Fobias (2): uso y abuso de la palabra fobia

Tras un paseo superficial por la clasificación de los trastornos fóbicos realizado en la anterior entrada (Fobias (1): aversión o trastorno), tal como se contempla en los documentos CIE 10 y DSM-5 (con muchas coincidencias), es el momento de hacer una pequeña recapitulación, extrayendo algunas ideas clave, antes de lanzar la prometida reflexión sobre el uso terminológico que damos a alguna de esa fobias —la xenofobia y su primo hermano: el racismo—, incurriendo con frecuencia en una gran vaguedad.

pensamientos de una fobia
Foto de Fernanda García – CC BY-SA 4.0

Fobias: miedo, malestar y sus efectos

Puede afirmarse que:

  • La FOBIA se focaliza sobre un objeto, sujeto, situación, escenario o expectativa de acción, elemento que actúa como inductor fóbico.
  • Ese elemento produce en el individuo un MIEDO O ANSIEDAD que resulta desproporcionado teniendo en cuenta su perfil psicológico, edad y desarrollo, y el mal que objetivamente puede esperarse de esa circunstancia, lo que le causa un malestar.
  • Ese MALESTAR debe ser PERSISTENTE persistente (no solo ocasional): debe repetirse al afrontar el contacto con el mismo elemento durante un periodo de tiempo.
  • El malestar PUEDE PRODUCIRSE:
    • Al contactar con el elemento presencialmente
    • Al contactar con el elemento de modo visual pero virtual (viéndolo en fotografía, reportaje, vídeo, cine…).
    • Evocando el elemento que no es visible (por ejemplo, en una conversación, lectura, charla radiofónica…).
    • Por anticipación, al prever ese contacto aún no producido, por estimarlo cercano o ser inminente.
  • Ese miedo y ansiedad PUEDEN PRODUCIR:
    • Efectos psíquicos: ideas anticipatorias, previsión desmesurada de escenarios negativos, obsesión, desconcentración…
    • Efectos somáticos: sudoraciones, palpitaciones, pulso acelerado, salivación excesiva, sequedad de boca, arcadas, vómitos, confusión, mareos, pérdida de control, aturdimiento, dolores corporales, ahogo, insomnio…
    • Comportamientos elusivos (de evitación de una actividad) como prevención para no caer en esos efectos: no salir de casa, declinar invitaciones…
    • Dependencias: requerimiento de compañía para tareas que en principio no la necesitarían.

Los efectos suelen conllevar INCONVENIENTES en el desarrollo normal de la VIDA PROFESIONAL (falta de puntualidad, bajo rendimiento, dificultades para el trabajo en equipo, mala comunicación, pérdida de oportunidades de ascenso o progresión profesional, absentismo…) y de la VIDA PRIVADA (pérdida de amistades, fracaso en relaciones personales, desplome de la vida social, truncamiento de proyectos, desaprovechamiento de oportunidades, aislamiento…).

Desde el punto de vista psiquiátrico, NO debemos hablar de FOBIA si no se produce ese malestar generado por un temor exagerado con efectos psíquicos y somáticos que persiste en el tiempo.

La FOBIA es, por tanto, un trastorno mental, no la simple aversión a algo o a alguien ni un rasgo de la personalidad y el estilo que define el perfil de cada uno.

Es normal que alguien no se sienta a gusto en presencia de una rata de alcantarilla. O que manifieste cierta inquietud delante de una víbora cornuda. O que bracee y grite si una araña peluda le ha caído sobre el hombro debajo de un árbol. O que sienta algo parecido al pánico momentáneo si advierte que, desde lejos, un rotweiler se dirige lanzado como un cohete a propulsión hacia donde él está.

Del mismo modo, hay personas que:

  • Prefieren no dar charlas en público porque carecen de facilidad de palabra, no tienen el don de la improvisación y lo saben.
  • No gustan del contacto con perros y gatos y jamás tendrían una mascota.
  • Eligen el tren para un viaje si pueden evitar el avión.
  • Nunca planean vacaciones mediante cruceros marítimos.
  • Prefieren no conducir automóviles ni motocicletas a pesar de tener la vista y el oído en perfectas condiciones.
  • Muestran reticencias iniciales ante varones de ciertos países o etnias (gitanos, árabes, pakistaníes…) si pretenden entrar en su familia (como yernos, cuñados…).
  • Solo se sienten cómodos con personas de su propio país o lengua, temerosos de que la relación con extranjeros pueda traer un choque de culturas.
  • No se sienten relajados ante personas mal vestidas (según su criterio) o que llevan muchos abalorios, tatuajes o piercings.
  • Temen acercarse a indigentes o se cambian de acera si ven que van a cruzarse con personas de mal aspecto o expresión dura.

