Literatura de solapa, faja y contracubierta

Quizá sería excesivo hablar de literatura para hacer referencia a los textos que aparecen en los libros editados al objeto de presentar las tramas de la obra, dar alguna información sobre los autores o insertar opiniones de otros autores y frases publicitarias, es decir, al material informativo y promocional dirigido a convencer al potencial comprador de que le interesa adquirir el producto.

Información y promoción en el libro impreso

Este tipo de información suele presentarse en tres partes de un libro:

  • La contracubierta (es decir, la zona opuesta a la portada externa o cubierta del ejemplar).
  • Las dos solapas (cuando los libros las tienen).
  • La faja externa (en libros que son objeto de fuertes campañas promocionales y cuentan con este elemento externo al ejemplar).
  • Una marca de libro (bookmark) promocional.
Partes de un libro
Partes de un libro

También puede haber frases breves sobre la obra o sobre el autor en la propia cubierta (portada externa), así como información sobre el autor o menciones de otras obras de este o de distintas publicaciones de la editorial en el reverso de la portadilla (llamada anteportada o contraportada, primera página interior que no es solo una blanca de cortesía) o antes de la portada interior (la que incluye el título, el nombre del autor y a veces también el nombre del traductor cuando no es una obra en la lengua original).

Como variante, algunos libros —actualmente solo las ediciones más elegantes— llevan abrazando la cubierta y la contracubierta un forro, camisa o chaqueta (sobrecubierta) que es la que funciona como cubierta y contiene las dos solapas con información.

A menudo suelo decir de mí mismo que, a pesar de que he leído bastantes novelas y obras técnicas y temáticas a lo largo de mi vida, soy más un lector de contracubiertas y solapas que de libros, ya que, por mucho que uno pretenda leer de manera intensa y regular, la producción editorial actual es tan profusa que muchas obras —y solo me refiero a esa pequeña parte que cada uno considera interesante— se conocen más por ese relajante momento de hojeo en librerías (en una mañana de sábado, en una escapada repentina a media mañana en el horario laboral de un autónomo, como descompresión vespertina tras la jornada laboral antes de llegar a casa…) que por la propia lectura.

Redacción en cubiertas y sobre cubiertasDecir que casi siempre se compra un libro por lo que leemos en las contracubiertas, fajas o solapas sería excesivo: nos influyen también las referencias de personas de nuestro entorno que han leído determinados libros (ese de boca en boca de toda la vida que ahora se teoriza como buzz marketing), las críticas o reseñas en medios en comunicación, los ranking de ventas (para mí dudosos, porque parecen limitarse a una camarilla de escritores —o más bien de personajes mediáticos— homologados) y, por supuesto, nuestro deseo de cerrar cuentas pendientes, cuando decidimos comprar por fin algunas de esas obras clásicas que aun no hemos leído y para cuya compra no necesitamos promociones: nos basta con simple arranque de voluntad estimulado más por la visión de las cubiertas (título y autor) que por los textos de promoción.

En este post me quiero referir a cómo se redactan esos breves párrafos que aparecen en los ejemplares de las obras editadas (sobre todo en las del segmento de ficción) y que, aunque no siempre sean el detonante de la compra, influyen a menudo en esta. Pero no voy a analizar criterios ni exponer técnicas de redacción—eso lo dejo para otra ocasión—: solo pretendo aquí aportar mi experiencia como inveterado consumidor de ese tipo de textos —como pez que en esas mañanas o tardes ronda el anzuelo y solo en ocasiones lo muerde—, haciendo mención a cuatro aspectos de estos escritos informativos y promocionales que, aunque sean un asunto de orden menor en el proceso de edición, merecen a mi entender un comentario crítico.

