Continúo en esta entrada enumerando errores que suelen cometerse en la comunicación política, completando un pooc más la lista iniciada en el anterior post: Errores habituales en la comunicación política (1): de estrategia y preparación .
En esa primera dosis puedes encontrar ejemplos de fallos que suelen provenir de actuaciones u omisiones del equipo de campaña o del gabinete (entendiendo integrado en estos al propio político como sujeto que toma decisiones dentro de una planificación estratégica o un diseño de tácticas y acciones).
Ahora vamos a ver algunos ejemplos más de equivocaciones que pueden afectar a su imagen (e, indirectamente, a la de su partido) y deteriorar la percepción que la ciudadanía tenga sobre su solvencia política, pensando en las responsabilidades ya asumidas para las que opta a una reelección o en aquellas para las que presenta una primera candidatura.
En concreto, en esta segunda parte presento una muestra de fallos que puede cometer el propio candidato, cargo o representante en diferentes ESCENARIOS en los que está obligado a exponerse (televisión, radio, parlamentos, actos, prensa, zonas urbanas…), cuando pone en juego sus habilidades y debe pechar con sus limitaciones. Pueden suponer una desatención querida o involuntaria a recomendaciones de asesores y gabinetes, pero otras veces nacen de las propias decisiones, estilos y modos de actuación del político.
En cuanto a la próxima entrada —Errores habituales en la comunicación política (3): personales—, culmina la lista de desaciertos con algunos que pueden producirse en el día a día del DESEMPEÑO PERSONAL del político, no ligados a un plan, programación o actuación formal.
Todos los ejemplos que podrás repasar en estas dos entradas, junto con los expuestos en la anterior entrada, componen un conjunto heterogéneo de desaciertos: estilos arriesgados, reacciones inadecuadas, gestos que no proceden, omisiones que impiden ganar metros, actuaciones que revelan debilidades, prioridades o discriminaciones que pueden salir caras, rutinas que aburren, vestimentas mal elegidas…
Por supuesto, como ya he comentado, se trata de una lista abierta que solo contiene algunos errores de los posibles, pero creo que a pesar de ello es bastante representativa.
Errores en los escenarios
En esta categoría incluyo desaciertos en los que el político puede incurrir cuando protagoniza una acción comunicativa pública en cualquiera de los escenarios que requieren su presencia durante sus mandatos y campañas: prensa, programas de televisión y radio, actos públicos de partido o institucionales, comunicaciones oficiales gubernativas o de partido, sesiones de parlamentos, comisiones…
Aunque algunos de estos fallos pueden derivar de decisiones de gabinetes o equipos de campaña, en otras muchas se deberán al propio estilo verbal del político, a sus preferencias a la hora de manejar su personaje, a sus mayores o menores habilidades comunicativas y a su modo de entender y gestionar el momento, con todo el estrés que conlleva.
Como verás, son errores que también presentan rasgos muy diversos y pueden producir efectos negativos distintos, pero que tienen un denominador común: lo que provoca el desacierto es que el político deba lidiar con un reto comunicativo en público en cuya forma no puede influir al ciento por ciento.
Esta vendrá dada en alguna medida por unas reglas de funcionamiento (la parte escrita o pactada, o unos usos impuestos en la profesión) y por unas expectativas de comportamiento que no constan en ninguna parte pero vienen exigidas social y mediáticamente por los espectadores, oyentes o asistentes, y por los críticos y analistas que burbujean en la prensa tradicional y digital y en los múltiples programas influyentes que tratan de modo directo o indirecto de la política.
El riesgo de no hacerlo bien, de incurrir en renuncios, descuidos, deslices, lapsus, contradicciones, incoherencias, imprecisiones, sobreactuaciones, torpezas… o de mostrar escasez de personalidad, debilidad técnica, fragilidad doctrinal, mala memoria, carencias críticas, flaquezas de ánimo, rumbos erráticos, falta de arrojo, incapacidad para monitorizar el avance del acto… siempre existirá en un escenario público de exposición o confrontación, y por eso conviene siempre pensarlo bien y prepararse a conciencia antes de zambullirse en aguas desconocidas que puedan resultar turbias y deparar alguna que otra mordedura.
Es lo mismo que le ocurre a esos dos dubitativos gansos del Nilo de la foto, algo entendible si el cauce de ese río está muy lejos de Egipto, Sudán, Etiopía y Uganda, como sin duda preferirían sus genes. Seguro que preferirían nadar entre cocodrilos e hipopótamos, peligrosos pero conocidos, que arriesgarse a chapotear cerca de lampreas, pirañas, siluros y tiburones de agua dulce.
En sesiones parlamentarias
Son desaciertos cometidos en las intervenciones en plenos de los parlamentos estatales o autonómicos, o en reuniones o asambleas municipales, o en comisiones de trabajo o de investigación en esas instituciones, .
- Leer los discursos iniciales en los debates sin apenas levantar la vista de los papeles.
- Dar la sensación de que ni siquiera se había leído una vez completa y con atención el texto que ahora se lee.
- Lanzar réplicas en debates, limitándose a leer textos que parecen escritos antes de los debates.