Sobre cualquiera de estos comportamientos, preferencias o reticencias se puede opinar (y cabe que influyan en la consideración que unos u otros individuos tengan sobre personas con esas costumbres y comportamientos), pero por sí mismos no constituirán trastornos mentales fóbicos si no se dan los factores que antes he citado: miedo o ansiedad desmesurados, malestar, efectos psíquicos o físicos negativos, posibles comportamientos de evitación, episodios recurrentes ante el mismo elemento (que hacen del trastorno algo persistente)…  Yo también añadiría la posibilidad de que se produzcan efectos negativos para terceros, como comenté en el anterior post (un miedo enfermizo que convierte a alguien en asocial y molesto para sus congéneres puede ser un trastorno aunque el implicado no lo aprecie así).

Por consiguiente, debemos diferenciar siempre dos niveles: el de la preferencia o aversión como rasgo del perfil y el de la vivencia negativa (a nivel psíquico y físico) de ciertos miedos, reticencias o rechazos.

Así, cuando hablamos, por ejemplo, de que ciertas personas tienen aracnofobia o claustrofobia deberíamos ser conscientes de si estamos refiriéndonos a personas con esos trastornos o solo pretendemos comentar que estos muestran cierto reparo a las arañas o a espacios pequeños y cerrados como los ascensores, sin que les cause ningún malestar agudo.

De las filias a la enajenación y la agresión: estaciones intermedias

Las siguientes son actitudes, emociones, reacciones o consideraciones que una persona puede mostrar ante un elemento externo (objetivo, subjetivo o situacional).


 


Las naturalezas son diversas (predisposiciones, actitudes, emociones, consideraciones, cautelas y acciones o disposición para estas…), pero aquí las he amontonado conscientemente para fijar los estados en los que puede estar el sujeto respecto de un elemento externo, en algunos casos impulsor fóbico.

del amor al odio
Love/Hate – Imagen de BART en Flickr – CC BY-NC 2.0

Fijémonos primero en la columna central. Los cuatro primeros grados nos muestran niveles de FILIA. A alguien le puede gustar, en mayor o menor medida, hablar en público, viajar en avión, tener animales en su casa o montar a caballo. Del mismo modo, hay quienes sienten una especial cercanía con ciertos países o culturas: afrancesados, anglófilos, amantes del flamenco y de la cultura gitana, locos por el cine americano, interesados en las culturas asiáticas… Y si alguien es un coleccionista impenitente de sellos o abanicos o seguidor impenitente de competiciones de velocidad de motos y coches, a las que acude siempre, podríamos decir, en ese lenguaje coloquial moderno tan propio de los jóvenes, que se trata de un friki (sería el grado 1 de afición extrema en su expresión máxima o más excéntrica).

Pero si alguien guardara en su casa todo tipo de objetos, hasta los que carecen de valor monetario o sentimental, sin criterio alguno, e incluso acumulara basura, su aparente filia sería en el fondo un trastorno (no de tipo fóbico, sino de acumulación, un tipo de trastorno obsesivo-compulsivo, o en ocasiones una demencia).

El grado 5, la INDIFERENCIA, incluye lo que casi todos mostramos ante algunos elementos con los que contactamos: NEUTRALIDAD; ni adicción, ni afinidad, ni opiniones negativas. Nos parece bien viajar en el autobús o en tren cuando se tercia, comemos también alimentos que no son nuestros favoritos pero nos parecen aceptables junto a otros que nos chiflan, departimos con gente que no nos cae mal pero hacia los que tampoco sentimos cercanía especial…

A partir de aquí, podemos diferenciar dos ramales. En el de la izquierda he situado varios grados de incomodidad y desazón. Ante el elemento impulsor, aunque no por ello opinen negativamente de este, hay personas que pueden sentir cierta INQUIETUD derivada de algún temor (por experiencia, influencia del entorno, evaluación de su situación personal, lectura de noticias, ideología…) y en ciertos casos este puede ocasionarles cuadros de ANSIEDAD, que puede llegar a convertirse en MIEDO INTENSO e incluso, en los más sensibilizados, desembocar en episodios de PÁNICO. El grado más extremo se daría cuando el trastorno fóbico se convirtiera en algo más grave: una DEMENCIA o un estado de ENAJENACIÓN (más o menos transitorio).

