¿Pero vamos a dejar la gramática en manos de las ideologías?

Recientemente, una diputada de la izquierda española pronunció la palabra portavoza para referirse a alguien del sexo femenino que tenía entre sus cometidos llevar la voz cantante en la comunicación de un ente, entidad o grupo (no recuerdo de cuál se trataba).

No es la primera vez (y me temo que no será la última) que escuchamos algo de la misma índole. Hace años, aún en la primera década de nuestra actual democracia, la esposa del presidente del gobierno (a la que los antiguos hubieran llamado la presidenta) nos sorprendió con aquello de jóvenes y jóvenas, y desde entonces hemos oído de todo en cuanto a feminización de términos.

Juezas, fiscalas, miembras, médicas, ingenieras, arquitectas, vicepresidentas, ministras… Cada vez hay más palabras que, escritas en un procesador de texto, ya no quedan marcadas por ese subrayado avisador de presuntos errores gramaticales, aunque a algunos nos suenen a cuerno quemado. Estamos normalizando a la brava todo lo que nos viene dado por la presión de ciertas concepciones de la existencia.

Sexo, género y gramática

Sería difícil definir lo que es la ideología de género. Sin duda, las consideraciones sobre los roles del sexo (que no género) en la sociedad tienen su sentido, y la lucha feminista ha marcado, durante muchos años, hitos admirables en su avance hacia el disfrute en plenitud de los derechos de la mujer.

Conquistados todos o casi todos los objetivos justificados que podían solucionarse mediante la legislación, queda —en Occidente, porque en otros países la labor pendiente aun requerirá un esfuerzo ingente— incidir en la mentalidad de las personas que aún están ancladas en modelos sociales superados. Pero de aquí a crear una ideología que penalice lo masculino y sublime lo femenino hay un paso enorme que algunos no estamos dispuestos a dar.

La lingüística, las reglas de la gramática, los modos del habla, el diseño de los diccionarios… son campos, como otros, de esa lucha que algunos llevan más allá de lo razonable.

Este modo de pensar, con vocación de imposición a los demás por nacer de un complejo de superioridad moral, no es un movimiento que esté pugnando por abrirse camino, sino que parece haber penetrado ya en la oficialidad y el institucionalismo, no en vano se disparan por doquier, en todo tipo de -ambitos administrativos y normativas, referencias a la igualdad de género, a las políticas de género o simplemente al género. El sexo parece haber quedado reservado para lo lascivo y lo lúbrico, y es el concepto de género el que parece preponderante para establecer fronteras entre varones y mujeres.

De las entradas que asocia la RAE del término género, la que atañe a lo que aquí comento nos dice que significa:

Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico.

De cultura va la cosa, y, como todos sabemos, en términos amplios cultura es todo lo que no es natural, lo que no es ni biología, ni física, ni química, ni ciencia…, es decir, casi todo lo que es de cuño artificial, inventado por nosotros en esta aventura de la civilización: ética, pensamiento, arte, entretenimiento, comunicación, costumbres, derecho…, todo lo productivo salvo quizá esa parte de la industria que no es ni diseño ni artesanía.

Un documental sobre leones en el Serengueti es cultura, pero los leones, en sí mismos, no lo son. Y con los humanos pasa lo mismo: decidimos lo que sea sobre nosotros, para gobernarnos, entretenernos, solazarnos, comunicarnos, relacionarnos y mejorar, y eso es cultura, pero el sexo es sexo y el género solo es un modo de agrupar el sexo, además de un concepto gramatical. Quizá, por eso de ponernos estupendos, deberíamos hablar de la política de sexo o de la ideología de sexo. Mejor no entrar en ello.

No he iniciado esta entrada con la intención de referirme a cuestiones profundas de esa parte de la cultura, genial invención del ser humano, que es la lingüística, ni para pontificar en plan entendido o enterado sobre filología, etimología o gramática. No voy a exponer aquí los diferentes criterios que la norma de la RAE prescribe o recomienda utilizar para gestionar el género en los sustantivos según sus raíces, terminaciones o usos constatados. Es una idea interesante hacerlo, pero eso queda para otro momento y otra entrada.

Mi objetivo ahora es muchísimo más humilde: instar una breve reflexión sobre los usos comunicativos y el margen que podemos dejar a la ideología para influir en estos sin que como resultado mandemos toda la tradición gramatical de una lengua y su sentido normativo a tomar viento.

La primera pregunta que deberíamos plantearnos, y que traigo aquí a colación, es si debemos dejar que nos condicionen el habla las ideologías pujantes y campanudas, esas que con gran habilidad y desparpajo avanzan en nuestro mundo de cada día y nos las van inoculando ciertos lobbies ideológicos —compuestos por profesionales de la presión mediática y el merodeo en pasillo oficial—, apoyados a veces por profesionales de la política, en funciones legislativas o ejecutivas, y también por algunos funcionarios judiciales. Por el contrario, quizá nos iría mejor si dejáramos que la evolución del lenguaje fuera neutra, lenta, gradual, razonable, desideologizada, y este viviera libre para transformarse una vez las novedades confirmadas por el uso demostrasen su cuajo revelándose más allá de la duda, sin asomo de imposiciones y chantajes emocionales, sin que su consolidación fuera fruto de una rendición de posiciones dirigida a la supervivencia social.

En concreto, y aunque hay otras derivadas que también podrían comentarse al respecto, me refiero aquí al modo de manejar los géneros terminológicos : el masculino y el femenino.

Y de aquí reboto hasta una segunda idea, también tocada por el asunto de las ideologías.

