Continúo en esta entrada enumerando errores que suelen cometerse en la comunicación política, completando un pooc más la lista iniciada en el anterior post: Errores habituales en la comunicación política (1): de estrategia y preparación .
En esa primera dosis puedes encontrar ejemplos de fallos que suelen provenir de actuaciones u omisiones del equipo de campaña o del gabinete (entendiendo integrado en estos al propio político como sujeto que toma decisiones dentro de una planificación estratégica o un diseño de tácticas y acciones).
Ahora vamos a ver algunos ejemplos más de equivocaciones que pueden afectar a su imagen (e, indirectamente, a la de su partido) y deteriorar la percepción que la ciudadanía tenga sobre su solvencia política, pensando en las responsabilidades ya asumidas para las que opta a una reelección o en aquellas para las que presenta una primera candidatura.
En concreto, en esta segunda parte presento una muestra de fallos que puede cometer el propio candidato, cargo o representante en diferentes ESCENARIOS en los que está obligado a exponerse (televisión, radio, parlamentos, actos, prensa, zonas urbanas…), cuando pone en juego sus habilidades y debe pechar con sus limitaciones. Pueden suponer una desatención querida o involuntaria a recomendaciones de asesores y gabinetes, pero otras veces nacen de las propias decisiones, estilos y modos de actuación del político.
En cuanto a la próxima entrada —Errores habituales en la comunicación política (3): personales—, culmina la lista de desaciertos con algunos que pueden producirse en el día a día del DESEMPEÑO PERSONAL del político, no ligados a un plan, programación o actuación formal.
Todos los ejemplos que podrás repasar en estas dos entradas, junto con los expuestos en la anterior entrada, componen un conjunto heterogéneo de desaciertos: estilos arriesgados, reacciones inadecuadas, gestos que no proceden, omisiones que impiden ganar metros, actuaciones que revelan debilidades, prioridades o discriminaciones que pueden salir caras, rutinas que aburren, vestimentas mal elegidas…
Por supuesto, como ya he comentado, se trata de una lista abierta que solo contiene algunos errores de los posibles, pero creo que a pesar de ello es bastante representativa.
Errores en los escenarios
En esta categoría incluyo desaciertos en los que el político puede incurrir cuando protagoniza una acción comunicativa pública en cualquiera de los escenarios que requieren su presencia durante sus mandatos y campañas: prensa, programas de televisión y radio, actos públicos de partido o institucionales, comunicaciones oficiales gubernativas o de partido, sesiones de parlamentos, comisiones…
Aunque algunos de estos fallos pueden derivar de decisiones de gabinetes o equipos de campaña, en otras muchas se deberán al propio estilo verbal del político, a sus preferencias a la hora de manejar su personaje, a sus mayores o menores habilidades comunicativas y a su modo de entender y gestionar el momento, con todo el estrés que conlleva.
Como verás, son errores que también presentan rasgos muy diversos y pueden producir efectos negativos distintos, pero que tienen un denominador común: lo que provoca el desacierto es que el político deba lidiar con un reto comunicativo en público en cuya forma no puede influir al ciento por ciento.
Esta vendrá dada en alguna medida por unas reglas de funcionamiento (la parte escrita o pactada, o unos usos impuestos en la profesión) y por unas expectativas de comportamiento que no constan en ninguna parte pero vienen exigidas social y mediáticamente por los espectadores, oyentes o asistentes, y por los críticos y analistas que burbujean en la prensa tradicional y digital y en los múltiples programas influyentes que tratan de modo directo o indirecto de la política.
El riesgo de no hacerlo bien, de incurrir en renuncios, descuidos, deslices, lapsus, contradicciones, incoherencias, imprecisiones, sobreactuaciones, torpezas… o de mostrar escasez de personalidad, debilidad técnica, fragilidad doctrinal, mala memoria, carencias críticas, flaquezas de ánimo, rumbos erráticos, falta de arrojo, incapacidad para monitorizar el avance del acto… siempre existirá en un escenario público de exposición o confrontación, y por eso conviene siempre pensarlo bien y prepararse a conciencia antes de zambullirse en aguas desconocidas que puedan resultar turbias y deparar alguna que otra mordedura.
Es lo mismo que le ocurre a esos dos dubitativos gansos del Nilo de la foto, algo entendible si el cauce de ese río está muy lejos de Egipto, Sudán, Etiopía y Uganda, como sin duda preferirían sus genes. Seguro que preferirían nadar entre cocodrilos e hipopótamos, peligrosos pero conocidos, que arriesgarse a chapotear cerca de lampreas, pirañas, siluros y tiburones de agua dulce.
En sesiones parlamentarias
Son desaciertos cometidos en las intervenciones en plenos de los parlamentos estatales o autonómicos, o en reuniones o asambleas municipales, o en comisiones de trabajo o de investigación en esas instituciones, .
- Leer los discursos iniciales en los debates sin apenas levantar la vista de los papeles.
- Dar la sensación de que ni siquiera se había leído una vez completa y con atención el texto que ahora se lee.