Pero, sin necesidad de llegar a esos extremos, estaremos ante una FOBIA desde el punto de vista psiquiátrico cuando la ansiedad produzca, como ya he comentado repetidamente, ese malestar con efectos psíquicos y a veces también somáticos que impacte negativamente en la propia vida (o en las ajenas, más allá delo razonable). Si no se da ese cuadro, estaremos fuera del mundo de los trastornos.

Como antes decía, que a alguien le den cierto miedo las arañas no significa que sufra de aracnofobia desde el punto de vista médico. Que una cierta inquietud al volar en avión se convierta en miedo momentáneo cuando hay turbulencias durante el vuelo o el pasajero se tense un poco cuando el aparato toma aire resulta perfectamente normal. Y que alguien prefiera no adentrarse por una calle oscura y angosta del barrio más inhóspito de su ciudad y opte por dar un rodeo para llegar a su destino es más que comprensible (a veces incluso puede resultar una decisión inteligente), y compatible con que solo por pensar en atravesar ese tramo ese peatón sufra un escalofrío.

El problema vendrá dado cuando, ante ese elemento, el afectado sienta un miedo exagerado, se le genere una ansiedad desproporcionada o protagonice un episodio de pánico: gritos histéricos en público al ver una araña de tamaño pequeño en la mesa de un bar; aspavientos de alguien que ha oído que en el local han visto una rata o porque se le acerca el caniche de un amigo con el que se ha encontrado en la calle; sudoración, arcadas y vómitos y descontrol por pánico escénico al estar el ponente de unas jornadas a pocos minutos de entrar en el salón de actos…

En el segundo ramal, que he situado a la derecha, lo que se muestran son reacciones y consideraciones. El primero, RETICENCIA, presupone ya cierta apreciación negativa sobre el elemento, aunque puede ser solo inicial, salvable con alguna comprobación que la disuelva, una no preferencia que quizá se asocie a una ligera experiencia ansiosa leve. Así, una persona puede no ser amigo de tener perros y gatos, aunque no sienta por eso miedo si se cruza con uno, y un profesional mostrarse remiso a dar charlas (e incluso notar mariposas en el estómago si no ha tenido más remedio que aceptar dar una y está a pocos minutos de empezarla).

Si esa reticencia se vuelve persistente, si es estructural ya en el pensamiento del individuo, estaríamos ante una AVERSIÓN permanente. Seguiríamos en el terreno de los miramientos, opiniones dirigidas hacia elemento que lo hacen no afín al individuo, pero sin que ello le impida conllevar el contacto con ese factor (sujeto, objeto, espacio, situación…).

Lo siguiente sería ya una actitud asociada a una decisión: el RECHAZO. Puede desarrollarse mediante comportamientos de evitación o conllevar decisiones de repudio. El afectado no quiere contactar con el elemento, porque no lo ve compatible consigo mismo y trata de expulsarlo de su vida, de su entorno, de su experiencia.

A partir de aquí, este rechazo activo puede manifestarse de modo extremo con actitudes de ODIO o ABORRECIMIENTO e incluso llegar a la AGRESIVIDAD, que puede desembocar en la traza de planes de AGRESIÓN (presión, conminación, intimidación, violencia…) o incluso en su ejecución para expulsar ese elemento de su vida o del  espacio que el implicado considere que no merece, o al menos alejarlo.

Las reacciones, actitudes, comportamientos o consideraciones personales de este segundo ramal no necesariamente han de implicar que exista un trastorno mental simultáneo o causante. Aunque en algunos casos sí puedan combinarse aversiones intelectuales con alteraciones de tipo fóbico, lo que he mostrado en el ramal de los miedos y lo que he citado en el de las consideraciones son conceptos de naturaleza distinta. Pueden ser coincidentes —reticencias que se viven con ansiedad, aversiones que coinciden con episodios de miedo, episodios de miedo extremo que se manifiestan con imprecaciones que denotan odio…—, pero nada impide que alguien tenga interiorizada una aversión, sienta rechazo profundo o muestre odio hacia un elemento sin que por ello se sienta mal ni manifieste un trastorno (más allá de que socialmente nos parezca mejor o peor su opinión).