- Pronunciar réplicas en debates que aunque no parezcan leídas, no incorporen algunas alusiones concretas a los comentarios que el oponente ha realizado hace unos minutos.
- Prescindir de tropos retóricos en las intervenciones (debates y comparecencias), lo que da discursos planos, sin gancho.
- Abusar sin descanso de la ironía, la mordacidad y el sarcasmo, todo ello muy útil si se dosifica a lo largo de un discurso.
- Abusar de datos numéricos y de estadísticas, lo que da lugar a discursos farragosos para espectadores, asistentes e incluso compañeros de partido.
- Prescindir de datos cuando se tercia hablar de ellos en intervenciones que deberían ser muy técnicas.
- Ser demasiado tibio o ardoroso en la defensa de posiciones propias ya conocidas.
- Empezar los discursos en tono demasiado alto e in crescendo, matando ya la gradualidad que debería permitir ir acentuando algunos mensajes.
- Mostrar excesiva contundencia durante demasiado tiempo, haciendo que todo el discurso parezca un momento punta.
- Resultar anodino durante los primeros minutos de un discurso, que son los que deberían enganchar a la audiencia.
- No mirar nunca a los parlamentarios o mirar solo a los de una zona del hemiciclo o salón de plenos, transmitiendo una sensación de parcialidad o de miedo.
- Lanzar en racimo demasiadas preguntas al oponente de un debate, aplastando las cruciales, ya que este podrá así seleccionar las que le interesen e ignorar las más peliagudas.
- Enterrar los puntos clave de una crítica en un mar de comentarios de interés secundario.
- Repetir ideas en las intervenciones, mostrando no solo descontrol sobre la longitud de un discurso, sino también escasez de inventiva, pobreza de análisis y exceso de autocomplacencia.
- Convertir intervenciones en las que debe predominar la interrogación a un investigado, o potencialmente reprobado, en discursos ideológicos, soflamas o tomas de posición de partido o de segmento ideológico, lo que permite que el compareciente se vaya de rositas.
- Abusar de la diferencia de respuesta inicial ante intervenciones (alabando en exceso el tono y talante de los oponentes que se muestran sumisos o partidarios y deplorando lo incisivo de los demás), lo que demuestra poco entendimiento de estos formatos, que existen precisamente para que se admita la crítica sin complejos.
- Lanzar acusaciones al oponente de aquello que es precisamente percibido por la ciudadanía como punto débil muy representativo de quien las formula…
En ruedas de prensa
En este grupo enumero algunos errores que pueden cometerse en el desarrollo de las comparecencias que se llevan a cabo ante periodistas para informar sobre decisiones o valoraciones.
Puede tratarse bien de las ruedas de prensa que convocan los gobiernos periódicamente para dar cuenta de las novedades de su actividad, bien de las extraordinarias que les sirven para presentar tomas de posición cuando hay noticias importantes que lo requieren, pero también de las informaciones que cada semana, o cuando la actualidad lo requiere, brindan a los medios los partidos políticos a través sus portavoces, describiendo su actividad y escenificando reacciones ante las acciones y medidas de los adversarios (gobiernos u oposición).
- No permitir preguntas de los periodistas salvo que se trate de comunicados en momentos especiales y se prevea una rueda de prensa ese mismo día o al día siguiente.
- Permitir preguntas solo a los periodistas con los que se tiene una relación más cercana o que trabajen en medios más afines.
- Aceptar preguntas casi siempre de los mismos periodistas (sean o no los más afines), relegando a otros.
- Contestar de manera lacónica a varias preguntas seguidas, mostrando tono bajo o desinterés.
- Iniciar respuestas sin saber bien lo que se va decir.
- No aplazar respuestas cuando no se tiene clara la idea que debe centrarlas o el asunto requeriría más información (ya que no sucede nada si en ocasiones se confiesa la necesidad de contar con más datos).
- Elaborar respuestas incomprensibles.
- Lanzarse a responder a preguntas sobre noticias que han saltado durante la misma rueda de prensa, sin contraste sobre su veracidad.
- Responder críticamente a declaraciones sorpresivas de otras personas o a presuntas alusiones de adversarios comunicadas por un periodista sin haber contrastado si son ciertas y cuál es su contexto.
- Utilizar en demasiadas ocasiones la excusa de que ese asunto se explicará en otro acto o que no concierne o no compete al compareciente o al momento para así no dar ninguna respuesta.
- Lanzar en una misma rueda de prensa comentarios o respuestas incompatibles o incoherentes (en un mismo discurso o respecto de discursos anteriores, o entre respuestas a preguntas similares de distintos periodistas).
- No cortar la tendencia de los periodistas a lanzar preguntas que ya se han respondido o que inciden en temas respecto de los que ya se ha comunicado que no es posible aportar más en ese momento.
- Permitir demasiadas preguntas por cada periodista.
- Impedir que un periodista pueda realizar al menos dos preguntas diferentes si no está justificado limitar el número por razones de agenda.
- Permitir turnos de preguntas demasiado cortos (salvo urgencias de agenda reales), ya que se transmite la idea de que no interesa informar sino evacuar el expediente.