- Lanzar réplicas en debates, limitándose a leer textos que parecen escritos antes de los debates.
- Pronunciar réplicas en debates que aunque no parezcan leídas, no incorporen algunas alusiones concretas a los comentarios que el oponente ha realizado hace unos minutos.
- Prescindir de tropos retóricos en las intervenciones (debates y comparecencias), lo que da discursos planos, sin gancho.
- Abusar sin descanso de la ironía, la mordacidad y el sarcasmo, todo ello muy útil si se dosifica a lo largo de un discurso.
- Abusar de datos numéricos y de estadísticas, lo que da lugar a discursos farragosos para espectadores, asistentes e incluso compañeros de partido.
- Prescindir de datos cuando se tercia hablar de ellos en intervenciones que deberían ser muy técnicas.
- Ser demasiado tibio o ardoroso en la defensa de posiciones propias ya conocidas.
- Empezar los discursos en tono demasiado alto e in crescendo, matando ya la gradualidad que debería permitir ir acentuando algunos mensajes.
- Mostrar excesiva contundencia durante demasiado tiempo, haciendo que todo el discurso parezca un momento punta.
- Resultar anodino durante los primeros minutos de un discurso, que son los que deberían enganchar a la audiencia.
- No mirar nunca a los parlamentarios o mirar solo a los de una zona del hemiciclo o salón de plenos, transmitiendo una sensación de parcialidad o de miedo.
- Lanzar en racimo demasiadas preguntas al oponente de un debate, aplastando las cruciales, ya que este podrá así seleccionar las que le interesen e ignorar las más peliagudas.
- Enterrar los puntos clave de una crítica en un mar de comentarios de interés secundario.
- Repetir ideas en las intervenciones, mostrando no solo descontrol sobre la longitud de un discurso, sino también escasez de inventiva, pobreza de análisis y exceso de autocomplacencia.
- Convertir intervenciones en las que debe predominar la interrogación a un investigado, o potencialmente reprobado, en discursos ideológicos, soflamas o tomas de posición de partido o de segmento ideológico, lo que permite que el compareciente se vaya de rositas.
- Abusar de la diferencia de respuesta inicial ante intervenciones (alabando en exceso el tono y talante de los oponentes que se muestran sumisos o partidarios y deplorando lo incisivo de los demás), lo que demuestra poco entendimiento de estos formatos, que existen precisamente para que se admita la crítica sin complejos.
- Lanzar acusaciones al oponente de aquello que es precisamente percibido por la ciudadanía como punto débil muy representativo de quien las formula…
En ruedas de prensa
En este grupo enumero algunos errores que pueden cometerse en el desarrollo de las comparecencias que se llevan a cabo ante periodistas para informar sobre decisiones o valoraciones.
Puede tratarse bien de las ruedas de prensa que convocan los gobiernos periódicamente para dar cuenta de las novedades de su actividad, bien de las extraordinarias que les sirven para presentar tomas de posición cuando hay noticias importantes que lo requieren, pero también de las informaciones que cada semana, o cuando la actualidad lo requiere, brindan a los medios los partidos políticos a través sus portavoces, describiendo su actividad y escenificando reacciones ante las acciones y medidas de los adversarios (gobiernos u oposición).
- No permitir preguntas de los periodistas salvo que se trate de comunicados en momentos especiales y se prevea una rueda de prensa ese mismo día o al día siguiente.
- Permitir preguntas solo a los periodistas con los que se tiene una relación más cercana o que trabajen en medios más afines.
- Aceptar preguntas casi siempre de los mismos periodistas (sean o no los más afines), relegando a otros.
- Contestar de manera lacónica a varias preguntas seguidas, mostrando tono bajo o desinterés.
- Iniciar respuestas sin saber bien lo que se va decir.
- No aplazar respuestas cuando no se tiene clara la idea que debe centrarlas o el asunto requeriría más información (ya que no sucede nada si en ocasiones se confiesa la necesidad de contar con más datos).
- Elaborar respuestas incomprensibles.
- Lanzarse a responder a preguntas sobre noticias que han saltado durante la misma rueda de prensa, sin contraste sobre su veracidad.
- Responder críticamente a declaraciones sorpresivas de otras personas o a presuntas alusiones de adversarios comunicadas por un periodista sin haber contrastado si son ciertas y cuál es su contexto.
- Utilizar en demasiadas ocasiones la excusa de que ese asunto se explicará en otro acto o que no concierne o no compete al compareciente o al momento para así no dar ninguna respuesta.
- Lanzar en una misma rueda de prensa comentarios o respuestas incompatibles o incoherentes (en un mismo discurso o respecto de discursos anteriores, o entre respuestas a preguntas similares de distintos periodistas).
- No cortar la tendencia de los periodistas a lanzar preguntas que ya se han respondido o que inciden en temas respecto de los que ya se ha comunicado que no es posible aportar más en ese momento.
- Permitir demasiadas preguntas por cada periodista.
- Impedir que un periodista pueda realizar al menos dos preguntas diferentes si no está justificado limitar el número por razones de agenda.