Textos informativos sobre autores, proyectos y éxitos editoriales

Seguro que recordáis esos telefilms que suelen emitirse por las tardes en algunas cadenas de televisión, basados en hechos reales y que ya acumulan unos cuantos años desde su rodaje, en los que al final, una vez sustanciada la trama, una voz en off nos informa de que dos de los protagonistas viven felices en un rancho en Wisconsin criando yearlings y tienen un hijo de dos años mientras esperan emocionados el siguiente, nos aclara que el desordenado pero generoso amigo de la pareja ejerce en la actualidad como abogado en Filadelfia y nos comunica que el indeseable que pechaba con el papel más negativo en la historia cumple pena en una penitenciaría del Estado de Nueva York sentenciado por asesinato en primer grado en espera de que se sustancie la apelación.

Por bienintencionados que sean estos colofones —suelo tener la impresión de que buscan inducir una extraña tranquilidad en un espectador nada preocupado—, algo nos hace dudar de que la felicidad, profesión y empadronamiento de los citados siga años después sin alteraciones y algo nos dice que el vástago en ciernes seguramente ya vio la luz (o la espera uterina se antojaría excesiva) y que la apelación del malvado ya se sustanció (o la justicia, más que lenta, sería letárgica).

plan corto plazoAlgo similar ha venido sucediendo desde que yo tengo memoria en la información sobre libros y autores incorporada en los ejemplares publicados, y no es algo que se haya perdido en estos tiempos en los que parece (al menos parece) que la edición impresa es más exigente.

¿Os imagináis una estantería en un salón en la que los objetos de adorno fueran productos con fecha de caducidad: yogures, latas de sardinas, medicamentos…? Pues así parece que algunos entienden la información sobre los libros, como algo que solo tiene vigencia durante la campaña de ventas, que salvo en el caso de los grandes bestsellers, apenas se extiende ya a algunas semanas.

Veamos varios ejemplos de los muchos posibles. He elegido referirme aquí a novelas del género de investigación criminal, la mayoría recientes, por ser objeto habitual de promociones publicitarias llamativas. (En negrita he marcado las expresiones que revelan un marcado sentido coyuntural y los años citados son los de edición, que deben entenderse teniendo en cuenta que este post se escribe a inicios de julio de 2015).

  • En la edición de Alex de Pierre Lemaitre (Debolsillo, 2014) hay una reseña del autor en la que se indica que ha publicado dos novelas en español: Alex y Nos vemos allá arriba.
    • En la fecha de este post (así se vacuna una información, y eso que la puedo actualizar sin coste) Lemaitre ya tiene publicadas en España otras dos novelas.
  • En una edición de Aurora Boreal, de Asa Larsson (Seix Barral, Booket 2012) se incluye una reseña de la escritora en la que se menciona Guds Starka Arm como obra de próxima publicación en Seix Barral.
    • En la fecha de este post aun no ha publicado Seix Barral el prometido Guds Starka Arm de Asa Larsson (escrito en colaboración con otra escritora), porque se ha priorizado una quinta novela de la propia Larsson. Por ello no hay desfase, pero, ¿hacía falta esa anticipación fallida?
  • La edición de El Tercer Secreto, de Steve Berry (Seix Barral, Booket 2009) se indica que es una novela que será llevada al cine por Mel Gibson.
    • De la anunciada adaptación por Mel Gibson en 2015 no se sabe nada (ni como actor, ni como productor, ni como director…). De nuevo: ¿qué aportaba esa predicción errada?
  • En El club de los patriotas, de Christopher Reich (La factoría de ideas, 2009), se menciona que el escritor es autor de media docena de obras de suspense.
    • En la fecha de este post, Christopher Reich había escrito ya diez obras y publicado en España cinco.
  • En la edición de El otro nombre de Laura, de Benjamin Black (Santillana, 2009) se dice que El Lémur es su última obra.
    • En la fecha de este post, Benjamín Black (con ese nombre) había publicado ya seis obras después de El Lémur, cinco de ellas publicadas ya en España.
  • En la obra Muerte en La Fenice, de Donna Leon (Seix Barral, Booket 2007) la biografía de la escritora indica que sus obras se han traducido a veintitrés idiomas, incluyendo el chino. Y en la edición de El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon (Salamandra, 2004) la biografía del autor menciona que la obra se ha convertido en un éxito sin precedentes, con derechos vendidos a 35 idiomas, ha superado el millón y medio de ejemplares y ha alcanzado las listas de cinco países (USA, Alemania, Italia, Francia e Inglaterra).
    • Suponemos que las obras de Donna León y de Mark Haddon habrán sumado ventas, se habrán traducido a algún otro idioma o habrán alcanzado listas en algún otro lugar.
  • En la edición de 2007 de Una llama misteriosa, de Philip Kerr (RBA) se indica que ha publicado una decena de novelas.
    • En la fecha de este post, Philip Kerr ya llevaba publicadas más de 30 novelas, más de 15 en España.
  • En la edición de 2006 de La muerte en una noche de verano, de K. O. Dahl (Planeta, Booket) se dice que próximamente se publicará Un muerto en el escaparate.
    • Un muerto en el escaparate, de K. O. Dahl, se publicó en 2008, siete años antes de la fecha de este post.
  • En la edición de El peregrino secreto, de John Le Carré (Plaza y Janes, 1991) la solapa informa de que La Casa Rusia se ha llevado al cine recientemente.
    • Cuando redacto este post, hace 25 años que La Casa Rusia de Le Carré fue llevada al cine por el director australiano Fred Schepisi.