- Ceñir las preguntas en una lengua cooficial a un rato al final de la rueda de prensa o limitarlas a repeticiones de las ya efectuadas en el otro idioma.
- Contestar en lengua diferente a la utilizada en la pregunta (si se está en un territorio con dos lenguas y se dominan ambas), alegando que hay periodistas que no entienden una de las lenguas utilizadas.
- No comunicar previamente a los periodistas que se darán todas las respuestas en una sola lengua, si esa es la intencion del protagonista de la rueda de prensa, a fin de evitar tener que explicarlo ante la primera pregunta realizada en otro idioma.
- Ignorar a mandatarios de otros territorios o países en ruedas de prensa conjuntas, aunque empujen a ello los propios periodistas no dirigiéndoles ninguna cuestión.
- Convocar a periodistas con una expectativa de declaración importante que luego se incumple, creando decepción en los medios.
- Hacer consideraciones absurdas (como considerar como éxitos históricos resultados que son decepcionantes, endosar a otros responsabnilidades que es obvio que corresponden a uno…).
- Incurrir en el tópico de considerar siempre un éxito el resultado de unos comicios, buscando el referente pasado con el que mejor resultará una comparación.
- Acudir a las ruedas de prensa entrando en grupo con modales enérgicos, al objeto de dar una imagen de fuerza, de modo similar a lo que sucede en los combates de boxeo o de artes marciales mixtas.
- Abusar del formato de declaración en rueda de prensa (formal o improvisada) con un coro de compañeros de partido detrás…
En debates
En este caso, los desaciertos se producen en la confrontación de un candidato con otro, un oponente principal si es un debate cara a cara, o el resto de los que pugnan en unos mismos comicios, aunque ocasionalmente puede haber enfrentamientos dialécticos motivados por circunstancias diferentes a los procesos electorales.
En los debates es muy relevante conocer cuál es el formato: los hay muy rígidos y otros mucho más abiertos para los participantes. Influirá así en la actuación de los participantes el que se trate de un cara a cara o de un debate con varios contendientes, que hablen de pie o sentados, que haya o no atriles si son debates de pie, que existan tiempos tasados o sean estos más flexibles, que se estructuren en segmentos de temas fijos o se permita un fuido temático mas libre, que haya un moderador que opte por pocas intervenciones o uno con afán de protagonismo que guste de marcar el ritmo del debate e imponer su rumbo…
Asimismo, tendrá incidencia en el riesgo y la exigencia para los intervinientes el que trate de un programa televisivo, de uno radiofónico o de un acto presencial, y, en este último caso, el que se desarrolle en un espacio pequeño o en un gran salón de actos, que sea un debate universitario, institucional u organizado por un ente político, económico o social (sindical, patronal, gremial…), que se pida choque político o se espere el cruce de discursos de estado, suavidad en las formas y cortesía entre adversarios, que se grabe para la red o sea un encuentro con asistentes de orden más restringido…
- Mostrarse apagado.
- Hablar mucho menos tiempo del que se ha concedido.
- Mostrarse demasiado excitado.
- Entablar durante demasiado tiempo duetos con oponentes en debates múltiples, cuando no procede por estrategia de campaña enfatizar esa polarización.
- Permitir interrupciones continuas de los oponentes que traban el propio discurso, sin plantarse.
- No afear la conducta de los oponentes que interrumpen sistemáticamente a los demás, aunque no lo hagan con uno (porque es desaprovechar un desacierto ajeno).
- Aceptar hablar mientras se produce el típico rezongado de algunos oponentes (palabras, expresiones cortas, negaciones repetidas, sonidos…), que tratan con ello de ensuciar el discurso de su rivales (hacer que los espectadores u oyentesn o entiendan lo que dicen), de hacerles perder el hilos o de consumir su tiempo).
- No denunciar con contundencia a los moderadores los trucos inaceptables de los oponentes.
- No dar un toque el moderador (siempre como una crítica suave y amable) si se muestra un tanto parcial, ya que ello sirve para marcarle un referente de cara al resto del debate.
- No denunciar partidismo ideológico de los moderadores cuando es flagrante (cortes desiguales, preguntas de diferente dificultad, elusión con algunos de asuntos candentes…).
- Acusar al moderador de imparcialidad cuando esta no es evidente.
- Criticar alguna incorrección muy leve de los oponentes o del moderador, perdiendo los papeles (excediendo la reacción de lo razonable y dando imagen de quisquilloso).
- Desconocer el funcionamiento del debate y chocar por ello con el conductor sin justificación.
- Imitar los trucos dialécticos baratos del adversario para estar a la altura: interrupciones par trabar el discurso y romper el hilo, rezongados continuos, gestos para atraer la cámara del realizador cuando habla el oponente, puesta en boca del oponente de ideas que no ha introducido, cambios de tema que no proceden, insultos para desestabilizar…).
- Seguir interrumpiendo reiteradamente a los demás después de que algún oponente se queje y ponga de manifiesto el truco ante los espectadores u oyentes, cuando uno sigue esa táctica.
- Responder a preguntas de los oponentes cuya única intención es comer tiempo del discurso y evitar que el adversario pueda exponer sus ideas.