El mundo avanza, y del mismo modo que, por el simple hecho de que alguien haya rascado o erosionado en público nuestro honor, ya no nos retamos a duelo —en pinadas, sierras, colinas o zonas boscosas situadas en los aledaños de las ciudades y pueblos—, hemos conseguido que los locales de ocio no sean esos espacios llenos de humo que dejaban hasta nuestra ropa interior aromatizada como si, cubalibre o gintonic en mano, hubiéramos estado asándonos lentamente sobre brasas. Nos estamos refinando y eso no hace merecedores de recibir, concedido por nosotros mismos, unos minutos de aplausos trufados con algún que otro bravo.

viejo zorro reversible
A sly old fox – Imagen reversible de William McConnell (1868) – licencia CC BY-NC-SA 2.0

Sí, llegará el día en que, en el habla del presente, un viejo zorro sea un individuo astuto, experimentado, veterano, que se las sabe todas, y una vieja zorra sea también una mujer inteligente, juiciosa, que también sabe de lo que habla y no deja que se la cuelen fácilmente, y no una meretriz con años de calle o casona ducha en el antiguo arte del lenocinio. En ese momento, los hombres públicos no diferirán de las mujeres públicas, y, aunque podrán ser o no corruptos, en ningún caso sucederá que los primeros gobiernen y legislen y las segundas satisfagan los bajos instintos. Asimismo, evitaremos también hablar del, con perdón, puto amo para referirnos a ese jefe o individuo que impone su potestad con desahogo en un ámbito o de un conductor de grupos habilidoso en las ruedas de prensa, y dejaremos de asociar lo de puta ama, de nuevo mis disculpas, a una domina sadomaso de las que, tras imponer la disciplina solicitada, acepta efectivo y visa.

Todo esto me sirve para derivar la otra cuestión que también quiero plantearme: ¿ese noble fin de avance en el refinamiento de nuestras costumbres y modos de habla justificará que en su momento el diccionario extirpe entradas —como, por ejemplo, en el término zorra, la que aluda a la prostitución— por mor de una limpieza semántica con finalidad moralmente depuradora?

Dejando los ejemplos, la segunda pregunta que lanzo podría formularse así:

¿Debe ser el diccionario de la lengua española un texto moralmente normativo o más bien debería seguir combinando las dos funciones para las que nos ha servido durante tantos años: definir la norma semántica e informarnos descriptivamente del uso real de los términos, presente y pasado, sea o no virtuoso?

Voy a referirme a las dos cuestiones separadamente, a la primera en esta entrada y a la segunda en la siguiente, en ambos casos, como dije, sin hacer disquisiciones apoyadas en la gramática, sea esta normativa o descriptiva.

Casar la gramática con la utilidad y el sentido común es lo único que me mueve en esta entrada, y el método que he escogido es la levedad humorística, punteada por la hipérbole, alejada de la argumentación técnica.

El peligroso camino de la feminización forzada de palabras

Dado que acabo de prometer no profundizar en asuntos técnicos, nada mejor que cumplir desde la primera línea. Comienzo así no con una explicación, sino exponiendo una muestra desaforada de posibles usos concretos del género que se dan o pueden darse respecto de determinados términos de nuestra lengua.

Algunos de los siguientes ejemplos son usos del habla actual, oídos por suerte o por desgracia casi todos los días, sean de producción reciente o lanzados al estrellato ya hace mucho tiempo, mientras que otros reflejan expresiones hipotéticas que podríamos comenzar a oír cualquier día como no espabilemos.

Expongo aquí 40 de esas dualidades de género (y unas cuantas más de propina, mencionadas de pasada o al final), sin orden que separe las que parecen ya impuestas en el habla de muchos, las que comienzan a oírse, las hipotéticas muy comentadas con mordacidad y sentido crítico y las que yo mismo, jugando al alarmismo, me permito lanzar, especulando sobre lo que los hombres podríamos también reivindicar si nos pusiéramos estrechos, estrictos, y reivindicáramos simetría de trato pisoteando las normas de género de nuestra gramática. Cada pareja la acompaño de un comentario breve entreverado de humor que solo quiere invitarte a la reflexión por la vía de la caricatura.

Dada la escasa pretensión de este post, me otorgo una doble licencia: la de deslizar alguna que otra mordacidad, porque en este asunto, creedme, es imposible la contención, y la de no sentirme condicionado por lo que la RAE ha aceptado o rechazado, por lo que ya incluye en el diccionario como femeninos/masculinos normalizados o lo que de momento repudia (asunto que merecerá en su momento una entrada exclusiva, ya con componente técnico).

Démonos ya el chapuzón en la gramática mediatizada o mediatizable por la ideología de género para ver a dónde podríamos acabar llegando si no le ponemos freno ya. Aviso: este post, que mezcla la gramática ficción con la realidad más sangrante, no es apto para correctores ortotipográficos, sean humanos o cibernéticos.

1 – PORTAVOZ/PORTAVOZA

Comienzo con una de las más recientes. Si la portavoz femenina es una portavoza, cuando esa fémina lleve la voz cantante en cualquier acto será la voza de su partido. Curioso. Una palabra femenina —la voz— integrada en una palabra compuesta que se feminiza para que el paquete resulte aún más femenino. Los varones deberíamos reivindicar poder ser vozos o portavozos, porque la zeta final nos incomoda, y lo mismo ese plural en es, sexualmente tan tibio: no colman nuestra ansia masculina por llenarnos de óes, esa letra que, curiosamente, es la menos faloicónica que existe. O mucho mejor: portovozos. Esa sí es perfecta para nosotros, los reyes de la o: una obra maestra gramatical escrita con una pluma mojada en testosterona.