Hay personas que pueden vivir su existencia gestionando ciertos rechazos —aunque sean vistos como absurdos o inadecuados a ojos de su entorno —sin que ello les produzca malestar, y que, cuando toman decisiones en público al respecto, actúan con relativa discreción. Si no dañan a nadie con sus posiciones o reacciones y no se sienten alterados por esos temores o efectos, su diagnóstico, de hacerse, no pasaría de constatar un temor, ansiedad o aversión como rasgo personal. Existe libertad para tener preferencias y reticencias, y, obviamente, no está prohibido tener miedo, por injustificado que sea. En cuanto al odio, es igualmente libre, con los límites que la legislación establezca sobre sus manifestaciones contra grupos, etnias, países u otros segmentos de la población.

Al margen de los tratamientos clínicos, podemos decir que si alguien muestra de modo desproporcionado un temor a un tipo de persona, animal, espacio o situación, ello le produce ansiedad intensa (con algunos de sus efectos) y le genera de modo desmesurado un rechazo o la tentación repetida de elusión, estamos ante alguien con una fobia. Pero… ¿de qué hablamos cuando nos referimos a que alguien tiene ARACNOFOBIA? ¿De alguien al que no le gusta ver arañitas de partas largas en el rincón del techo o trata de matar a este tipo de insectos para evitar que le piquen (como hace con los mosquitos)? ¿De quien pide con celeridad a otros que le quiten de su vista el arácnido que avanza por el suelo? ¿O del que entra en crisis gritando y desgañitándose hasta quedar luego paralizado cuando ve un bicho negro o pardo de ocho patas en una pared por más que no alcance ni medio centímetro de ancho?

¿Y qué pretendemos decir cuando calificamos a alguien como XENÓFOBO? ¿Que siente reticencias ante los de otro origen o nacionalidad? ¿Que teme ciertos hábitos culturales de quienes provienen de ciertos países o profesan ciertas religiones? ¿Quizá que siente temor ante las consecuencias que puede tener una inmigración masiva de indocumentados? ¿Acaso que no quiere que se mezcle su cultura con otras? ¿O que se trata de un racista o incluso de un potencial admirador del Ku Klux Klan?

Es el momento de cerrar el bucle reflexivo sobre los trastornos fóbicos para volver a los dos términos con los que iniciaba la entrada anterior: RACISMO y XENOFOBIA.

Racistas y xenófobos

Si hablamos de un RACISTA, en puridad deberíamos estar refiriéndonos a alguien que tiene aversión a las personas de otra raza: si es occidental (caucásico), a los negros (sean africanos, americanos, europeos…), amerindios, asiáticos.. o, por extensión, mestizos, mulatos, de ciertas castas americanas… Y si es negro, pues hacia los blancos, hispanos, asiáticos…

A pesar de ello, lo cierto es que a menudo utilizamos el término RACISTA solo cuando es una actitud de blancos frente a negros, asiáticos, indios o mulatos, pero no al revés, cuando es un blanco el objeto de la aversión. Curioso.

Convendría decir que el concepto de RAZA está actualmente en desuso por la doctrina científica mayoritaria, que considera la existencia de una única raza humana, pero en el mundo de las costumbres y el habla coloquial sigue estando claro lo que es una raza: color de piel y ciertos rasgos faciales (ojos, nariz, boca…) claramente diferenciados.

También, por extensión, solemos utilizar la palabra RACISTA cuando nos referimos a la consideración respecto de personas de otras ETNIAS, aunque no sean grandes grupos raciales (tal como se entienden convencionalmente): romaníes (gitanos), indios de la India, indios norteamericanos, indígenas centroamericanos o sudamericanos, árabes, judíos, aborígenes australianos, maoríes, samoanos, mongoles…

En cambio, en Occidente es poco habitual que se asocie ese término hacia desconsideraciones respecto de personas de etnias o zonas geográficas consideradas más afines: germanos, nórdicos, mediterráneos…, a pesar de las evidentes características fisonómicas que diferencian a las poblaciones. También curioso.