Creo que las anticipaciones editoriales o cinematográficas, los éxitos conseguidos cuantificados y demás referencias llenas de inmediatez aportan poco o nada, salvo un aroma a obsoleto que podría haberse evitado insertando algo tan sencillo como:

  • “…en la fecha de edición de esta obra el autor había publicado…”
  • “…con esta obra la autora ha conseguido con gran rapidez auparse a…”
  • “…logró tras solo cinco meses desde su publicación una cifra de ventas superior a… ”
  • “…ha logrado con sus obras conquistar de modo fulgurante mercados de lectores como los de…”.
  • “… entre otras obras, el autor ha publicado….

Por otra parte, Dan Brown es presentado en la solapa de la edición de El símbolo perdido (Planeta, 2009) como alguien que vive en Nueva Inglaterra con su mujer. Esto de mencionar el lugar de residencia resulta tan extraño como recurrente en la información sobre autores.

Así, según diferentes ediciones de obras de este género de evasión, Val Macdermid vive en Manchester (dicho en 2006), Robert Wilson vive en una granja de Portugal (2006), Dennis Lehane vive en Boston (2007), Frank Schätzing vive y trabaja en Colonia (2010)… y Tony Hillerman vive en Albuquerque (¡1990!).

De las referencias a sus domicilios antiguamente actuales poco podemos decir salvo que resulta chirriante leer eso años después. Solo con añadir el fragmento en la fecha de edición (o de escritura) de este libro, el autor vivía en… se blindaría el texto para su testeo externo por los siglos de los siglos, un simple toque de elegancia que vacunaría esa referencia contra el aroma del desfase y la obsolescencia. Eso si es que realmente importa donde vivan los autores, que esa es otra (y, en mi opinión, en la mayoría de los casos es un dato irrelevante).

libro - con fechaLa conclusión que podría extraerse de todo esto es que algunas editoriales consideran que:

  • Los libros lanzados al mercado son productos para el consumo inmediato. No interesa su cualidad como objetos a poseer.
  • Nadie releerá nunca un libro varios años después.
  • Nadie leerá un libro prestado por el comprador años después de su edición.
  • Nadie leerá un libro obtenido en préstamo en una biblioteca años después de su edición.
  • No hay ninguna diferencia entre lo que puede incluirse en una faja extraíble y lo que puede reflejarse en solapas, contracubiertas, portadillas u otras partes fijas de los ejemplares editados.

