Errores habituales en la comunicación política (3): personales

Cierro con esta entrada la lista de errores que habitualmente se cometen en la comunicación política.

En las dos entradas anteriores has podido ver unos cuantos ejemplos:

En esta tercera dosis no me fijo en fallos, desaciertos, renuncios, equivocaciones… que directamente pueden tener efectos negativos cuando se incurre en ellos, sino en ciertos usos, modos, estilos, actitudes, costumbres, preferencias… que, cuando se acumulan, suelen ir raspa de pescadogenerando opiniones no favorables.

Algunos comportamientos y decisiones que verás aquí comparten rasgos y elementos con otros ya expuestos en esas dos entradas anteriores, pero allí se trataba de faltas, yerros, deslices, malas decisiones, ejecuciones deficientes y otros desaciertos que en el mismo momento en el que se cometen pueden calificarse como errores y producen ya sus consecuencias negativas.

Aquí, en cambio, bien porque una actuación o decisión choca con otra anterior, bien porque se crea un patrón o estilo áspero, desabrido, insípido o detonante a partir de la repetición o combinación de ciertas acciones, reacciones, actitudes o elecciones, aumenta el riesgo de que la ciudadanía se vaya forjando una consideración negativa sobre los personajes de la política implicados, e incluso, en los peores casos, de que su credibilidad y atractivo queden reducidos a raspas.

Errores personales

Son los factores que desgastan paulatinamente el perfil de quienes actúan en la vida política.

Como indicaba, son desaciertos que no se asocian a un acto, intervención, actuación, lugar o momento concreto —incluso aunque se produzcan en estos—, sino que se van apreciando, día a día, en el pensamiento y el proceder de quienes actúan en la vida política, lo que puede ir erosionando la imagen inicialmente positiva o neutra que de ellos tuvieran los ciudadanos.

Aunque algunos no sean estrictamente muestras de comunicación del político sino comportamientos o circunstancias de algunas de sus actuaciones u omisiones, su eco en los medios suele generar un hilo comunicativo determinante en que se altere la consideración sobre el personaje. La imagen de solvencia y fiabilidad en el proceder también es comunicación, y por ello estos desaciertos deberían tenerse también muy en cuenta en un buen análisis preventivo de errores de comunicación política.

Muestras de incoherencia y falta de credibilidad

En este grupo incluyo informaciones que se van conociendo sobre los cargos, representantes y candidatos, reacciones de estos ante esas noticias y decisiones y declaraciones discutibles que evidencian contradicciones groseras o mutaciones inexplicables, todo ello referido tanto a la vida privada del político como a la interna de partido.

Algunos de estos signos con un alto potencial de valoración negativa pueden salir a la luz pública en momentos preelectorales o en la inmediatez de los comicios, mientras que otros aparecen de modo más discreto, van ganando eco con el tiempo o por la reiteración y se van así coleccionando a lo largo de los mandatos y legislaturas. La información en los medios es el canal principal por el que fluye esa crónica continua que va dibujando nuevos perfiles de los personajes.

Aquí solo cito ciertos rasgos de comportamiento. No incluyo (porque van en otros grupos que se ven a continuación) ejemplos de errores que pueden configurar también el perfil público de un político por mostrar actitudes negativas en la relación con otras personas, manifestar escasa cualificación o incidir directamente en su imagen externa.