2 – DEPENDIENTE/DEPENDIENTA

Se busca dependienta: ese cartelito en el cristal de muchos locales comerciales está instituido y sería difícil quitarlo. Y lo mismo pasa con los clientes y las clientas. Pero ello nos marca un camino que puede llevarnos a hablar de contrincantes y de contrincantas, de intervinientes e intervinientas, de pretendientes y pretendientas, de descendientes y descendientas, de derechohabientes y derechohabientas, de escribientes y escribientas, incluso de ingredientes y de ingredientas (porque a veces las personas, dicho retóricamente, somos elementos necesarios de alguna cocina o maquinación). O de pacientes y pacientas. En fin, paciencia, que todavía no hemos llegado tan lejos. Lo del presidente y la presidenta, con terminación parecida aunque no igual, lo dejo para un poco más adelante por su uso ya masivo en nuestra habla.

3 – AMANUENSE/AMANUENSA

Porque si hay escribientas, también amanuensas.  En los conventos medievales seguro que hubo muchas. Y si además eran de Oporto, o de Ostia, o del Puerto de Santa María, o de cualquier otra localidad orgullosa de ser puerto, serían portuensas.

4 – PERIODISTA/PERIODISTO

No es algo que se usa en el habla (aún), pero sí se utiliza como contraste crítico dirigido a revelar lo ridículo de algunas propuestas. La terminación ista es la que es desde su origen y no admite femenino (salvo en un caso ya consagrado que no me gusta, crea un mal precedente que por fortuna duerme en el diccionario sin contagiar nada de momento y que comentaré en el punto siguiente). Los plumillas varones son los periodistas, y las mujeres, las periodistas. Pero si nos pusiéramos estrictos y globalizadores, los hombres podríamos sentirnos molestos con esa terminación tan femenina, en a, y reivindicar para nosotros de nuevo esa o que a ellas tanto parece incomodarles. Así, tendríamos columnistos, dentistos, futbolistos (algunos futbolistas lo son cuando protagonizan piscinazos, saltos gallináceos o desplomes lipotímicos dentro del área), malabaristos, peristos (de los que, óptica en ojo, miran y califican joyas y pedrería), monologuistos…Y, puestos a hablar de ideología, qué decir de los que se podrían definir como comunistos, socialistos, anarquistos…, o, en el mundo del arte, como surrealistos o impresionistos, o, en todos los campos de la investigación, como analistos.

5 – MODISTA/MODISTO

Esta es a la que antes me refería y la que yo tengo desde hace tiempo más atravesada. Consagrada por la RAE hace ya muchas décadas y generalizada en el habla de nuestro país, es posiblemente la mayor muestra de machismo del diccionario. De siempre, quienes más han sabido de costura, de corte y confección, de diseño textil, han sido las mujeres. Por habilidad, por rol social condicionado, por gusto personal o por lo que sea. No obstante, como ha pasado en muchas profesiones, la gloria siempre se la han llevado los hombres que eran los que accedían a los puestos de relumbrón. Algo parecido a lo que ha pasado en el ámbito de la gastronomía y la restauración. Genios como Balenciaga o Givenchy, como Dior, Saint Laurent o Bohan, como Valentino o Versase se han apoyado siempre en ejércitos de costureras con enormes habilidades para el manejo de las telas, acompañadas también, aunque en menor medida, de varones, muchos de ellos, todo sea dicho, con orientación homosexual, quizá porque ese toque femenino ayuda. Sí, también estaba Coco Chanel y luego vino Carolina Herrera, y también otras, pero el predominio masculino ha sido (y sigue siendo) avasallador. Quizá, por eso, lo de calificar a estos monstruos como modistas (recordemos: terminación ista, sin género) no acabó de gustar. Ponerle al sublime argelino Yves lo de modista le haría parecer una modistilla de las que hacían arreglos. Así, el modisto es el diseñador, y las chicas que le ayudan, le cortan y le cosen, modistas. ¿Qué os parece? Pues para mí, el gran Cristóbal Balenciaga, que además sabía cortar y coser como nadie, era un modista, como la transgresora Cocó, como el elegante Ferré, como la distinguida Carolina, como el denostado y fantasioso Galliano, como la atrevida Agatha, como el elegantísimo Saab… Tan modista era Adele Casagrande, la madre de las hermanas Fendi, como el gran Karl Lagerfeld al que estas descubrieron, y como tantas y tantas amas de casa que lo han bordado, nunca mejor dicho, en sus espacios privados. Modisto es una palabra que debería ser desterrada normativamente (y otra cosa es que se siga informando de su uso en el diccionario, con su entrada, por supuesto: eso lo dejo para el próximo post).

6 – SASTRE/SASTRA

Como era esperable, lo anterior no podía ir solo en una dirección. O quizá este fue el origen y lo del modisto la réplica. Los sastres son diseñadores de moda, o simplemente expertos en corte y confección de ropa para hombre. Como sucedía con las modistas, verdaderas conocedoras, en sus ámbitos privados (o profesionales, en segundo plano) de la confección de ropa para mujer, los auténticos expertos en este tipo de producción textil eran los hombres, centímetro siempre a mano o colgado al cuello, habilidoso manejo de los rollos de tela demostrado a diario y a la vista, a menudo arrodillados al pie del… señor, tomando medidas, sin que por ello se les cayeran los anillos a la moqueta. Pero no: si algunas mujeres diseñaban ropa de hombre o eran las que en el teatro y el cine se tomaban el trabajo de ser las fabricantes de vestuario masculino, debían tener su propia denominación: sastra. Y ello nos llevaría a que en mundo náutico hubiera contramaestras, que no vendrían de maestro sino de maestre, y a que las alienígenas fueran extraterrestras, y a que una niña traviesa fuera una pillastra. Ahora ya da lo mismo: que se confeccione ropa de mujer o de hombre es indiferente; los modistos van por un lado; las sastras, por otro, y solo atenúa el asunto el que hayamos creado como usanza mucho más cool el llamar a todos diseñadores de moda: eso sí, ores ellos, oras ellas.