- No destacar los renuncios graves cazados al adversario hasta que queden claras esas metidas de pata a los espectadores u oyentes y, si es posible, el equivocado las reconozca.
- No aprovechar, como perro de presa, la constatación inmediata de que el oponente ha deslizado una noticia falsa o falseada o una acusación infundada (cuando puede demostrarse), dejando que escape vivo a pesar del desliz.
- Hacer acusaciones poco contrastadas, que corren el riesgo de ser calificadas con razón por los oponentes como noticias falsas, manipuladas o inexactas.
- Utilizar en los turnos de inicio y conclusión textos aprendidos de memoria que suenan forzados o falsos
- Introducir minirrelatos ejemplificadores en línea storytelling no basados en la realidad, que suelen sonar afectados o resultar cursis.
- Abusar de consignas repetidas en la campaña durante los intercambios del debate, no limitándolos, en su caso (sin son imprescindibles), a las conclusiones.
- Llevar demasiados papeles para apoyar las intervenciones.
- No tener bien ordenados los papeles que se quiere exhibir y tener que buscarlos en la mesa o atril.
- Dar muestras de que no se conocen los puntos del propio programa político.
- Transmitir ignorancia sobre los programas políticos de los oponentes (al menos en sus grandes líneas).
- Proponer medidas que ya ha implantado el propio partido o los adversarios.
- No mirar nunca a los ojos de los oponentes.
- Mirar solo al moderador en los cara a cara.
- No mirar nunca a la cámara.
- Mirar demasiado a la cámara y poco a los oponentes o al moderador, como si no se tratara de un debate sino de un espacio publicitario.
- Acudir a debates televisivos con vestimentas que incluyen patrones de estampado de líneas que provocan el efecto moiré...
En entrevistas o conexiones en medios audiovisuales
Hay que diferenciar aquí cuatro formatos.
- La entrevista propiamente dicha. En esta, un medio convoca a un político para realizarle una serie de preguntas. Puede actuar un solo entrevistador o contar el programa con varios periodistas, uno del medio, como conductor, y otros de medios distintos o analistas independientes como apoyo. El escenario suele incluir asientos enfrentados —el entrevistado se sienta frente al entrevistador o entrevistadores— y el espacio se presenta como un programa separado de otros, o incrustado en estos pero con un escenario y puesta en escena específicos.
- La entrevista breve presencial en un programa de análisis. Este formato se carateriza por la presencia de un invitado singular (que no viene en función de cronista o analista) que se incorpora a la mesa de comentaristas o contertulios de un programa sobre la actualidad política, y responde primero a las preguntas del conductor y luego a las de los demás participantes durante un rato (sin quedarse al la totalidad de su duración). Una vez finalizada su intervención, en algunas emisiones los analistas siguen comentando las consideraciones del invitado durante unos minutos. La entrevista es, por tanto, solo un segmento del programa.
- La entrevista breve presencial en un programa informativo. Es un formato similar al anterior, pero mucho más breve y generalmente centrado en alguna noticia o acontecimiento. El invitado se sienta al lado de los locutores del programa (generalmente de noticias) —igual que ellos, de cara al espectador—, y contesta a las preguntas del conductor o conductores del espacio.
- La rueda de preguntas del público. Es un formato al que solo se recurre en algunas ocasiones (suele haber años en los que está de moda) y en el que un invitado comparece ante una grada de público (compuesta por miembros de algún colectivo o como extracción variopinta de toda la población) y va contestanto a las preguntas que le lanzan. Puede realizarse con el invitado en pie, moviéndose libremente o situado tras un atril, o con este sentado en un taburete o silla.
No podría decirse que un formato sea más relajado que otro. Suele ser más distentido el que se desarrolla en un programa de noticias, pero los demás dependerán del estilo de los periodistas, del medio, del propio avance de la conversación, del momento concreto de la actualidad (los hay más y menos tensos), de que haya una polémica o cuestión candente que afecte al invitado y condicione el encuentro…
No incluyo aquí las entrevistas en programas intimistas, temáticos o frívolos, porque funcionan en otros registros. (Algunos ejemplos de posibles errores en estos los enumero al final).
Por otra parte, hay que diferenciar también dos formatos de aparición en televisión, que en radio no se diferencian, y que suelen ser de breve duración:
- La conexión telefónica. En esta el invitado no aparece, salvo a veces en una foto fija pequeña junto a su nombre, y, por tanto, el conductor, analista o contertulio realiza las preguntas delante de la cámara y solo se oye la voz del entrevistado o interrogado respondiendo.
- La conexión presencial por videoconferencia. Responde al mismo esquema anterior, pero la pantalla se sustituye por la que muestra al invitado o entrevistado, que suele estar de pie delante de alguna estantería de libros, o sentado con una pared de fondo, o de pie en la calle o en alguna zona de un recinto. Suele alternarse con la pantalla partida que muestra al que pregunta y al que responde.
Como variante, conviene destacar los casos en que es el propio invitado el que solicita acceso para aclarar algún asunto polémico o complejo que se haya suscitado en el programa (suele utilizarse el formato telefónico).
Estos son algunos ejemplos de errores.