- Permitir turnos de preguntas demasiado cortos (salvo urgencias de agenda reales), ya que se transmite la idea de que no interesa informar sino evacuar el expediente.
- Ceñir las preguntas en una lengua cooficial a un rato al final de la rueda de prensa o limitarlas a repeticiones de las ya efectuadas en el otro idioma.
- Contestar en lengua diferente a la utilizada en la pregunta (si se está en un territorio con dos lenguas y se dominan ambas), alegando que hay periodistas que no entienden una de las lenguas utilizadas.
- No comunicar previamente a los periodistas que se darán todas las respuestas en una sola lengua, si esa es la intencion del protagonista de la rueda de prensa, a fin de evitar tener que explicarlo ante la primera pregunta realizada en otro idioma.
- Ignorar a mandatarios de otros territorios o países en ruedas de prensa conjuntas, aunque empujen a ello los propios periodistas no dirigiéndoles ninguna cuestión.
- Convocar a periodistas con una expectativa de declaración importante que luego se incumple, creando decepción en los medios.
- Hacer consideraciones absurdas (como considerar como éxitos históricos resultados que son decepcionantes, endosar a otros responsabnilidades que es obvio que corresponden a uno…).
- Incurrir en el tópico de considerar siempre un éxito el resultado de unos comicios, buscando el referente pasado con el que mejor resultará una comparación.
- Acudir a las ruedas de prensa entrando en grupo con modales enérgicos, al objeto de dar una imagen de fuerza, de modo similar a lo que sucede en los combates de boxeo o de artes marciales mixtas.
- Abusar del formato de declaración en rueda de prensa (formal o improvisada) con un coro de compañeros de partido detrás…
En debates
En este caso, los desaciertos se producen en la confrontación de un candidato con otro, un oponente principal si es un debate cara a cara, o el resto de los que pugnan en unos mismos comicios, aunque ocasionalmente puede haber enfrentamientos dialécticos motivados por circunstancias diferentes a los procesos electorales.
En los debates es muy relevante conocer cuál es el formato: los hay muy rígidos y otros mucho más abiertos para los participantes. Influirá así en la actuación de los participantes el que se trate de un cara a cara o de un debate con varios contendientes, que hablen de pie o sentados, que haya o no atriles si son debates de pie, que existan tiempos tasados o sean estos más flexibles, que se estructuren en segmentos de temas fijos o se permita un fuido temático mas libre, que haya un moderador que opte por pocas intervenciones o uno con afán de protagonismo que guste de marcar el ritmo del debate e imponer su rumbo…
Asimismo, tendrá incidencia en el riesgo y la exigencia para los intervinientes el que trate de un programa televisivo, de uno radiofónico o de un acto presencial, y, en este último caso, el que se desarrolle en un espacio pequeño o en un gran salón de actos, que sea un debate universitario, institucional u organizado por un ente político, económico o social (sindical, patronal, gremial…), que se pida choque político o se espere el cruce de discursos de estado, suavidad en las formas y cortesía entre adversarios, que se grabe para la red o sea un encuentro con asistentes de orden más restringido…
- Mostrarse apagado.
- Hablar mucho menos tiempo del que se ha concedido.
- Mostrarse demasiado excitado.
- Entablar durante demasiado tiempo duetos con oponentes en debates múltiples, cuando no procede por estrategia de campaña enfatizar esa polarización.
- Permitir interrupciones continuas de los oponentes que traban el propio discurso, sin plantarse.
- No afear la conducta de los oponentes que interrumpen sistemáticamente a los demás, aunque no lo hagan con uno (porque es desaprovechar un desacierto ajeno).
- Aceptar hablar mientras se produce el típico rezongado de algunos oponentes (palabras, expresiones cortas, negaciones repetidas, sonidos…), que tratan con ello de ensuciar el discurso de su rivales (hacer que los espectadores u oyentesn o entiendan lo que dicen), de hacerles perder el hilos o de consumir su tiempo).
- No denunciar con contundencia a los moderadores los trucos inaceptables de los oponentes.
- No dar un toque el moderador (siempre como una crítica suave y amable) si se muestra un tanto parcial, ya que ello sirve para marcarle un referente de cara al resto del debate.
- No denunciar partidismo ideológico de los moderadores cuando es flagrante (cortes desiguales, preguntas de diferente dificultad, elusión con algunos de asuntos candentes…).
- Acusar al moderador de imparcialidad cuando esta no es evidente.
- Criticar alguna incorrección muy leve de los oponentes o del moderador, perdiendo los papeles (excediendo la reacción de lo razonable y dando imagen de quisquilloso).
- Desconocer el funcionamiento del debate y chocar por ello con el conductor sin justificación.
- Imitar los trucos dialécticos baratos del adversario para estar a la altura: interrupciones par trabar el discurso y romper el hilo, rezongados continuos, gestos para atraer la cámara del realizador cuando habla el oponente, puesta en boca del oponente de ideas que no ha introducido, cambios de tema que no proceden, insultos para desestabilizar…).
- Seguir interrumpiendo reiteradamente a los demás después de que algún oponente se queje y ponga de manifiesto el truco ante los espectado