O quizá sea más sencillo y lo que se considere es que esos desfases anunciados no tienen relevancia, porque todo el mundo sabe que lo importante es el contenido del libro y se hará cargo de que esas frases se escribieron cuando se publicaron, para ese momento (lo que sería como decir, tranquilos, chicos, que todos somos inteligentes, que a tanto ya llegamos, que aquí nadie se traumatizará por leer en el futuro textos desfasados, que no habrá sangre ni aumentará la visita a psiquiatras…). Cierto. Sin duda, nadie entrará en ebullición, ni practicará seppuku ritual, ni devolverá el libro a la editorial por vicio de origen, ni la llevará al juzgado de guardia por ese pequeña muestra de cortedad de miras. No obstante… Sigamos.

Alabanzas de autores y críticos

contra - la chica del trenEs frecuente que en la reseña de la contracubierta (o en la situada a veces en fajas) se incluyan frases alabando la calidad de la obra o la del autor. Suelen corresponder esos textos a otros autores del mismo género o a críticos de revistas y suplementos literarios o de secciones culturales de diarios (aunque últimamente se han visto frases de atribución anónima, como lector en Twitter o lector en Amazon, tal como puede verse, por ejemplo, en la contracubierta de la híper publicitada La chica del tren, de Paula Hawkins, editada por Planeta).

No tiene nada de criticable que se aprovechen fragmentos de reseñas críticas o de opiniones vertidas en alguna entrevista realizada a otros autores para dar avales a las obras publicadas con fines publicitarios, siempre que esos textos sean (o al menos parezcan) eso: expresiones auténticas, fragmentos reales extraídos de charlas, conferencias o escritos valorativos.

La realidad es que estas frases despiden con frecuencia un claro aroma de publicidad ad hoc y revelan su naturaleza de eslogan, alejada de cualquier expresión independiente lanzada con naturalidad y cazada al vuelo por los responsables de la promoción editorial.

¿Engloba algún significado decir que el NYT califica La chica del tren como lo nunca visto (refiriéndose a que los libros desaparezcan de las liberías, como si se tratara del primer bestseller de la historia). ¿Suena natural el gran Michael Connelly cuando dice que Harry Hole (la creación de Jo Nesbø) es su nuevo héroe? ¿Aporta algo decir, sin más, que, según Time Out, Némesis, del citado Nesbø, es una obra maestra? Además, algunos autores parecen auténticas factorías de avales: en algunos momentos he tenido la sensación de que si un autor escribe una novela que incluya algo de misterio con algún apunte sobrenatural, requerirá necesariamente el beneplácito del gran Stephen King para que la obra merezca leerse.

Como lectores, o como hojeadores de librería, ¿no habéis tenido en algún momento la misma sensación?

Como no podría ser de otra manera, en la promo de La Chica del Tren de Paula Hawkins se nos dice que Stephen King, en las redes sociales, afirmó que la obra le había dejado una noche sin dormir (frase que se está utilizando de manera casi idéntica por multitud de artículos en prensa que aluden al éxito de la obra). Me temo que dentro de no mucho aparecerá en la edición de alguna escritora novel el aval de la tal Hawkins expresado con alguna otra sentencia llena de creatividad, o quizá alguna autora debutante acabe siendo considerada la nueva Hawkins (lo que nos lleva al siguiente punto).

Comparaciones con otros autores

Si escribes una obra de un género como la novela negra que ahonde en las zonas oscuras de las grandes ciudades y maneje de manera coral a bastantes personajes, ya tenemos un nuevo James Ellroy. Si, como acabo de decir, la trama nos lleva a algún más allá que está más acá de lo que pensamos, ya tenemos al nuevo Stephen King. Si ni los hechos ni los personajes son lo que parecen, estaremos ante un nuevo Dennis Lehane o una nueva Gillian Flynn, o la obra será lo más estremecedor desde Shutter Island o desde Perdida. Si la trama criminal transcurre en la Alemania nazi, estaremos ante el nuevo Philip Kerr y el detective será tan contundente como Bernie Gunther. Y si la obra se atreve con más de 500 páginas, el autor es nórdico y hay algo de corrupción de alta gama, nos hallaremos por supuesto ante el nuevo Stieg Larsson. (Con los nuevos Larsson de los últimos años podríamos llenar Estocolmo convirtiéndola en la nueva Bombay y aún necesitaríamos Malmöe para completar los empadronamientos).