- No advertir al entrevistador que no debe interrumpir las respuestas aunque no le gusten (ya que lo aceptable es la repregunta inteligente, no el aborto de la respuesta inicial).
- No plantarse y advertir al entrevistador con suspender la entrevista si no ceja en las interrupciones de las respuestas.
- No pedir en ocasiones al entrevistador que aclare el sentido de una pregunta, cuando conlleva claramente una posición ideológica muy partidista.
- No pedir al entrevistador que confiese si sustenta o no una opinión, cuando esta es la clave de una pregunta complicada con claro sesgo ideológico (muy partidista en la línea del medio).
- Dar demasiadas respuestas cortas.
- Dar respuestas largas en los formatos que han de ser necesariamente breves (con analistas o contertulios, en informativos…).
- Transmitir con las respuestas la sensación de que todas estaban ya muy preparadas y, en consecuencia, el político no tiene doctrina propia.
- Transmitir la sensación de que las preguntas ya se conocían e incluso de que ya se esperaba el orden.
- Negarse de modo sistemático, lindante con lo robótico, a mencionar nombres o a especular sobre situaciones o decisiones por miedo a que se utilice lo dicho espuriamente (cuando basta con introducir las cautelas que sean precisas).
- No introducir algunas reflexiones y matices propios que no tienen por qué coincidir exactamente con el ideario de partido, aunque deberían no ser incompatibles con este.
- Chocar sin sentido con las ideas del partido, sin vencer la tentación de regodearse en el versosueltismo (actuar por libre de un modo que parezca en exceso deliberado, como si se sintiera el invitado obligado a hacer honor a la fama).
- Hablar demasiado de los logros propios o de lo que uno ya dejó dicho o escrito, o de lo que ya propuso en su día (transmitiendo la sensación de que ha venido a hablar de su libro).
- Mostrarse antipático con el entrevistador, incluso aunque este también lo sea.
- No mantener la sonrisa cuando se reprocha algo al conductor o entrevistador.
- Lanzar indirectas contra el medio que le ha invitado (que no casan bien con haber aceptado la entrevista).
- Mostrar prejuicios contra el entrevistador antes de que cometa los errores que se le achacan (revelando una estrategia previa de choque o neutralización y poca paciencia para esperar el momento que la justifique).
- No mirar a los ojos del entrevistador.
- Hablar mirando siempre en una misma dirección, mover la mirada a demasiados espacios laterales, dirigirla muy a menudo hacia abajo o colgarla en el vacío.
- No advertir al entrevistador, en conexiones telefónicas o videoconferencias en que haya desfases, que debe callar cuando se inicia la respuesta sin hacer nuevas apostillas que la cortarán. (Puede hacerse fuera de micro o tras cortar adrede una conexión para poder advertirlo antes de reanudarla).
- Limitarse a realizar un autobombo de partido, e ignorar a otros partidos, como si no fueran capaces de hacer algo bien.
- Transmitir la idea de que no hay nada bueno más allá de su partido y su candidatura y hablar del propio partido siempre como el único que representa algo, es capaz de tomar alguna medida o podrá conseguir un objetivo.
- Hablar en conexiones por videoconferencia mirando cotinuamente a una pantalla situada en laterales o por debajo o encima de los ojos, aunque sea esa la posición de la pantalla de un ordenador.
- No evitar los riesgos de la vestimenta (tal como se comenta para los debates), cuando el medio es televisivo y el contacto no es telefónico…
En entrevistas en prensa (impresa o digital)
Aquí puede importar la imagen, en la medida en que puedan realizarse fotografías del encuentro, pero lo que primará es el juego de preguntas y el criterio que seguirá el entrevistador (o el medio) para reflejar la entrevista.
Hay que diferenciar cinco tipos:
- Entrevistas reflejadas literalmente. Puede que no todo lo grabado se muestre en el medio, pero lo sustancial se expone y no hay modificación de ningún tipo en las preguntas y respuestas salvo el destilado de lo sobrante (lo coloquial o de apoyo, las muletillas, las digresiones fuera de la conversación o en interrupciones…).
- Entrevistas reflejadas en formato dialogado, editadas con extracto pero sin ajuste textual. En este caso, solo se publicará una parte de lo grabado, y es posible incluso que se eliminen algunos fragmentos de las respuestas, pero no hay resumen ni adaptación de lo dicho. Lo que aparece, se dijo tal cual.
- Entrevistas narradas indirectamente, con intercalado de citas de las respuestas en el texto. Aquí el periodista redacta una crónica de la entrevista, por lo que prima el texto narrado y descriptivo, que va siendo trufado con imrpsiones propias y fragmentos de la conversación. De esta se aprovecha solo la parte más sustancial a criterio del periodista o del medio.
- Entrevistas con respuestas resumidas y preguntas convertidas en simples nexos. Son las típicas entrevistas que aparecen en las contras de algunos diarios o en separatas y suplementos, y que buscan lo más chocante, eligiendo las respuetas que más relieve van a dar al encuentro. Salvo que respondan al formato 5, preguntas y respuestas suelen sufrir una modificación drástica para que solo quede un rápido intercambio de frases y comentarios breves, pura sustancia. Interesa mostrar la nuez de lo preguntado y respondido, no la fidelidad absoluta a la forma.
