Antonio Benito Lobo – Edinumen, 2002
Normas y usos correctos en el español actual — Varios autores – Tirant Humanidades, 2014
Nueva gramática básica de la lengua española — Asoc. de Acad. Americ. y RAE (varios aut.) – Espasa, 2010
Nueva gramática de la lengua española: Manual — Asoc. de Acad. Americ. y RAE (varios aut.) – Espasa, 2010
Nuevo manual de español correcto — Leonardo Gómez Torrego – Ediciones SM, 2010
Ortografía de la lengua española —Real Academia Española (varios aut.) – Espasa, 2010
Ortografía de uso del español actual — Leonardo Gómez Torrego – Ediciones SM, 2010
Ortografía española — Maria Moliner – Gredos, 2013
Ortografía práctica del español — Leonardo Gómez Torrego – Espasa, 2009
Ortografía y ortotipografía del español actual — José Martínez de Sousa – Trea, 2014
Perdón imposible — Juan Antonio Millán – Ariel, 2015

Noticias del español (etiquetas): coma — Fundeu BBVA
Puntuación — Documento del Servicio de Traducciones del Parlamento Vasco
Guía del Departamento de Lengua Española — Documento de la Comisión Europea
Guía práctica de español — Servicio Lingüístico de la Universitat Oberta de Catalunya

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