Por citar solo un ejemplo llamativo de estas comparaciones más tediosas que odiosas, en una edición de Dinero fácil, de Jens Lapidus (Santillana, 2009), se incluye esta tremenda frase:

Con Dinero fácil, Lapidus entra directamente en la pugna literaria de autores como Larsson y Mankell.

¿De qué pugna nos están hablando? ¿De quién vende más? ¿De quién tiene más fama? ¿De la “pelea” que protagonizan dos autores de éxito, uno consagrado y otro… malogrado? ¿O quizá este Larsson es Asa y no Stieg y tenemos armada una guerra de sexos?

¿Y por qué Larsson (sea quien sea de los dos) y Mankell? ¿Porque son suecos como Lapidus (cosa cierta)? ¿Porque sus tramas se parecen (cosas más que discutible)?

Para terminar, hablemos de eso, de las tramas, reflejadas en los resúmenes impresos al dorso de los volúmenes editados.

Apuntes de las tramas

Sobre las reseñas que suelen aparecer en las contracubiertas y que presentan la trama de las obras—hace años también se utilizaba para ello la solapa, criterio hoy en desuso—, cabe decir que las hay de todos los tipos, más o menos extensas, más o menos explícitas, y, en tanto que textos del propio autor o consensuados con este, no resulta fácil decir nada con ánimo crítico sin entrar en el terreno de las preferencias.

Sí me gustaría destacar —al igual que el resto del post, como opinión personal e intransferible— que la reseña trasera de las novelas es la parte del conjunto de textos de presentación y promoción que en más ocasiones ha provocado mi rechazo a obras que, en un primer golpe de vista o por referencias sobre el autor, me parecían tentadoras.

Estas reseñas pueden tener sobre mí el mismo efecto que ese género promocional que detesto: los llamados tráilers de cine, estos pequeños artefactos promocionales que a menudo (mejor dicho, casi siempre) presentan las películas como lo que no son, destacan los momentos más tópicos del género o subgénero —explosiones, huídas hacia pantalla con cansinas llamaradas al fondo, coches que explotan como si dentro tuvieran la bomba de Hiroshima, cuelgues de cornisas de edificios o vigas de tinglados, coyundas estilizadas…—, distorsionan escenas con montajes equívocos de fragmentos que están separados, insertan algún ralentí que luego, afortunadamente, no aparece en la obra, y crean expectativas o revelan planos, diálogos, mensajes, acontecimientos y golpes de efecto que deberían ser descubiertos y experimentados por el espectador durante la visión.

La función promocional es muy respetable y se entiende el objetivo de tentar a los potenciales espectadores para que consuman el producto, pero en la mayoría de los casos el efecto sobre mi humilde persona es disuasorio. He rescatado en numerosas ocasiones películas rechazadas inicialmente por las promos (anuncios y tráilers) que varios años después se me han revelado como poseedoras de mucha mayor calidad de la que prometían. Resultado de promoción: un consumidor inicial perdido o en el mejor de los casos aplazado.

Aunque de modo no tan marcado, algo similar me ocurre con algunas reseñas que presentan la trama de las novelas que se publican.

Productos en serieDurante estos últimos años he tenido la sensación de que más de la mitad de la producción de ficción dentro del género criminal o de intriga incluía la misma obra o presentaba una de tres o cuatro variantes en cuanto a componentes de elaboración: protagonista arqueólogo, criptólogo, analista, profiler de asesinos, experto en psiquiatría forense…, acompañado de persona del otro sexo con profesión vistosa semejante, alguno de ellos con rasgo psicológico de los que, pura psicopatología de la vida cotidiana, mola en pequeñas dosis (esquizoide, paranoico, obsesivo-compulsivo, neurótico, claustrofóbico, autista, adicto, insomne, depresivo…) y ambos con problemas de relación entre sí o con su entorno; miembro familar (pareja, hijo pequeño…) muerto en accidente o asesinado hace unos años; asesinos en serie o megalómanos de vía estrecha; extraños mensajes cifrados (que podrían haberse transmitido con facilidad de otra manera); obras de arte o escenarios de lujo artístico y cultural; personajes y escenarios relevantes de la historia como telón de fondo, jefes departamentales odiosos…