Creo que podemos entender que la alusión RACISTA actualmente hace referencia a la desconsideración respecto de personas de otras razas (en su concepción convencional) o etnias muy diferenciadas de la propia, y, por tanto, debería utilizarse con independencia de qué origen tenga quien mantiene la concepción negativa y quién sufre esa opinión, siempre que haya claras diferencias y distancias: de un alemán respecto de un judío, de un supremacista blanco respecto de un negro, de un francés o español respecto de una persona de etnia gitana…

Pero, más allá de la extensión que demos al término RACISTA, lo que sí deberíamos fijar como idea es que la condición de perteneciente a otra etnia debe ser el fundamento de la consideración negativa si queremos justificar el calificativo. No basta que alguien tenga una característica étnica para que la aversión de otra persona hacia aquel pueda ser tildada de RACISTA. Si la raza, etnia u origen no es el motivo de una reticencia, aversión u odio, no hay racismo.

El segundo término que examino es XENOFOBIA, que implica el rechazo o la reticencia, quizá incluso el odio, respecto de extranjeros. En este sentido, literalmente se trataría de un vocablo de mayor amplitud (aunque no englobaría completamente al racismo), ya que opondría a una persona que lo sustentara a todos los que no son del país propio, o a algunos de estos, sin que importara si son de una u otra etnia (ya que primaría la extranjería).

Pero no siempre ese el el factor clave. Hay que reparar en que no existe ningún término acabado en fobia que aluda a la raza. Podríamos acuñar la razofobia o la etnofobia, pero en realidad ese término no aparece ni en las listas más extensas de fobias (veremos algunas en el siguiente post). Quizá por eso encuadramos todas las consideraciones negativas (por reacción u opinión) hacia las personas por su origen a las que calificamos de FOBIA dentro de la palabra XENOFOBIA.

Pero, como he comentado antes, al término FOBIA se le dan dos acepciones: una no clínica, como aversión hacia alguien, algo o hacia una situación o espacio, y otra en el mundo psiquiátrico, que implica miedo, ansiedad, a veces pánico, y siempre un malestar que conlleva efectos psíquicos y somáticos y a veces comportamientos de evitación.

¿Hablamos de FOBIAS psiquiátricas cuando utilizamos el término XENOFOBIA? Lo cierto es que casi nunca lo hacemos. Y no porque no sea posible un temor exagerado causante de malestar ante personas de otras razas, etnias, orígenes o países, sino porque ese término está empapado del significado de aversión, del mismo modo que sucede con la palabra RACISMO, hasta el punto de que muchos hablantes los usan como sinónimos.

¿Es posible un racismo o una xenofobia como aversión intelectual extrema sin malestar psíquico propio? Sin duda. ¿Y puede haber, por otra parte, racistas y xenófobos que sufran por ello un trastorno mental, ya que esa actitud o consideración nazca de un temor, ello les cause una ansiedad, les produzca efectos psíquicos y somáticos desagradables e influya negativamente en sus vidas? Sin duda.

Puede haber, en efecto, aversiones que coincidan con un trastorno mental de tipo fóbico y otras que no. Pero, al margen de esta posible coincidencia, dentro de las averisones intelectuales existen grados, como hemos visto, y no deberíamos mezclar supuestos cuyo fundamento es diferente por mucho que nos tiente utilizar una misma palabra para calificar a personas sin molestarnos en matices.

Veamos unos ejemplos antes de la conclusión.

Ejemplos de actitud ante extranjeros o personas de otras etnias

Imaginemos a varias personas que sienten alguna incomodidad ante la presencia de una persona de otra raza o etnia, de un extranjero o de alguien de fuera de su territorio, o muestran algún tipo de reticencia o rechazo hacia ellos, y tengamos en cuenta ahora los dos ramales antes citados: el de los temores y el de las apreciaciones.

Una persona solo se relaciona con personas que son de su región de origen y hablan primordialmente su lengua: elude cualquier contacto con quien no cumple esos requisitos, aunque los otros sí hablen ese idioma con suficiencia comunicvativa, porque no se ve hábil para alternar con personas de otras culturas.

  • No hay aversión de ningún tipo. La reticencia proviene de la constatación de una falta de habilidad social con quienes, intuye, son de estilo distinto. Solo si ello le produce un malestar y malogra el conjunto de su vida social podremos hablar de una fobia. Como es probable que se dé en el futuro algún escenario en el que una relación con esas personas se desenvuelva de modo agradable (conducida quizá por esas otras personas), el tiempo puede solucionarlo. Si no, de darse un comportamiento elusivo relevante dado el entorno del individuo afectado (por ejemplo, si vive en otro país), podría constituir una fobia social que requiriera tratamiento psicológico para evitar el aislamiento.