  • Frecuentar compañías discutibles en la vida privada y no dar explicaciones convincentes de ello.
  • Mantener esqueletos en el armario que no conoce ningún compañero ni asesor (que son bombas de relojería con el cronómetro funcionando).
  • Sostener relatos deficientemente armados sobre polémicas del pasado o actuar de modo confuso sobre estas, ni desmintièndolas ni matizándolas.
  • No justificar cambios repentinos de opinión sobre asuntos candentes.
  • No explicar de modo convincente la evolución en ciertas posiciones políticas, cuando se opina algo radicalmente contrario de lo que antes se sostenía.
  • Cambiar de partido de modo sorpresivo o en momentos cruciales (como los electorales), dando una imagen de falta de lealtad, escasa solidez ideológica y desahogo oportunista.
  • Afear a los adversarios políticos conductas en las que el denunciante también incurre o incurrió en el pasado.
  • Erigirse en adalid de la limpieza, la ética y la regeneración y después caer también en comportamientos reprobables como los criticados.
  • Actuar en política en aparente tándem con alguien muy allegado (cónyuge, pareja, novio o novia, hijo, padre, cuñado…).
  • Presentarse como promotor y garante de la democracia interna en el partido, y de su funcionamiento libre, e instalar luego cúpulas cerradas y autoritarias y funcionamientos verticales en la organización.
  • Práctica ocasional de purgas en la organización, sorpresivas y no justificadas como puntos de inflexión lógicos tras congresos de partido.
  • Evidenciar que en la organización el dirigente solo hace caso a los más leales y no escucha las críticas de otros compañeros o de la militancia.
  • Criticar las compras de ciertos bienes lujosos o innecesarios que realizan los oponentes o persoanajes notablñes de la vida política o económica y empresarial y posteriormente acabar consumiendo el mismo tipo de productos.
  • Satanizar a los ricos y dudar de ellos y de su patrimonio como si fuera seguro que cometieron delitos para conseguirlo.
  • Criticar donaciones de personajes odiados y celebrar las efectuadas por otros bien considerados por ser más afines ideológicamente.
  • Adquirir bienes patrimoniales o vehículos suntuosos que chocan con un anterior o presente discurso asentado en la lucha de clases o el choque con castas.
  • Cambiar de barrio de uno modesto a otro económicamente puntero tras haber criticado a los políticos que viven con los ricos, alejados del pueblo.
  • Hacer críticas a la empresa capitalista o la economía de mercado cuando uno se nutre sin miramientos de productos fabricados por esta.
  • Excusarse en la culpa in vigilando ante casos de corrupción en los cargos nombrados sin que parezca que ese desacierto deba tener efecto alguno.
  • Dar la sensación de que se critica algo solo porque lo defiende el oponente o es una medida implantada por este.
  • Criticar corrupciones ajenas cuando el acusador incurre también en corruptelas (empleados no dados de alta en la SS, impagos a Hacienda, compras con parte del precio en negro, operaciones inmobiliarias irregulares, dinero en paraísos fiscales…).
  • Exigir dimisiones a los demás pero no a los del propio partido, por los mismos motivos, mostrado una doble vara de medir.
  • Sermonear a la ciudadanía sobre la necesidad de contribuir al ahorro enegético y a la lucha contra la contaminación y el cambio climático y a pesar de ello utilizar sin timidez vehículos altamente contaminantes.
  • Utilizar medios de transporte costosos ((aviones, helicópteros…) para la acción política cuando no está justificado por la distancia, la urgencia o la seguridad.
  • Utilizar vehículos oficiales para traslados dentro de la vida de partido o la privada.
  • Aprovechar viajes oficiales para que familiares y amigos disfruten gratis de esos desplazamientos, con excusas poco razonables…

Signos de baja cualificación

Aquí encajan los ejemplos de insuficiencias en el desempeño que pueden ir alterando la opinión de los ciudadanos sobre la competencia de los políticos. No se trata de que el cargo, representante o candidato no llegue a la excelencia en su actuación como orador, analista, técnico, gestor o director de equipos, sino de que, a partir de sus declaraciones y actuaciones en público, se intuyan carencias preocupantes.