Tendrás razón si piensas que todo esto nada tiene que ver con lo que estoy comentando, que es la redacción de los fragmentos informativos y promocionales. En efecto, esta coincidencia en la configuración de las obras depende de las tendencias de la edición, asunto que pide una valoración aparte (sobre por qué se editan tantas obras similares que parecen salidas de máquinas industriales de fabricación de piezas en serie: misterios vaticanistas, fantasías vampíricas juveniles, dramas y amoríos adolescentes con o sin candado, erotismo de salón envuelto en papel celofán…, material respetable pero que hace unas décadas hubiera sido en su gran mayoría carne para ediciones baratas de kiosko).

Sin cuestionar que se edite tanta obra similar (aunque no sea admirable, es legítimo: entretiene, fomenta la lectura, mueve la economía y no mata a nadie), y dejando claro que los tópicos y clichés no son incompatibles con la calidad de las obras si las analizamos separadamente, traigo esto a colación porque, ante esa montaña de obras de parámetros similares, parecería recomendable que la reseña de las contracubierta tratara de destacar algo de cada obra que la singularizara, sin falsear, por supuesto, lo que el lector pueda encontrarse si decide adquirir el producto.

Defiendo (y la realidad casi nunca me desmiente) que hasta las mejores obras tienen puntos débiles y que en las menos logradas siempre hay algún aspecto que merece la pena destacar. A pesar de ello, raramente veo que en las informaciones que buscan tentar a los lectores potenciales desde la zona trasera de los ejemplares editados se destaque lo que hace a cada obra diferente (aunque no haya mucho donde elegir). El intento de asociar una novela a otras de éxito para buscar a los mismos lectores triunfa más en los departamentos de marketing que el propósito de diferenciar unas creaciones de otras, por modestas que sean sus hechuras y escasos sus rasgos distintivos.

Un último aspecto digno de destacar sobre las historias reseñadas en las contracubiertas sería el referido a cuánta dosis de la trama debe revelarse para tentar al consumidor, pero, como apunté, si es algo consensuado con el autor, no habría nada que reprochar.

En mi opinión, si se consigue interesar al potencial comprador, si logramos seducirlo con unas líneas subyugantes que pivoten sobre elementos clave de la obra sin destapar acontecimientos relevantes de la trama, el resultado será óptimo para que la experiencia de lectura sea plena. Aunque no es fácil redactar algo con este criterio, con un poco de esmero puede hacerse.

Pero por más que a uno le parezca que cuanto menos se cuente mucho mejor, entraríamos ya aquí en un terreno más de preferencias en la escritura promocional (el librillo de cada maestro o iniciado) que de técnica objetiva de redacción publicitaria.

Sugerencias de un comprador de libros para los textos promocionales

En el fondo, este artículo solo pretende apostar por algo que no tiene por qué estar reñido con la publicidad y que en nada perjudicará la eficacia de cualquier iniciativa promocional que se despliegue en el seno de una editorial: un poquito de visión de futuro y una pizca de originalidad, o dicho de otro modo, esa dosis mínima de consideración que nos merecemos los consumidores de literatura que no practicamos la piratería, los que pagamos siempre por lo que leemos y lo guardamos en algún estante de nuestra pequeña biblioteca.

sugerenciasPor ello, sin intentar dar lecciones a nadie —porque doctores tienen la iglesia marketiniana y los grandes templos editoriales—, no quiero dejar de exponer algunas sugerencias que, según mi criterio, redundarían en una utilización de textos promocionales que puedan ser igualmente eficaces a pesar de presentarse vestidos con un poco más de distinción:

  • Las referencias coyunturales (cifras de ventas, puestos en ranking, mercados conquistados…) expuestas directamente, sin vacunas contra la obsolescencia, deberían ir en faja externa al ejemplar editado, sin limitaciones en cuanto a la referencia inmediata, ya que el lector casi siempre acaba separando esa faja o incluso utilizándola como bookmark).
  • Las frases muy genéricas o enfáticas con único contenido publicitario (sin entrar ahora en si son o no logradas) también deberían ir en una faja si se estima que no tendrán sentido dentro de unos años.
  • Las referencias biográficas internas o ubicadas en la parte inferior de la contracubierta deberían poder leerse con el mismo efecto en la fecha de lanzamiento de la obra y en la de sucesivas ediciones, e incluso cuando un lector, décadas después, seleccione el lomo del libro en la estantería de su vivienda o de una biblioteca y relea los textos del dorso. (Bastaría para ello aplicar unos criterios mínimos de redacción).
  • Las reseñas de la trama situadas en la parte superior de la contracubierta (o en la solapa) debería ser breves (o no se leerán) e intensas, pivotar sobre elementos clave de la trama sin revelar hechos relevantes y estar separadas de cualquier referencia publicitaria al autor o a otras obras de este.
  • Las reseñas de las tramas no deberían contener spoilers, salvo que se trate de hechos fundamentales de la trama que se desvelarán al inicio de esta.
  • Una reseña de la trama no debería limitarse a evocar la de otra novela que haya sido popular o superventas, aunque ambas tengan ciertas concomitancias, sino que, al contrario, sería más interesante que se centrara en algún aspecto de los que singularizan la obra, sin renunciar por ello a identificar de qué tipo de historia se trata. Si es preciso ocultar para diferenciar, pues adelante.
  • Si hay frases de promoción en la contracubierta asociadas a autores, es mejor que se trate de referencias críticas de publicaciones culturales que de frases laudatorias de otros escritores o personajes, salvo que estas últimas sean originales, fruto de intervenciones libremente realizadas, aporten algún detalle relevante y destilen sinceridad (suelen abundar las de molde y las que denotan haber sido encargadas o forzadas).

Naturalmente, no son consejos para que una promoción sea un éxito: hay muchas campañas (como, sin ir más lejos, la del súper bestseller de 2015 La chica del tren, de Paula Hawkins), que manejan criterios promocionales que a mí, como lector y potencial comprador, no me acaban de convencer, sin que por ello yo sostenga que no sean eficaces. La citada obra presenta una contracubierta solo con frases publicitarias que para mí revisten escasísimo interés e incluso me hacen dudar de la obra: pero, que funcionan o, al menos, no entorpecen los objetivos comerciales, a la vista está.

Contrasta este ejemplo, de todas maneras, con el relanzamiento, en este mismo mes de julio de 2015 en el que redacto el presente post, de la trilogía Millenium del ya citado Larsson (Stieg, el desaparecido) en formato bolsillo/bolsillo (no en el semi-bolsillo utilizado ya por la misma editorial, Destino, en 2008), con una bonita faja que incorpora la parte publicitaria y un código de barras QR que enlaza con más información, con una exposición limpia del texto de la contracubierta que reseña la trama y con la inserción en página interior de una referencia biográfica que, a pesar de una leve referencia coyuntural no del todo afinada, resulta aceptable. Una edición sencilla y al tiempo elegante.

Para ir acabando, quiero incluir dos ejemplos de texto informativo y promocional (ambos extraídos de dos libros magníficos en sendas ediciones de la excelente editorial RBA, en su Serie Negra): uno versa sobre un autor y está escrito de modo conciso y con ese sencillo pero útil entre otros que de modo claro anula el riesgo de desfase; el segundo fragmento reseña la trama de otra novela, revelando muy poco de la historia y haciéndolo de manera genérica (pivotando sobre elementos: asesino, sótano, entorno, más cadáveres…) y un tanto equívoca, para no condicionar la lectura.