7 – PERITO/PERITA

Puede ser un experto en diferentes disciplinas (psicología o psiquiatría forense, grafología, investigación de siniestros…), pero si es chica parecerá una fruta, de esas que si es en dulce simbolizará lo que es fácil de lidiar. Una perita agrónoma sería lo más, la quintaesencia del mundo rural, aunque habría que dilucidar si es ercolina, blanquilla o conferencia. O una de San Juan. En los tribunales, las peritas, especialmente estas últimas, son ideales para un receso, sobre todo si es verano. Riquísimas. Vamos, que un perito se toma una perita en el descanso del juicio y no sale un hijo sino una declaración pericial mucho más fresca y persuasiva.

8 – DETECTIVE/DETECTIVA

Sin comentarios. Un horror. No tengo palabras. Si algún día hemos de acuñar eso, me limitaré a leer novelas hardboiled de traducciones antiguas y nunca más abriré una novela policíaca recién editada. La investigación femenina, por favor, exenta de iva.

9 – PERSONAJE/PERSONAJA

Hay gente ordinaria, normalita, pero también excéntricos, extravagantes, tipos raros, tipos divertidos, gente original… Y también gente famosa, mediática, conocida, célebre, de postín (celebrities, para que nos entiendan los modernos ). De todos ellos podemos decir que son personajes. Y también lo son los individuos que pueblan las obras de teatro, cine o literatura: personajes. Claro que, si son del sexo femenino, podrían ser personajas. Quedaría tajante que te espetaran eso de eres toda una personaja. Yo pondría una querella por injurias.

10 – SUJETO/SUJETA

Más de lo mismo. No queda bien ni sujeta ni individua. Pero es que además sujeta pisa un tiempo verbal del verbo sujetar, por lo que el efecto sería penoso. Si hay que aludir en genérico a alguna susodicha, mejor que la chica siga siendo eso (un fulano, zutano o mengano) y no una fulana.

11 – DEMÓCRATA/DEMÓCRATO

Antes me referí a los comunistos (dentro de los que hay marxistos, leninistos, estalinistos, castristos…), pero qué decir de los demócratos, que no hay que confundir con los demócritos, de los que hubo uno muy famoso en la antigua Grecia. Aquí, el equipo que nos sale es también de órdago: autócratos, falócratos, tecnócratos, plutócratos, burócratos… Y la dualidad política más famosa de Europa: los cristianodemócratos y los socialdemócratos, que fueron los que, colaborando, crearon el verdadero espíritu europeísto. Porque, aunque al modo bizantino se discuta del sexo de los ángeles, los espíritus, gramaticalmente, son muy machos.

12 – LIBERAL/LIBERALA

Si seguimos en la ideología política o económica, llegamos a los liberales, los de Smith, y Hayek, y Basquiat, y Milton Friedman, y otros muchos, o a otros, los que en EE.UU. son así tildados por pertenecer al segmento más a la izquierda de su espectro centrista (allí, que hasta los de izquierda son más bien de derechas). Y aunque no brillan en la historia las pensadoras liberales, alguna hubo, incluso libertaria, como Ayn Rand. ¿Llamarla libertaria y también liberal? ¡Qué incoherencia! Liberala quedaría mucho mejor.

13 – GENERAL/GENERALA

Y así llegamos a las generalas (que parecen un toque militar de llamada a las armas más que chicas con estrellas de cuatro puntas). Por razones de economía, agrupemos los grados militares (aunque sus terminaciones sean distintas) y tendremos aquí un puñado que da vértigo: coronelas (que tendrían ocho puntas en sus estrellas), tenientas (con seis), almirantas, timonelas… También sargentas (que no sabríamos si lo son por grado militar o porque aferran las cosas con mucha fuerza), y cabas, que no serían espumosos mal escritos sino mujeres que han ascendido desde soldados (o desde soldadas, que podrían ser sueldos o salarios, pero no, resulta que serían militares —o militaras— en su grado más básico). Por el contrario, el brigada sería la brigada, por lo que si presenta barba profunda habría que ir pensando en llamarlo el brigado, aunque si se tratara de un brigadier sería la chica la que debería atender por brigadiera, lo que podría enfadar al barbado y que reclamara ser brigadiero. ¡Vaya tropa!

14 – MAYORAL/MAYORALA

No hace falta estar en el ejército. En una ganadería de toros bravos también nos podríamos encontrar, con gorrita a cuadros y cabalgando para hacer correr a los morlacos, a uno de los que cuidan del preciado ganado en la dehesa. Y si es chica, sería una mayorala. Podría pasar, eso sí, que la fémina fuera en realidad la capataza, que no es lo mismo. Capacitada seguro que estaría, aunque se moviera en un mundo tan de hombres… Pero… ¿capataza? Por no aludir a otras funciones de control en el mundo pecuario, que podría desempeñar una caporala.

15 – FISCAL/FISCALA

Este término sí es de los que, poco a poco, se está ganando su sitio a codazos en nuestro vocabulario, a pesar de su condición horrísona. Oigo lo de fiscala, y, además de lo de generala, la mayorala y la caporala me trae a la mente a las oficialas y a las colegialas, y me temo que pronto vendrán las concejalas (¿o ya están aquí?) y las vocalas. ¿Y si lo llevamos al extremo y creamos a los fiscalos? Sonarían como escualos. Quizá porque a veces lo son. Acabaremos todos en formación con el espíritu a la funerala.

16 – JUEZ/JUEZA

Lo de la jueza ya no es que se esté haciendo sitio, es que ha irrumpido como elefante herido en tienda de porcelanas dentro del panorama judicial. La última promoción de jueces es mayoritariamente femenina (es genial que vayan entrando las chicas con decisión en todas las profesiones), pero… ¿quién se va a atrever ahora a llamar juez a un sujeto del sexo femenino que atesora tanto poder? A partir de ahora, si ellas son juezas, que los togados con puñetas y potestad de impartir justicia sean juezos. Por la igualdad. ¿Cómo solucionarlo? Ascendiendo todos a magistrados y magistradas.