  • Mostrar escasez de conocimientos técnicos en economía, derecho u otras disciplinas, cuando se asumen responsabilidades que las requieren o se aspira a ostentarlas.
  • Hablar un solo idioma y no entender ni lo básico en otros (inglés, francés, alguno de los cooficiales…).
  • Ser muy repetitivo y machacón en las respuestas, demostrando escasa habilidad dialéctica.
  • Tira de consignas sin exponer nunca opiniones propias singulares, personales e intransferibles, perdiendo la ocasión de transmitir que el político es un individuo con criterio propio.
  • Tratar de parecer culto sin serlo, si esa impostura empieza a notarse.
  • Denotar que todos los comentarios de tipo cultural o técnico que se realizan suelen nacer de la consulta funcional reciente de sitios en la red y no de una base de conocimientos adquiridos (la dependencia de los apuntes rápidos para salir del paso suele notarse).
  • Sostener a menudo posiciones arriesgadas sin dedicar un especial cuidado a argumentarlas.
  • Ser incapaz de improvisar ante micrófonos y cámaras.
  • Tener dificultades para contestar con solvencia (o, cuando menos, dignidad) a preguntas inesperadas.
  • Dar argumentos superficiales y genéricos cuando de lo que se trata es de aportar matices técnicos.
  • Pontificar sobre temas complejos, en favor o en contra, sin buenos argumentos (cambio climático, leyes de igualdad, seguridad, política exterior, energía nuclear…).
  • Utilizar la expresión tópica no es lo mismo o no es lo que parece sin acompañarla de una buena explicación que dé valor a la excusa.
  • Uso excesivo de frases hechas del mundo político (a la manera de lo que ocurre el ámbito deportivo).
  • Tratar de discursear sin papeles ni guiones cuando no se es capaz de mantener un mínimo de orden en la exposición de ideas y de no incurrir en repeticiones.
  • Ser incapaz de pronunciar discursos cortos sin papeles.
  • Perder el hilo en las explicaciones o irse por las ramas sin que nadie haya interrumpido el discurso…

Actitudes negativas

Los ejemplos de esta lista muestran modos de relación y de reacción que no transmiten buenas vibraciones.

  • Ser muy esquivo con periodistas.
  • Ser muy esquivo con la gente que saluda por la calle o pide fotos o autógrafos.
  • Negar hechos que inmediatamente van a ser corroborados.
  • Aceptar solo los hechos que van saliendo a la luz, negando otros rumoreados o ya conocidos por el señalado, sin reparar en que si se publicaron unos, muy probablemente los medios publiquen los otros en pocos días.
  • No detonar por propia iniciativa los scoops periodísticos antes de que salten, si hay indicios de que algo ya está al caer (datos, fotos o vídeos).
  • Mostrarse demasiado solícito con quien en ese momento acaba de tener un éxito en el propio partido, dando la sensación de que se va en auxilio del ganador.
  • Distanciarse de compañeros que viven horas bajas cuando hasta hace poco se contaba con ellos o incluso eran estrechos colaboradores.
  • Dejarse ver en momentos privados de ocio en situaciones poco presentables (con copas de más, discutiendo acaloradamente, perdiendo los papeles, cantando o bailando mal…).
  • Mostrarse demasiado agresivo y ordinario en la grada de competiciones deportivas.
  • Ser sorprendido en fuertes discursiones famiilares o de pareja.
  • Utilizar a menudo un lenguaje tosco y grosero (palabrotas, expresiones malsonantes, comparaciones exageradas…)
  • Dejarse ver en púbico amonestando a empleados, colaboradores, chóferes…
  • Dejar a menudo el vehículo propio u oficial en doble fila, aparcado frente a vados o en otros espacios no permitidos.
  • Enfrentarse a la autoridad policial ante multas o amonestaciones, especialmente si se utiliza el consabido usted no sabe con quién está hablando.
  • Iniciar trifulcas con periodistas gráficos que pretenden hacer fotos.
  • Hablar por teléfono móvil en la calle discutiendo acaloradamente y braceando en exceso.
  • Hablar de política cuando los periodistas se encuentran con un candidato en momentos de la vida privada.
  • Aprovechar días electorales o de reflexión para hacer campaña.
  • Repetir sistemáticamente acciones, dichos o momentos del pasado que tuvieron gracia por ser improvisados (bailes, canciones, chistes, gestos, frases…).
  • No acudir nunca a ciertos programas o medios, sin justificación.
  • Aparecer en todo tipo de medios y programas de manera abusiva.
  • No aceptar nunca las invitaciones de oponentes para un encuentro, sin motivo justificado, a pesar de que dialogar no implica negociar.
  • Devorar las oportunidades de salir en los medios de otros compañeros de partido a los que les tocaría también tener un merecido protagonismo.
  • Desaparecer de escena más allá de lo que tácticamente pueda ser razonable, dando muestras de egocentrismo silencioso.
  • Hablar en exceso de uno mismo, dando muestras de egotismo.
  • Hablar de modo pedante sin el lubricante del sentido del humor.
  • No mostrar nunca sentido del humor, ni sintonizar con el que exhiben los demás.
  • No dar a conocer nunca públicamente costumbres y aficiones.
  • No dejarse ver nunca en momentos privados (bares, restaurantes, cines, teatros, recitales…), prescindiendo de esa parte humana que, como todo el mundo, también se presume que ha de tener un político.
  • No romper nunca el personaje: dar a conocer debilidades y defectos leves, marcar bien estilos comunicativos propios, bromear sobre uno mismo, ironizar, recordar anécdotas que supusieron chascos o metidas de pata