Ian Rankin –Fife, 1960– graduado por la Universidad de Edimburgo, publicó su primera novela Knots and Crosses, en 1987. Es autor entre otros de Black & Blue (Premios Chandler-Fulbright y Gold Dagger), En la oscuridad, Aguas turbulentas, Resurrección (Premio Edgar a la Mejor Novela) y Una cuestión de sangre, todos ellos publicados por RBA.

(Texto publicado en la contracubierta de El jardín de sombras, de Ian Rankin, RBA, 2006)

La escena del crimen que aguarda al comisario interino Alan Banks será una de las peores que haya visto jamás. Afortunadamente, el asesino y maltratador Terence Payne ha sido puesto bajo custodia. Las pesadillas que se agitan en el oscuro y húmedo sótano de su vivienda han terminado. O al menos eso parece. Pero la curiosidad de Alan Banks exige muchas respuestas. ¿Cómo pudieron compañeros, vecinos y hasta la propia esposa no ver al terrible criminal que se ocultaba tras el afable profesor de instituto? En las postrimerías del horror, el comisario deberá seguir con su investigación, porque las tinieblas aún no se han disipado, porque los cadáveres siguen apareciendo.

(Texto publicado en la contracubierta de El Camaleón, de Peter Robinson, RBA, 2006)

Ambos fragmentos también aparecen, en su literalidad, en diferentes promociones de las obras en portales digitales de venta de libros.

contra - jardin de las sombrasEl fragmento de la obra de Peter Robinson está muy conseguido, por su equilibrio entre lo que anuncia y lo que esconde. Pero en la citada referencia biográfica de Ian Rankin, ese acertadísimo entre otros que zanja el riesgo de obsolescencia del párrafo carece de referente gramatical. ¿Entre otros qué? ¿Novelas? Sería femenino. Suponemos que habla de libros, pero como esa palabra no aparece, el texto no es correcto (debería decirse Es autor, entre otras obras (entre otros libros), de…).

Podría ser un descuido, nada grave, pero en otros fragmentos similares de la misma editorial y serie nos encontramos con el mismo problema de expresión sin sustantivo referente: Es autor/autora, entre otras, de… (Un eco lejano de Val Macdermid, Motivo de ruptura, de Harlan Coben…). Claro que se entiende, pero…

Redactar un texto promocional que irá inserto en un ejemplar impreso no es difícil, aunque exige poner interés en que el texto sea funcional, correcto, equilibrado, duradero, auténtico, táctico y elegante. Por otra parte, es obvio que para ciertos directores editoriales parece tratarse de una faceta de la edición que reviste escasa importancia, a pesar de que en textos tan breves aspirar a lo óptimo no cuesta dinero.

En fin. Literatura de solapa, faja y contracubierta. Un asunto, por lo que se ve, menor, que quizá con el auge de la edición electrónica aún descienda a otra división inferior (y lo digo porque, aunque el mundo digital ofrece la ventaja de la mayor facilidad de actualización de los textos, de momento apenas se recurre a ello y muchísimas referencias biográficas siguen fosilizadas en los websites y portales de las editoriales o de las librerías on line tal como salieron en su primera versión impresa con sus redacciones de mira corta). Démosle tiempo al tiempo.

cubierta - el camaleonTermino ya con otro asunto que me interesa (y escuece) de modo especial. La obra El Camaleón de Peter Robinson (publicada en la, repito, fantástica editorial RBA, al menos para los amantes del llamado género negro) es, como apuntaba, un magnífico ejemplo de novela policial y criminal de calidad. Sinceramente, estremece. Y cuando uno la lee, se percata de por qué su autor la tituló Aftermath, término que, además de evocarnos un disco clásico de los Stones, ronda el significado de consecuencia, secuela, repercusión… (especialmente cuando es negativa), es la clave absoluta de la historia y, por supuesto, nada tiene que ver con ese reptil que caza insectos disparando su estómago y cambia con facilidad el color de su piel, mencionado en la novela solo de pasada.

Los criterios de traducción y adaptación de los títulos merecen un futuro post que preveo largo y afilado.