17 – TESTIGO/TESTIGA

Con permiso de la recordada Chus Lampreave y de su guionista preferido, Don Pedro, lo de testiga (sea o no de Jehová) llama a la risa y es ideal, por tanto, para la comedia, pero también alimentará a plena satisfacción a aquellos a los que la gramática les importa una higa. Claro que quien testifica también depone, y en tal caso las chicas podrían ser deponentas, lo que incluiría tanto a las que explican como a las que se rinden, destituyen a cargos o hacen de vientre. Cierto es que hay quien cuando discursea parece capaz de hacer simultáneamente lo primero y lo último —explicarse y cagarla—, pero eso vale también para los hombres. Magnifica y económica palabra esa de la deposición.

18 – JOVEN/JÓVENA

Este, otro de los memorables hitos de la ideología de género improvisada en actos y campas, sé que nació en plural pero no si se concibió como sustantivo (figurado) o como adjetivo, lo que es. Al apelar a los jóvenes, más parece que la esposa del a la sazón presidente del gobierno quisiera practicar ese uso que presenta adjetivos con vocación de sustantivos, como niño, adolescente, viejo, jubilado… Sirva, por tanto, esta lista de sustantivos para ver que tampoco los adjetivos tendrían por qué entrar en una dinámica de feminización terminológica, aunque quieran ir por la vida vestidos de nombres. Es cierto que existen los viejos y las viejas, y los chicos y las chicas, pero eso es porque las terminaciones en o son las que de modo más natural han permitido en la evolución de la lengua su viraje al femenino explícito mediante la terminación en a. Si nos vamos a otros términos, también adjetivos que van de nombres por la vida, en coherencia deberíamos hablar de adolescentes y adolescentas, púberes y púberas (he descubierto que esta horrorosa palabra existe) o bebés y bebas (estas últimas muy oídas en Latinoamérica). Pero no hay que ir tan lejos: desde tiempo inmemorial, corretean por nuestras calles los chavales y las chavalas. El asunto viene de atrás.

19 – INFANTE/INFANTA

En algunos países, el hijo de un rey puede ser infante hasta que sea príncipe, si es que su legislación o tradición no escrita contempla esa posibilidad. Y si es del sexo femenino, sería una infanta. En este país así las llamamos (hemos tenido varias en los últimos años). Dado que el mundo de la aristocracia es bastante refinado en los géneros (duque y duquesa, conde y condesa, barón y baronesa, príncipe y princesa…), y por lo hondo de la tradición, démosle el nihil obstat a que se hable de infantas. Así, claro, no es raro que los elefantes hagan manitas (o trompitas) con las elefantas, de lo que se deduce que los vigilantes del sexo femenino serían vigilantas y un sicofante tendría como compañera a una sicofanta. Ocurre que, según la RAE, el sicofanta o sicofante es como un ser bisexual, gramaticalmente ambiguo: ambos términos valen para un mismo calumniador. Puestos así, mejor no deslizarnos hasta el coloquial pagafantas, porque, si no fuera por los royalties de la Coca Cola, en justicia debería tener un equivalente masculino en el pagafantos o pagafantes. O a lo mejor los que ponen discos en los guateques y pagan rondas aunque no por ello se coman un rosco son igualmente andróginos y por ello despistan a su mercado meta sentimental. Listos los latinoamericanos, que siguen con las mirindas y, por lo que parece, si la próxima edición del panhispánico no me desmiente, aún no existen los que las pagan a todo quisque sin obtener nada a cambio.

20 – PRESIDENTE/PRESIDENTA

Como indicaba antes, refiriéndome a las dependientas y las clientas, también se habla de presidentas y vicepresidentas, pero no todavía, afortunadamente, de gerentas ni de videntas, televidentas, comitentas, cedentas, agentas, comerciantas o endosantas (que serían señoras que hacen circular documentos de giro y no señoras canonizadas que se miran mucho el ombligo). Y, por supuesto, nadie se atreve de momento con lo de fabricantas. Con los cargos ocurre que se ha querido sacralizar el acceso creciente (buena noticia) de las mujeres a puestos de importancia dándoles visibilidad gramatical a sus cargos. De ahí, podemos llegar incluso un día a que las señoras CEO sean CEA, ahora que incluso los emprendedores con chiringuitos de tres personas y el gato se autodenominan CEO y FOUNDER. Con lo elegante y limpio de sexismo que queda el que una mujer sea solo presidente, vicepresidente o gerente. Lo de las presis y vicepresis más vale darlo por perdido, pero… ¿de verdad era necesario?

21 – GOBERNANTE/GOBERNANTA

Con mandatarios sigo, pero en este caso la versión femenina nos lleva a una profesión que ostenta mando pero en un ámbito diferente, por lo que un presidente del gobierno sería un gobernante, mientras que un encargado de hotel o gestión de una residencia o casa debería ser un gobernanta aunque fuera hombre: al fin y al cabo, hay hombres torpes de los que decimos que son unos mantas. Sí, suena extraño, pero en realidad lo del gobernanta no supondría una rareza excepcional si existe el sicofante y también el sicofanta. Pero no ha llegado aún la sangre al río: de momento, las gobernantas campan en sus dominios hoteleros y suelen ser chicas; si son hombres, pues les llamamos encargados o jefes o lo que sea y listos.

22 – INSTITUTRIZ/INSTITUTOR

Vuelvo a la jugada invertida, a la mirada lanzada desde el punto de vista de los varones. Ya sé que las institutrices eran siempre mujeres (como las gobernantas): se trata de una profesión femenina. Pero en estos tiempos afortunados de igualdad creciente entre los sexos, los hombres tienen derecho a entrar también en esos cotos. Un institutor no sería lo mismo que un tutor, un mentor o un coach. Démosle la bienvenida a esta nueva profesión, aunque solo sirva para ambientes arcaicos de lujo, mansión y cortinones, si es que todavía existen.