Desaciertos en la imagen

En este último grupo se incluyen desaciertos estéticos (o, al menos, decisiones sobre la propia imagen física que pueden entrañar riesgo en determinados casos) y algunos vicios comunicativos que son leves pero afean el discurso.

Como también comenté a propósito de las muestras de incoherencia y falta de credibilidad, aunque hay errores que no son estrictamente comunicación, desde que se impusieron los medios de comunicación de masas todo lo que se expone en público genera opiniones y activa críticas, burlas e hilos de conversación en los que las exigencias de comunicación acaban imponiendo su ley. Y ahora, con los medios sociales y la competencia por el clic digital, ese riesgo vive su momento de mayor esplendor.

  • Llevar de modo habitual ropa demasiado estrecha o demasiado ancha.
  • Llevar cuellos de camisas demasiado grandes y duros, o que sobresalgan en exceso de las solapas de las chaquetas creando una imagen de rigidez.
  • No elegir bien los cuellos de las camisas cuando se llevan sin corbata y con el primer botón desabrochado (lo que evita una imagen desaliñada).
  • Elegir broches exagerados, corbatas, pañuelos o echarpes chillones u otros complementos estrambóticos, salvo que ese perfil excéntrico sea el buscado y se gestione adecuadamente.
  • No quitarse jamás los vaqueros de color índigo, como si no hubiera vida más allá de los jeans.
  • Utilizar en actos políticos, incluso de fin de semana, ropa de moda en exceso informal (tejanos cortados o con agujeros, pantalones cortos, camisetas con imágenes, gorras que representan nada procedente…).
  • Considerar la camiseta una prenda política (salvo que se actúe en partidos de extrema izquierda y no se busque ampliar el electorado).
  • No aparecer nunca con vestimentas distintas, adecuadas para los distintos sitios y momentos.
  • Recibir o visitar a mandatarios extranjeros con ropa que no se adecue mínimamente al tono y estilo del visitante o anfitrión (sin imitarle).
  • Usar siempre ropa o complementos del mismo color, mostrando una escasa versatilidad cromática calificable como sosería.
  • Elegir combinados de colores imposibles en las prendas, dando una imagen detonante que exceda de la excentricidad razonablemente buscada.
  • Vestir de modo inadecuado, demasiado deportivo o incluso desastrado, en actos solemnes o institucionales.
  • Vestir demasiado serio en eventos o encuentros distendidos que requieren líneas más relajadas.
  • Llevar ropa desastrada incluso en momentosde la vida privada: gorras ridículas o con la visera sobre la nuca, pantalones cortos exageradamente anchos, chándales poco elegantes, camisetas por fuera delasado largas…
  • Dejarse ver mascando chicle en momentos que no sean estrictamente privados (especialmente si se hace abriendo la boca).
  • Caer en robados de vídeo que muestran como el político se toca o rasca ciertas partes del cuerpo —ingles, axilas, orejas, fosas nasales…— de modo poco elegante.
  • Abusar de cosméticos y maquillajes (especialmente, de ojos y labios).
  • Presentarse con el pelo enredado o mal recogido, con aspecto de no haber sido lavado.
  • Presentarse sin afeitar, sin que parezca aún que se trata de una deliberada barba de tres o cuatro días.
  • No sonreír nunca, ni siquiera en momentos distendidos.
  • Sonreír demasiado, incluso en momentos que requerirían cierta contención y sobriedad.
  • Tener una dicción deficiente, de modo que algunas partes de las frases no se oigan o entiendan.
  • Hablar demasiado deprisa, comerse palabras de las frases o encadenar frases sin terminarlas.
  • Hablar con escaso volumen o en un tono muy apagado.
  • Recurrir en el discurso de modo repetitivo y cansino a latiguillos y muletillas como vale, la verdad es que, pues, ¡eh!, pues bueno, efectivamente, como ya dije, sabes, verdad, total, entiendes, o sea, es como si, como muy, como es sabido