- Entrevistas que reflejan respuestas a un cuestionario enviado. Son una versión apretada del formato anterior que suele requerir menos modificaciones, porque el invitado se limita a responder brevemente a lo que le preguntan, que también es conciso. La entrevista se realiza por teléfono o incluso enviando el cuestionario por e-mail, que normalmente combina preguntas tópicas con otras atrevidas e inesperadas.
El riesgo, con independencia de la confianza que nos dé el medio y el periodista, es diferente según el formato. En teoría, en el 1 hay menos riesgo: el entrevistado controla casi todo el resultado, salvo quizá el titular. En el 2, el peligro es que se pierdan matices, se olviden cautelas formuladas o se malogre el contexto de algunas respuestas, que pueden girar de sentido por las eliminaciones. Es el más arriesgado. En el 3, la incertidumbre estriba más que nada en cómo se seleccionará lo citado y en las valoraciones subjetivas junto a las que aparecerán las respuestas. Puede dar sorpresas y causar decepciones. El 4 tendría un elevado riesgo teórico, pero como el objetivo suele ser lúdico o temático, generalmente es muy bajo. Y el 5 no tiene riesgo, porque la brevedad implica el reflejo casi literal (solo con el lógico ajuste gramatical y de eliminación de posibles repeticiones, que se hace siempre).
Por supuesto, cualquier riesgo se neutraliza o minimiza si el entrevistado puede leer lo que se va a publicar antes de que aparezca en el medio a fin de poder aclarar y matizar algunos puntosde sus respuestas, o si recibe una grabación del encuentro —lo que da cierta garantía de que el periodista no caerá en la tentación de excederse en manipulaciones—, pero, en cualquier caso, es más alto en prensa impresa, porque en papel no se puede actualizar lo publicado borrando lo que no procede (solo cabe la rectificación).
Estos son algunos ejemplos:
- No confirmar si la entrevista saldrá íntegra o troceada.
- No exigir la lectura previa de la entrevista si se presentará editada o troceada.
- No comprobar antes de la publicación cuál será el titular con gancho extraído de las respuestas (si es posible).
- No aclarar al inicio de la entrevista que no se admitirán titulares entrecomillados cuando el texto de estos pertenezca a una pregunta y el entrevistado solo haya contestado sí, no o podría ser.
- No advertir al periodista que no trocee ni abrevie explicaciones muy sensibles, si se sospecha que lo hará.
- Dar respuestas demasiado largas.
- Confundir, al responder, la opinión con la propaganda.
- Encadenar respuestas demasiado cortas (salvo en entrevistas con cuestionario).
- Regodearse en respuestas tópicas.
- Dar cambiadas en las respuestas, no ajustándolas mínimamente a lo preguntado, ya que en prensa esa costumbre elusiva se nota mucho más que en las entrevistas presenciales (al permitir la relectura).
- Evolucionar en respuestas largas a temas que se salen de lo preguntado de un modo palmario.
- Contestar a algo que no se ha preguntado de manera demasiado ostensible.
- Incurrir en contradicciones en un mismo encuentro.
- Mostrarse razonable, matizado o moderado de un modo que choque en exceso con lo que se espera del entrevistado, por sus opiniones manifestadas en actos presenciales o espacios mediáticos (como si todo menos la entrevista en prensa fuera frívolo).
- No aprovechar el momento tranquilo para reconocer algún error, sin miedo, ya que es el formato en el que mejor funciona la confidencia.
- Desaprovechar el formato para incitar los titulares que interesen.
- Lanzar una frase para provocar un titular que interese, con el propósito de que el periodista no tenga más remedio que escogerlo, pero de modo demasiado evidente (ya que en tal caso no lo hará y colocará otro).
- Dejar caer demasiadas frases con la intención de que sean titulares.
- Mojarse sin necesidad danto detalles que no se han solicitado ni el periodista espera (salvo que se busque precisamente aprovechar el momento para deslizar esos mensajes).
- Buscar el choque con el entrevistador, aunque esté justificado, algo que no funciona igual en prensa que en programas televisivos (al no poder apreciarse igual las interrupciones o sesgos y ser casi seguro que no se incluirá lo que no convenga al medio o al periodista)…
En pasillos de instituciones o en la entrada de edificios o recintos
Son encuentros generalmente no buscados por el político, aunque los imaginará posibles, a veces casi inevitables, según el acto del que se trate. No obstante, en algunas ocasiones será el cargo, representante o candidato el que busque a la prensa (si quiere declarar o aclarar algo) y en otras se verá sorprendido por los periodistas al salir de comidas, cenas, veladas o reuniones privadas que creía suficientemente discretas, a prueba de medios.
- Desatender a periodistas sin mirarlos (a los que al menos hay que dedicarles una sonrisa antes de aplazar declaraciones a otro día).
- Mostrarse muy serio, si no se trata de una jornada con noticias luctuosas o se hacen declaraciones sobre algo muy grave.
- Buscar a los periodistas de manera ostensible, pero intentando que parezca que todo es improvisado.