23 – JEFE/JEFA

Puestos a mencionar otro término impuesto en el uso con su femenino explícito, a pesar de que no hubiera sido necesario crearlo, pocos ejemplos mejores que el de los jefes y las jefas, uno de los más clásicos y genéricos para referirnos a quienes detentan poder. El atenuante puede residir en que se trata de términos usados muchas veces con algo de ironía, humor, retranca… Son palabras queridas en el mundo del habla coloquial y ningún hombre renunciará a llamar jefa a una chica que sea su jefe. El humor, por encima de todo. Lo que pasa es que también puede haber jefas de proyecto, jefas de estación, jefas de negociado… Lo dejo como uno de los ejemplos en los que lo innecesario al final funciona. Porque lo de jefa suena muy bien, aunque solo sea porque nos evoca el término jefatura o porque, como todos sabemos, ellas, cuando se ponen, mandan mucho.

24 – ALGUACIL/ALGUACILA

Este es otro cargo, en este caso de seguridad, que no admite de buen grado el femenino. Si eres alguacila, lo más probable es que, con permiso de Quevedo, acabes siendo una alguacila alguacilada.

25 – JINETE/JINETA

A caballo de un pura sangre en un hipódromo puede haber hombres o mujeres, todos de peso reducido (paja o mosca, como mucho, por hablar en términos de boxeo), y, por tanto, da igual de qué sexo sea el jinete si el objetivo es ganar una carrera. Pero si nos empeñáramos en llamar jinetas a las féminas que practican la monta, más parecería que hablamos de esos mamíferos de cabeza pequeña, cola larga y mullida, con un manto con manchas que semeja el de algunos felinos —algo así como comadrejas orejudas vestidas por Elena Benarroch—, especialmente valerosos cuando tienen que defenderse. También ocurre que la jineta (o gineta) es un modo de monta clásico con estribo corto, rodillas dobladas y tronco tieso (tradicional en cierta caballería militar antigua árabe y española y muy típico ahora en algunos rejoneadores o en la doma), que no es precisamente el que practicaban en la antigüedad las damas embutidas en miriñaques (con las dos piernas hacia el mismo lado), llamado asentadillas.

26 – DEFENSA/DEFENSO

Y ya que estamos en la competición deportiva, qué decir de los guardianes del área en el fútbol: si el central o el lateral son defensas, dada la preponderancia que tienen hasta el momento las ligas masculinas, el mocetón de turno podría demandar que se le considerara defenso, o que solo se le conociera como defensor. Y si nos fuéramos al mundo de la justicia, los defensores de litigantes o acusados también podrían protestar porque se les considerara la defensa sin son un team de varones abogados. Lo mismo ganaban la demanda. En cambio, si avanzamos y nos vamos al mediocentro, en la liga femenina quizá deberíamos referirnos a mujeres mediocentras o varones centrocampistos, o a una mediovolanta, pivota o extrema derecha, momento en el que la cosa ya se nos pone al rojo vivo y mejor lo dejo antes de que alguien dé aquí un golpe de estado o entre en una librería a empujones.

27 – PÚGIL/PÚGILA

En cuanto al boxeo, poco problema tenemos si en el ring hay un boxeador soltándole jabs a otro, o una boxeadora intentando propinarle un crochet a otra. Pero si los llamamos púgiles, ¿qué hacemos si el combate es femenino? ¿Presentar a las contendientes como púgilas? Nos pegan.

28 – PSIQUIATRA/PSIQUIATRO

Si los doctores especializados en el sistema fisiológico específico de las mujeres son obstetras, quizá deberían reivindicar la denominación de obstetros. Y lo mismo podrían hacer los pediatras y ser pediatros. Y, por supuesto, los psiquiatras no deberían continuar con problemas de identidad: lo de psiquiatro encaja menor con un facultativo de pipa y diván. Pero si hay estrés, un viaje a alguna isla es lo más recomendable, para relajar el ánimo y no requerir un aumento de la dosis de pastillas. Chipre, por ejemplo, es un maravilloso destino, un país lleno de chipriotas y chipriotos, y también Croacia, en la que abundan las croatas y los croatos.

29 – ARQUITECTO/ARQUITECTA

Nada que objetar en este caso, pero a mí no me suena bien, a pesar de que el masculino acabe en o y se preste al cambio de sexo. Como tampoco ingeniera. Ni odontóloga. Ni filósofa. Ni bombera, abogada, doctora, ministra o bióloga. Ni administrativa. Ni cirujana. Ni matona, sicaria, vagabunda, empresaria, dictadora o comisaria. Ni payasa. No sé muy bien por qué, pero no uso nunca estos términos en femenino porque no me gustan. Por el contrario, hay algunos cambios de género gramatical en sustantivos que me resultan amables al oído. Socia, por el mismo motivo por el que antes he perdonado a las jefas: el fino humor que, en mayor o menor dosis, hay siempre debajo de estas denominaciones, tan cortas como contundentes. Asesora,  consejera, mediadora o comunicadora porque le van como anillo al dedo a muchas mujeres. Pero también senadora, diputada, directora, organizadora, inspectora, gestora, farmacéutica, pensadora, profesora, maestra, monitora, cuidadora, enfermera, celadora, conductora, mafiosa, agricultora, ganadera, portera (deportiva o de edificio)…, incluso estibadora de puerto (cuando las dejen serlo, que esa es otra). Confieso que en este paquete 29 solo me mueve lo subjetivo. No puedo aportar argumentos, ni siquiera apostados bajo modos retóricos humorísticos. Pero, dejando aparte que si mis hormonas fueran otras pensaría quizá diferente, tal como yo lo veo ahora, de ser mujer, no me gustarían para mí los primeros términos que he citado y sí los segundos.