Alambre de espinoSi parece un error, suena como un error y…

La lista completa que he presentado a caballo de tres posts es algo más que una lluvia de ejemplos y mucho menos que una clasificación refinada.

El propósito era modesto: transmitir —como colofón a las reflexiones de las cuatro entradas publicadas antes de estas tres— que la comunicación es una faceta de la actividad política muy exigente en la que sus protagonistas se la juegan cada día.

En la transmisión del mensaje político, en la explicación de planes, acciones y resultados a la ciudadanía, sufrir rasguños es algo que no solo le sucede a los poco cualificados.

He creído que la mejor manera de reflejarlo era dar un rápido repaso a ciertos errores que son fácilmente apreciables por cualquier observador medio de la gestión pública.

En futuros posts examinaré con mayor detalle las causas e incidencias de algunos de ellos y los modos de evitarlos.

Pero… ¿quiénes son esos protagonistas que se la juegan?

Como ya he venido diciendo en anteriores posts, en nuestro país lo son:


  • El presidente del Gobierno de España.
  • Los presidentes de los Gobiernos autonómicos.
  • Los ministros del Gobierno estatal y los consejeros de los Gobiernos autonómicos.
  • Los diputados del Congreso y los senadores (incluyendo, en especial, a los miembros de las mesas y las comisiones y a los portavoces de los grupos parlamentarios).
  • Los cargos técnicos de segundo y tercer nivel del Gobierno estatal y de los Gobiernos autonómicos.
  • Los diputados de los parlamentos automómicos (e, igualmente, los miembros de sus mesas y comisiones).
  • Los alcaldes, vicealcaldes (o tenientes de alcalde) y concejales (de gobierno o simplemente electos).
  • Los cargos principales de diputaciones y cabildos.
  • El presidente, secretario general o coordinador general de cada partido político (mando ejecutivo máximo), y los miembros principales de las ejecutivas.
  • Los portavoces (de partido, no parlamentarios) de los grupos políticos.
  • Los candidatos situados en listas en los procesos electorales con alguna probabilidad de conseguir escaño y cierto protagonismo en las campañas.
  • Las personas que están en los rumores de los medios como posibles candidatos a ocupar puestos políticos que están vacantes o van a experimentar cambios de titularidad.
  • Las propias formaciones políticas (partidos y coaliciones), en la medida en que hay declaraciones y posiciones que son asociables a esos movimientos y no solo a las personas que dentro de estos las realizan y propician.

¿Hay más protagonistas en esta procelosa vida pública (sin contar a los periodistas, por supuesto)?

Pues, estirando un poco más la lista (aunque nos salgamos de la acción política propiamente dicha), podríamos añadir a los dirigentes de sindicatos y patronales, los portavoces de organismos y asociaciones judiciales y los presidentes o portavoces de algunas asociaciones que, sin ser estrictamente lobbies, tratan de influir en la política reivindicando reformas y cambios.