- Salir por garajes o puertas traseras sin evitar que los periodistas se den cuenta.
- Entrar y salir de recintos siempre en coches con cristales tintados, cuando no está justificado.
- Escapar de la prensa con pasos acelerados hacia coches o por calles, como si se tratara de una huída de paparazzis.
- Negar expresamente a la salida de un local la presencia en el encuentro de personas que salieron antes y quizá ya fueron vistos por los medios o aún están dentro y podrían salir en ese momento (cuando lo mejor es no realizar declaraciones).
- Hablar ante un guirigay de móviles, cámaras y micrófonos, sin sitio, sin pedir antes un poco de orden al grupo o a quien en ese espacio puede instarlo.
- Mostrar enfado excesivo por el desorden y el ansia de los grupos de periodistas amontonados en pasillos o escalinatas, aunque haya habido algún roce o empujón involuntario.
- No sonreir y bromear ante los amontonamientos de periodistas de modo que quede claro que esa ansia de declaraciones se ve como algo comprensible.
- Parecer un peón de partido sin vida cerebral propia por la tendencia a repetir solo consignas (las mismas frases que replican otros miembros del partido esa misma semana) en esos breves encuentros.
- Expeler consignas en encuentros con periodistas buscados por el político.
- Extenderse demasiado en momentos en los que el periodista necesita declaraciones breves para sus totales.
- Lanzar indirectas desafortunadas hacia periodistas por sus preguntas o montar algún número, ya que estos se sentirán bien alimentados con cualquier exceso o reacción extemporánea que puedan registrar.
- Ser muy tópico, demasiado rebuscado o sectario en las declaraciones cuando se trata de visitas a tanatorios o capillas ardientes.
- Responder a presuntas alusiones de adversarios o medios sin contrastarlas antes si no se conocían.
- Hacer la paradita delante de los micros unos segundos antes de que realmente estén ya allí interrumpiendo el paso…
En mítines y otros actos (de partido o institucionales)
Aquí se listan ejemplos de errores que puede cometer un candidato, cargo o representante al pronunciar discursos, conferencias, declaraciones, presentaciones… en las que solo será él o ella quien hable durante el momento en el que le toque, sin preguntas posteriores ni intervenciones de contraste o confrontación.
Hay que diferenciar los actos de partido y los que se organizan en entes, instituciones, asociaciones, organismos…, que no son discursos de acción política ligados a la acción de gobierno o de la función legislativa, sino técnicos, informativos, de homenaje o de cortesía.
- Equivocar el formato, ya que no es lo mismo una conferencia que una declaración, comunicado, manifiesto, discurso institucional, mitin, discurso de agradecimiento o de despedida…
- Mostrar torpeza cuando hay que leer discursos escritos en papeles.
- No retirar con una pauta ordenada los papeles que ya se han leído.
- Mostrar inadaptación a leer textos del teleprompter (cue o autocue), perdiendo la línea, intercalando silencios, repitiendo algunas palabras…
- Ser incapaz de pasar del teleprompter a los papeles escritos, sin crear silencios o mostrar confusión.
- Carecer de un plan B si se caen los papeles o se queda vacía la pantalla del teleprompter.
- Seguir una rutina excesiva de movimientos de cuello para turnar las dos pantallas de los teleprompter para discursos en atril, sin intercalar frases mirando al frente.
- Aprovechar para lanzar mensajes partidistas en actos institucionales o ceremoniales.
- Bracear demasiado o repetir en exceso cierto movimiento rutinario de brazos o manos.
- Pronunciar todas las frases sin variaciones de tono y énfasis.
- Mencionar a unas personas e ignorar a otras que también deberían tener protagonismo en el acto.
- Hablar mirando al techo o lanzando miradas hacia rapidas arriba.
- Hablar mirando solo a la primera línea de los asistentes.
- No ensayar en alguna ocasión el discurso sin papeles ni pantallas, en actos con menor trascendencia.
- Abusar del modo gurú dando vueltas como una peonza o haciendo recorridos rápidos de predicador por escenarios, con pinganillos frente a la boca.
- Abusar del formato de charla con un inexpresivo coro de simpatizantes detrás.
- Elegir de manera que se note en exceso el coro situado tras el orador como una representación de un mismo colectivo que interesa (jóvenes, mujeres, varones, jubilados…), salvo en actos en los que esté plenamente justificado dirigirse a ese perfil.
En medios y redes sociales
En este escenario es el que de modo más evidente gobierna cada persona que actúa en políica o cada partido, normalmente a través de sus gestores de redes o community managers, sin que por ello la responsabilidad escape de la propia formación.
Alguien en su cuenta de un medio social puede realizar muchas declaraciones, pocas o ninguna, dar eco o no a comentarios de otros, lanzar réplicas por alusiones o comentarios espontáneos para debatir con adversarios políticos, periodistas o medios, o con escritores, profesores, deportistas…, mantener un perfil sobrio o mostrar su lado más acerado…
Los medios sociales solo son un espacio neutro para canalizar mensajes rápidos y concisos, pero en la práctica se revelan a menudo como una laguna de aguas turbias, cuando no una marisma pantanosa, una ciénaga o un lodazal. Con serpientes, pirañas, caimanes y todo tipo de alimañas mordedoras…
Aquí no hay fallos por preparación o estrategia: si uno la fastidia, es porque ha querido (o porque ha delegado en quien no debía).