30 – BOTÁNICO/BOTÁNICA

Tras este número 29, que me ha servido de descanso y también para reconocer que a veces este asunto puede ser un tanto subjetivo, aquí va de nuevo, en ráfagas, una ristra de profesiones que sí ofrece ciertos problemas en la feminización de los términos, y no en este caso por un sonido más o menos discutible, sino por razones de invasión semántica. Además, y eso es lo más preocupante, entre las que cito hay algunas palabras en femenino que son muy utilizadas en la sociedad actual. Comienzo por una profesión vinculada a la biología: la botánica. Si el de botánico es un oficio (dentro de la biología), la botánica es la disciplina. ¿Merece la pena pisar el terreno semántico de esta última con la feminización de la profesión? Por favor, no pisemos las flores.

31 – QUÍMICO/QUÍMICA

Es lo mismo. La química es la disciplina, y debería proteger su significado de invasiones contaminantes. Y por lo mismo, un argumento similar es aplicable a la física, que si además es cuántica aún nos lo podría más difícil: ¿la física cuántica sería un campo de conocimiento especializado o una señora que sabe mucho de partículas elementales?

32 – MÉDICO/MÉDICA

Y más de lo mismo, aunque en este caso no pisamos una disciplina sino un adjetivo imperial. Decir que uno va a la médica es como informar de que uno va a la facultativa o a la sanitaria o a la jurídica. ¡Simply horrible!

33 – TORERO/TORERA

Porque hay más matadores que matadoras, de toros, quiero decir, porque en caso contrario las valientes lidiadoras quizá merecerían su feminización. Pero es que la torera es la chaquetilla del maestro o maestra, y también un modo de salto que supone que uno ignore algo con absoluta cachaza. La silla semántica está, de nuevo, ocupada. Y, por insistir en la tauromaquia, ¿cómo denominar a quienes ayudan a los picadores en su labor durante el tercio de varas o cuando lo preparan?: ¿monosabias o monasabias? Sí, ya sé que probablemente no haya ninguna, pero nunca se sabe cómo será el futuro si el camino a seguir es la igualdad y los animalistas no acaban con la fiesta. O sea, que si las palabras son compuestas, la cosa se pone aún más complicada, y si en la plaza tambièn podemos encontrar a las sobresalientas, si salimos del coso nos toparemos con  un mundo de personajes y personajas: guardaespaldos, guardaboscas, hispanohablantas, caraduros, sabelotodas, sacamuelos, astronautos, testaferras, guardiacivilas

34 – PRESO/PRESA

Un tipo condenado por un delito puede ser un preso o un convicto, y si se trata de una mujer sería una convicta, o sea, una presa, que si se escapa y la atrapa la policía sería una presa apresada, porque habría caído presa en el operativo de persecución como el zorro en una cacería, pero es que como presa además podría tratarse de la egipcia de Asuan, de la china de las Tres Gargantas o de la zaragozana de Mequinenza. Claro que si los presos son reos, las presas serían también reas, lo que estaría bien, no en vano Rea es la madre de todos los dioses, la magna mater, al menos de los griegos, junto a cuya estatua celebran los merengues sus copas, porque Rea es llamada también Cibeles (su nombre frigio), o al menos eso dicen los entendidos.

35 – CARTERO/CARTERA

Hay muchas mujeres que llevan cartas de Correos, pero es mejor que las sigamos llamando carteros. Las carteras son para llevar dinero y documentos, o para encargárselas a ministros y ministras, o a consejeros y consejeras.

36 – PILOTO/PILOTA

Esto pasa porque soy de donde soy, y por ello me imagino que un piloto es quien va al volante de un bólido y una pilota es lo que empujan los delanteros a gol cuando son de lengua catalana. Los de mi tierra pequeña (que lo será si algunos revoltosos nos dejan por fin que siga siéndolo) también comen pilota en Navidad (Nadal), junto a la escudella (sopa amb galets) i la carn d’olla. Puede que en castellano no haya problema, pero la verdad, si a una conductora de automóvil la llamáramos pilota, yo estallaría en carcajadas. Y entrando en boxes, en el pit lane, nos encontraríamos con los mecánicos y también con las mecánicas, que no sabríamos si son las chicas que cambian gomas duras por blandas a velocidad de vértigo, o los intestinos funcionales de los coches, o las disciplinas técnicas que todos los enfundados en monos de colorines deben dominar.

37 – BEDEL/BEDELA

Resulta que existe. Nadie usa el femenino, pero existe: la bedela, que viene a ser lo mismo que la conserja o que la ujiera. Eso en edificios oficiales, porque en los privados quien recibe a los visitantes (y visitantas) tras pasar por la puerta es la recepcionista (o el recepcionisto).

38 – PINCHE/PINCHA

Voy acabando, y lo hago allanando el mundo gastronómico, otro en el que quienes más han cocinado siempre (las mujeres) no son las que más estrellas Michelin ostentan. Vamos a las cocinas y, junto a los que mandan en los fogones, están los aprendices que ayudan, y los pinches que, con permiso de los mejicanos, son quienes asumen las funciones más sencillas en las tareas de crear condumios. Nos faltan, claro, las pinchas, es decir, las aprendizas. En cuanto a los pinchos, estos solo son bocaditos sin sexo clavados con palillos o ensartados en brochetas: una delicia.

39 – CHEF/CHEFA

Me quedo un rato más en las cocinas, pero departiendo con el jefe o jefa, es decir, con el cocinero o cocinera al mando, o sea, con el chef y la… chefa. ¿Que se trata de un galicismo? Sí, como sumiller o sumillera, o gourmet y gourmeta (o quizá gourmetesa), o chófer y chófera (o quien sabe si choferesa)… ¡Vive la France!