La lista incluye, como has podido ver, una auténtica macedonia de errores potenciales de distinta naturaleza: de preparación, de estrategia, de performance en medios…, pero también de actitud, competencia, comportamiento, estética…, desligados de momentos y lugares, pero con un cierto, a veces notable potencial para propiciar el deterioro gradual de la imagen y el perfil de un político.

Llegados a este punto, resulta obligado formular una pregunta: ¿Todos esos errores son siempre errores?

O dicho de otra manera: ¿Podemos decir que en política cuando algo parece un error, se desliza como un error y suena como un error, lo más probable es que sea un error?

Un cisne nada por un lago

Pues sucede como con los patos. Como lo que nos invita a pensar el dicho con que inicié el primer post de esta serie, ese que muchos atribuyen al anchorman Walter Cronkite, aunque él no lo inventó, porque ya en el XIX era una expresión acuñada y pronunciada.

O sea: no habrá seguridad absoluta, pero lo más probable es que sea un pato. O sea, en este caso, un error. Siempre que entendamos que eso del pato incluye a muchos tipos de patos con rasgos diferentes, y a los gansos y los cisnes, que no son patos pero tienen picos, andares y sonidos que se parecen mucho a los de los patos.

Es decir, que, si discriminamos, si nos ponemos cultos, si no nos gusta llamar pato a un ganso ni a un cisne y no nos basta con decir pato sin dejar clara la especie, pues entonces la cosa se complica.

Y es que hay errores de muchos tipos, algunos con probables efectos negativos de consideración, otros con impactos posibles poco relevantes y algunos que incluso acabarán mutando en aciertos y oportunidades. Aun siendo errores. O porque en realidad, a pesar de la apariencia, no lo son. A pesar del pico, del andar y del nadar, resulta a veces que los que parecen patos no son patos. Aunque algunos lo parezcan hasta que crecen.

Si miramos la foto, ese paisaje a contraluz con un sugestivo skyline de árboles en el horizonte —que en cierto modo parece un espectro de sonido, pero yo diría que es una hilera de cipreses—, probablemente pensemos que es una bonita instantánea de un cisne nadando en una laguna. O acaso sea un río. Pero si alguien nos dijera que es una toma lejana de un lago y que este tenebroso charco es escocés, quizá nos diera un escalofrío y por un momento pensáramos que…

Sin irnos al territorio de la fantasía, el contraluz no nos deja ver claro si de verdad se trata de un cisne, y si lo es, de qué especie. Podría ser un cisne común, uno negro de pico rojo, uno blanco de cuello negro, uno trompetero, uno ártico, uno cantor… Pero también podría tratarse de una coscoroba, o de una barnacia hawaiana, o de un ganso espolonado… Por la forma, integrando el reflejo, podríamos pensar incluso en una flor de bulbo (tipo tulipán).

Lo que apreciamos puede parecernos algo, pero no siempre tendremos información completa con un rápido vistazo para determinar lo que es con precisión y, consecuentemente, prever sus riesgos y consecuencias. Eso mismo sucede con los errores. Se impone siempre examinarlos y analizarlos con detenimiento y, si es posible, con luz favorable.

Yo he listado unos cuantos, que son potenciales, o lo que es lo mismo, que no siempre tendrán consecuencias de la misma entidad.

  • De algunos derivarán efectos muy negativos, a veces devastadores.
  • Otros podrán conllevarse perfectamente: serán percances leves.
  • Los habrá que no tendrán ningún impacto negativo: pasarán inadvertidos y, sorprendentemente, no germinará su potencial de causar incomodidad o provocar estragos.
  • Algunos, en ocasiones, podrán servir de base para habilitar mensajes o acciones que reporten beneficios, si se es hábil en la detección de oportunidades y el giro de ideas y situaciones (una de las especialidades de los spin doctors).
  • Y, por último, en ciertos casos, se producirán desaciertos aparentes que por sí mismos se revelarán como aciertos: esos pollitos con aspecto de pato destinados por la naturaleza a convertirse en elegantes cisnes.