- Realizar declaraciones fuera de sitio, que deberían haberse canalizado a través de un medio oficial.
- Perder el control del tono en los mensajes, entendiendo mal los límites de lo coloquial y lo desenfadado.
- Dar opiniones desmesuradas, calentadas por la temperatura de las propias redes.
- Lanzar comentarios que implican a personas que no habñian intervenido.
- Exponer comentarios que no son propios, sino de gestores de la cuenta a los que se delega la comunicación en ese medio y tienen escasos miramientos para controlar tonos y contenidos.
- Hacer aportaciones con un sentido del humor discordante del habitualmente mostrado por el titular de la cuenta.
- Entablar disputas inacabables que resultan cansinas.
- Provocar piques con personajes mediáticos sin nada que perder en cuanto a imagen, que se alimentan de la polémica, o caer en ellos cuando son estos quienes los provocan.
- Realizar afirmaciones y dar explicaciones que resultan inadecuadas para asuntos políticos que requieren tino y discreción.
- Subir fotos en situaciones que puedan parecer en exceso frívolas según el momento que se vive.
- Abusar de noticias e imágenes propias, transmitiendo una imagen de culto a la propia personalidad.
- Dar muestras de adanismo al adjudicarse obras, avances o decisiones que tienen otros muchos autores, diseñadores y peones…
En programas intimistas, temáticos, lúdicos o frívolos
En este caso, el político es invitado a un programa televisivo o radiofónico (o de un canal de vídeo en la red), en el que tendrá que hablar de sí mismo o de algún tema. Puede tratarse de espacios y programas muy distintos:
— Programas divulgativos.
— Espacios culturales (libros, cine, teatro…).
— Tertulias deportivas.
— Espacios de cotilleo y noticias rosa.
— Ediciones de concursos con premios benéficos
— Programas con niños.
— Espacios de humor.
— Espacios de magia o de divulgación lúdica.
— Entrevistas personalísimas…
El riesgo máximo en estos espacios es no encajar en el tono del programa o no demostrar el nivel de conocimientos que se presuponía, pero también existe la incertidumbre sobre qué pruebas o retos deberá afrontar el invitado —si no están pactados o los acuerdos se rompen aprovechando el directo — o qué líneas de intimidad le pedirán que rebase.
- Presentar una imagen anodina, inadecuada si se ha aceptado salir en un programa de ese enfoque.
- Negarse a cualquier juego lúdico, por sistema, aunque no requiera una performance arriesgada del invitado.
- Tratar de mostrarse más gracioso de lo que el político da de sí en esa faceta.
- Aceptar contar chistes o tararear algo, si no se ha nacido para ello.
- Apuntarse a todo tipo de juegos lúdicos, aunque conlleven un cierto riesgo de hacer el ridículo, solo por no decepcionar al presentador y a su audiencia o por miedo a no parecer jovial y flexible ante los espectadores.
- Perder la contención y el autocontrol hablando más de la cuenta por la relajación del ambiente.
- Hablar sin contención de cualquier tema vidrioso (sexo, intimidades, religión…), sin tener claros los límites o la fiabiloida del programa.
- Tratar de ser más ocurrente que el más ocurrente que sea colaborador habitual del programa (si se le pisa, se revolverá).
- Incurrir en la pedantería cultural.
- Elegir como preferencias personales las obras literarias que parecen tópicas y obligadas.
- Decir que el libro que se está leyendo en este momento o se acaba de leer es una de las obras cumbres de la literatura (aunque fuera cierto, que no suele serlo, nadie lo creerá).
- No tener preparadas respuestas a preguntas tópicas o esperables (anécdota, último libro leído, equipo de fútbol, película preferida, mayor chasco…).
- Dar la sensación de que el acervo cultural exhibido es fruto de lecturas recientísimas en la red efectuadas para dar la talla en ese programa concreto.
- Mostrar desinterés absoluto por alguna disciplina (fútbol, deporte en general, teatro, arte…), sin ser capaz de argumentarlo de modo divertido.
- No aprovechar para confesar alguna manía, costumbre, debilidad o afición llamativa.
- No cortar una entrevista televisiva intimista (que se está grabando) si se aprecia, por sus gestos o expresión, que el entrevistador se aburre y eso se apreciará en la emisión televisiva…
En la tercera y última entrada que contiene esta lista —Errores habituales en la comunicación política (3): personales— encontrarás algunos ejemplos de errores que el político puede cometer en momentos muy distintos, desligados ya de los planes o preparaciones activadas por los equipos y gabinetes o de la aparición en actos presenciales o programas en medios de comunicación.
También, como cierre, podrás leer una reflexión final a modo de conclusión, ya que hay algunas puntualizaciones que conviene añadir. Como sin duda piensas, con toda la razón, no siempre los que aquí se exponen como errores potenciales lo serán en la práctica, ni en todos los casos, si se producen efectos negativos, serán estos igualmente relevantes.