40 – MIEMBRO/MIEMBRA

Acabo como empecé. También producto de los últimos años de la ideología de género, lo de la miembra es chocante, y para mí que el asunto deriva de lo mucho que evoca lo de miembra a hembra. Pongamos miembros y mihembras y así ya remachamos la jugada. Claro que eso de mihembra no me acaba de convencer, porque suena a lo que piensan muchos maltratadores posesivos. Resulta complicado el asunto, porque además nos empuja, por afinidad semántica, a hablar de componentes y componentas (que pueden serlo, por ejemplo, de un grupo musical), o de los partos (nada que ver con los que fueron la perdición del divino triunviro Craso) y las partas (que no son primas de las parturientas), por no hablar de las partes de un negocio, que podrían ser también partas. ¿Os imagináis combinar el marxismo con la ideología de género y sentar en una misma mesa a las partas contratantas de la primera parta con las partas contratantas de la segunda parta? Sería memorable.


Si las hembras de la especie reivindican lo suyo y también lo hicieran en justa correspondencia los machos, también podríamos encontrarnos un día, en escritos, diálogos y charlas, terminos chirriantes como los siguientes:

 ATLETA/ATLETO — POLICÍA/POLICÍO —PIRATA/PIRATO — GUARDA/GUARDO — MODELO/MODELA — GUÍA/GUÍO —ESPÍA/ESPÍO — ESTRATEGA/ESTRATEGO —TURISTA/TURISTO —TAXISTA/TAXISTO — CANTANTE/CANTANTA — HOMICIDA/HOMICIDO —PÍVOT/PIVOTA — CAZATALENTOS/CAZATALENTAS — CONSORTE/CONSORTA — REHÉN/REHENA — CÓNYUGE/CÓNYUJA —ARTÍFICE/ARTÍFIZA — CICERONE/CICERONA — CACIQUE/CACICA  — DINOSAURIO/DINOSAURIA…

Y podríamos seguir…

Tan solo han sido algunos ejemplos, diseminados por una lista en la que he optado por el tono bufo para exponer una pequeña muestra del enorme inventario de términos que podrían forzarse si entráramos en una dinámica en la que la ideología de género se impusiera a las reglas de la lengua. Es lo que puede pasar si el billete para este viaje, que nos brindan al hablar con desenfado de jóvenas, portavozas o miembras —sin confesar que se tratara de un lapsus— no lo cancelamos a tiempo.

Como decía, he juntado lo que ya se usa, lo que apunta maneras, lo que pronto podría caernos encima si seguimos en la misma línea y lo que, poniéndonos en plan alarmista (echándole un poco de guasa), sería propio de una distopía lingüística. ¿De verdad parece todo gramática ficción?

Si el criterio de la RAE fuera estricto y mostrara un filtro institucional severo a la hora de aceptar cambios, este post intelectualmente tan disoluto, más cercano a la chirigota que a la reflexión serena, probablemente no tendría sentido. Pero tenemos ya modisto, sastra, jueza, médica, arquitecta, presidenta y muchos términos de la misma índole, con mayor o menor éxito en su uso, bendecidos. Me temo que, pese a su docto criterio, que le reconozco, nada anuncia que la Academia vaya a abandonar a corto plazo su reciente y proverbial gusto por gustar, por parecer moderna y no anquilosada. Dicho de otra manera, la manga ancha exhibida desde hace años por la institución y tendente a sacralizar con excesiva rapidez lo que profiere y prefiere el pueblo me hace temer que muchos de estos términos feminizados sin motivo irán poblando poco a poco nuestro diccionario, porque si la calle los usa, la RAE acudirá presta a consagrarlos. Celebro, de todos modos, que últimamente parezca más remisa a aceptar lo que algunos denominan lenguaje inclusivo. Quizá se haya empezado a dar cuenta del peligro que nos acecha.

Y como hay términos de los que yo he citado que no se usan aunque ya están en el diccionario, si nos ponemos a ello conseguiremos sacarlos de su contenedor normativo/descriptivo y ponerlos a disposición de la calle, igual que se suelta en el bosque a un animal cuidado en un centro zoológico de cría y recuperación. Así, llenamos nuestras ciudades y poblaciones con lo que no se usa y cargamos el diccionario con lo que sí se usa. Jugada redonda.

Por supuesto, es magnífico que se indique en los textos normativos y descriptivos de la RAE que una presidenta ya no es la mujer del presidente (diciéndose que ese sentido está en desuso), pero con eso no basta: algunos términos en su forma feminizada no son recomendables y yo, sin condicionar a nadie, confieso que no los incluiré en mis productos escritos ni en mis mensajes orales, sean o no correctos a criterio de los académicos (sin perjuicio de que, cuando trabaje para clientes que requieran la máxima disciplina normativa en contenidos para su negocio o para sus clientes, la respete en su literalidad).

Atragantándome de balón, como muchos centrocampistas, me he adelantado a aventurar cambios por doquier, y quizá en algún caso haya enviado la bola a las nubes. Solo ha sido una broma, aunque emplatada sobre un sofrito de verdad. Un aviso para navegantes.

Si nos metemos en esta vorágine —y ya llevamos años en que gira el viento sobre sí mismo y nos empieza a manchar y salpicar—, sálvese quien pueda: no habrá sitio en el mercado creativo, editorial y mediático más que para los integrados, y los rebeldes, señalados como apocalípticos o retrógrados, deberemos crear nuestro mundo paralelo. Por ello, recomiendo marcar de cerca a los miembros y a las miembras, y a los portavozos y a las portavozas de este proyecto de espíritu ideológico tan poco lingüístico para que no pasen de su campo: marcaje al hombre, marcaje en zona o marcaje en la modalidad que se tercie. Y si no es suficiente, pues placaje.

La segunda parte de esta reflexión incide en los usos para los que debe regir un diccionario, algo también polémico y candente: la dejo para una próxima entrada.