En comunicación política es importante:

  • PREVENIR ERRORES.
  • DETECTAR LOS ERRORES APARENTES COMETIDOS.
  • IDENTIFICAR LOS ERRORES QUE PROBABLEMENTE ORIGINARÁN ALGÚN EFECTO NEGATIVO.
  • TRATAR DE IDENTIFICAR LOS ERRORES QUE NO TENDRÁN IMPACTO.
  • IDENTIFICAR LOS ERRORES QUE INCLUYEN OPORTUNIDADES PARA HABILITAR PERCEPCIONES POSITIVAS.
  • IDENTIFICAR LOS ERRORES QUE SON SOLO APARENTES, QUE SUPONEN EN REALIDAD AVANCES POSITIVOS SIN NECESIDAD DE GIRO O REENFOQUE.
  • DESCRIBIR LAS POSIBLES CONSECUENCIAS DE LOS ERRORES QUE PROBABLEMENTE TENDRÁN ALGÚN IMPACTO NEGATIVO.
  • VALORAR LA RELEVANCIA DE CADA UNA DE ESAS POSIBLES CONSECUENCIAS NEGATIVAS.
  • ACTIVAR MODOS DE NEUTRALIZAR LOS EFECTOS NEGATIVOS DE LOS ERRORES.
  • ACTIVAR PREVENCIONES PARA NO VOLVER A COMETER LOS MISMOS ERRORES.
  • ACTIVAR MODOS DE APROVECHAR LAS OPORTUNIDADES POSITIVAS QUE ALBERGAN ALGUNOS ERRORES (A PARTIR DE GIROS Y REENFOQUES).

Con este plan de acción, que compete al político, a su partido o movimiento y a los gabinetes de comunicación y equipos de asesores de campaña, queda claro que no basta con identificar patos. Hay picos y picos, cuellos y cuellos, andares y andares, nadares y nadares, sonidos y sonidos… y de nada servirá que nos pongamos perezosos en la identificación.

Ninguna carrera política entrará en barrena por ejecutar mal el nudo de una corbata o por llevar un reloj más caro de la cuenta; una sola contradicción o un cambio demasiado repentino de opinión no tumbará los planes de un candidato, y un día aciago en un debate no tirará por tierra todos los esfuerzos de un equipo de campaña.

ornitorrincoPero no nos engañemos: a veces una decisión, una acción o un mensaje pueden lastrar un objetivo político, machacar la imagen de un político y dinamitar un futuro político. O al menos poner todo más difícil.

Un tuit impertinente, una compra equivocada, un aspecto desastrado, una contradicción fragrante, compañías inadecuadas, hechos del pasado no aclarados, una pifia en un debate, una actitud poco presentable, una incultura evidente, un desliz en la vida privada o un comportamiento muy antipático pueden suponer miles de votos perdidos, un fracaso electoral y una ristra de cargos fuera de alcance.

En política, hay que identificar muy bien al pato. Especialmente si no lo es. Porque podría ser un ornitorrinco. Parece un pato y tiene pico de pato, pero no es un pato. Y además es venenoso.


When I see a bird that walks like a duck and swims like a duck and quacks like a duck, I call that bird a duck.


pato comúnTengo que reconocer que esta frase —que me he tomado la creo que inocente libertad de utilizar y retorcer para dar un poco de chispa a este post—, fuera quien fuera su autor original, es una sentencia magnífica. Si lo fue el poeta estadounidense James Whitcomb Riley (que vivió a caballo de los siglos XIX y XX), como se sostiene actualmente, pues tuvo uno de esos arranques de lucidez y sentido del humor que se revelan memorables. Y si ya se utilizaba en el siglo XVIII, como afirman otros, pues su éxito fue acuñarla.

Actualmente, se utiliza la frase con profusión (casi siempre retocada) en el mundo del periodismo y el análisis político, e incluso se ha recurrido a esa idea para inspirar ciertos criterios de programación informática (el duck typing).

Sobre este de la foto no hay ninguna duda: es un pato. Un brindis por el autor.