Un entrenador de fútbol es remiso a contratar jugadores brasileños porque, según su experiencia, tardan en adaptarse al fútbol europeo, suelen tener vinculaciones excesivas con su tierra que los hacen desconcentrarse y muestran una tendencia a la vida nocturna disipada por los entornos sociales que se traen de su tierra.

  • Estamos solo ante el resultado de una experiencia vital fallida que ha solidificado en la mente del míster en una predisposición negativa. Cada profesional tiene sus preferencias y este solo las aplica para su elección de futbolistas. Seguro que, fuera del campo, el entrenador no tiene inconveniente en relacionarse con individuos de esa nacionalidad u origen. Todos recordamos a entrenadores con tendencia a contratar peloteros de ciertas nacionalidades o poco dados a los de otras.

Alguien se siente muy incómodo en una cena en la que hay dos ingleses, ya que no le caen bien los de esta nacionalidad (debido a ciertas experiencias negativas con turistas británicos y con un pariente de esa nacionalidad al que no traga).

  • No parece un ejemplo de fobia, pero sí de reserva nacida de unas experiencias negativas. Si la actitud no evoluciona hacia el rechazo generalizado, no estaremos más que ante una aversión leve, vencible con una relación social continuada con nacionales de ese origen que al final neutralice esa predisposición negativa .

Alguien manifiesta que no es posible dejar que se cuelen tantos inmigrantes ilegales por la frontera porque eso no es posible sostenerlo con el presupuesto del país si hay que proporcionarles ayudas, trabajo, vivienda y sanidad.

  • La manifestación puede no ser compartida por otros ciudadanos, pero seguro que hay quienes secundan su opinión sin ser ni racistas ni xenófobos. Sería un claro caso de xenofobia, quizá de racismo, si derivara del rechazo visceral a los emigrantes por su origen y no por razones de cálculo de gestión presupuestaria, pero no lo sería si se tratara de una reflexión exclusiva de tipo político y económico, focalizada sobre el carácter masivo, irregular y no sostenible de esa entrada, que puede tener fundamentos defendibles aunque no lo parezca si la opinión se expresa de modo tosco, sin matices.

Un residente en una ciudad siente temor ante un grupo de seguidores de un equipo ruso de fútbol, visitante en una eliminatoria, que pasean por una calle de la ciudad hablando alto e intercambiando risotadas, temiendo que sean hooligans (aunque son aficionados pacíficos).

  • No hay nada anómalo en que se especule con un escenario de riesgo de choque con personas violentas cuando se da una circunstancia (en este caso, el partido) que pueda propiciarlo. Podríamos estar ante un problema si esa persona sufriera ansiedad ante cualquier grupo que intuyera que no lo forman nacionales del país. Pero… incluso así, ¿podríamos llamar xenofobia a lo que no es más que cautela ante la violencia? Como mucho podría llegar a ser una fobia a los grupos desconocidos (porque temer a ciertos aficionados futbolísticos es más que razonable).

Una persona de economía muy desahogada mantiene ciertas reticencias ante la novia de su hijo, sudamericana, porque considera que es de baja condición social, no le gusta como viste y teme que sea una fresca que busca su dinero.

  • Estamos ante un claro caso de reticencia por clasismo, o de cautela por temor a las intenciones de quien accede a una clase socio-económico más alta. Seguro que el ínclito cambiaría de opinión si descubriera que la novia es sobrina de un millonario mejicano, en cuyo caso la ropa poco acertada podría ser vista como muestra de un estilo original, jovial, atrevido…

Alguien se muestra inquieto cuando su hija le presenta a su novio, musulmán, porque piensa que en los países islámicos suelen darse actitudes machistas por su cultura y no desea eso para su querida descendiente.

  • Se trata de una reticencia por generalización, que asocia a todos los naturales de un país o seguidores de una religión los rasgos que se predican de los más extremistas. No deja de ser una cautela hasta cierto punto entendible (porque el padre no está exento de razón al efectuar esa reflexión, aunque se exceda al generalizar), por lo que no debería calificarse como xenofobia, ni siquiera larvada. Asunto diferente es que ese padre no cambiara de opinión aunque constatara que la mentalidad de su potencial yerno dista mucho del sexismo o, con delirios sin fundamento, creyera tener dentro de casa a un posible islamista.

Un padre de familia mantiene una reticencia inicial ante el novio de su hija, que, según le avanzó esta, es gitano, aunque (él no lo sabe aún) es profesor de economía en la universidad.

  • Es un caso similar al anterior. Lo más probable es que esa inquietud manifestada como reticencia ceda en cuanto valore que la probabilidad de comportamientos machistas o de una vida nómada o bohemia es baja (los tópicos más asociados a esa etnia). Si no hay persistencia en el recelo cuando ya no esté justificada, no podemos hablar ni de aversión ni de miedos: solo de cautela por reticencia inicial.

Una persona, de piel blanca, odia actualmente a otra, de piel negra, que fue su compañero de trabajo en una empresa. Fueron muy amigos, pero tras un conflicto profesional, se llevan actualmente a matar. En un encuentro, el primero monta un altercado, le recrimina ciertos comportamientos pasados y le llama negro de mierda. Algunos presentes tiene que separarlos.

  • No hay racismo ni xenofobia. Denominar negro a un negro no tiene en este caso una connotación de desprecio étnico o racial. Es lo mismo que llamar enano a alguien bajito, bola de sebo a alguien gordo, paliducho a alguien muy blanco de tez, gabacho a un francés, hijo de la Gran Bretaña a un inglés o incluso nazi a un alemán. Se busca molestar, el calenton lo rige todo y se utiliza el modo más tosco, tópico, evidente, para fastidiar, sin sutileza alguna, sin que la elección del calificativo derive de una opinión negativa generalizada. Que estemos ante un comportamiento deplorable no implica que aquí el proceder denote fobia alguna, ni siquiera de aversión. Ello no impide que en algún caso comportamientos de este tipo encubran rechazos u odios, pero debería demostrarse (no basta como prueba un calificativo aislado en un encontronazo, y menos si hay antecedentes de afinidad).

Un asistente a un concierto se cambia de asiento al ver como se sienta a su lado una persona, bien vestida, cuyo rostro le hace pensar que es de etnia gitana, ya que en dos ocasiones personas de esa etnia (afincados en unos carromatos) le robaron y actualmente mantiene un cierto recelo hacia ellos.

  • Es un caso claro de repudio hacia ese grupo de personas. En un concierto, que moleste la cercanía de alguien que no presenta mal aspecto es injustificable. No se produce un rechazo activo, ya que es el afectado quien se mueve y no manifiesta ninguna opinión en público, pero podemos decir que siente una aversión, una fobia intelectualizada hacia los gitanos (o incluso a los que lo parecen, porque seguro que el afectado no sabrá seguro si lo es o no). Es cierto que aquí se daría incluso un ramalazo de racismo, aunque focalizado en una sola etnia (no generalizado a todos los de origen diferente). La extranjería o ajenidad geográfica, como impulsor del temor y rechazo, aquí no se daría.

Un vecino, aunque no lo exterioriza, se siente molesto porque en su barrio residen muchos extranjeros de diversas nacionalidades (franceses, británicos, alemanes, italianos, sudamericanos…) con los que coincide en tiendas y calles, y, en su opinión, viven mejor que él y ocupan puestos de trabajo que quitan a españoles.

  • Es un caso claro de xenofobia, aunque no parece que derive de una consideración negativa hacia los extranjeros (seguro que le caen bien cuando están en su tierra), sino de un miedo a su influencia o dominio en el espacio en el que él habita, de un rechazo a que los de fuera tengan más bienestar en la propia tierra que los autóctonos. Este ejemplo es muy representativo del miedo como generador inicial de opiniones razonadas y no solo de reacciones emocionales.

El seguidor de un club de fútbol, ante el posible fichaje de un delantero francés de origen africano, manifiesta que él no quiere negros en su equipo.

  • Es un claro caso de racismo, quizá también de xenofobia (para saberlo habría que ver lo que opina si el club decide contratar a un crack francés de piel blanca o, por huir de la afinidad occidental, de una estrella del fútbol africano de origen británico: rubio y con pecas).

Un político de una región del país considera que los ciudadanos que otras regiones son seres de cultura inferior a la suya y con ciertos defectos genéticos.

  • Estamos ante un claro ejemplo de individuo supremacista, que ya no mira países, fronteras o etnias. Chapotea en la superioridad de los que él considera los suyos. Lo único que quizá no haya superado es la línea de la agresión. Si no actúa, será una persona empapada en odio. Ni racista ni xenófobo, aunque quizá sí sea esto último si considera que los de fuera de su región son extranjeros o incluso lo son quienes viven en esta e incluso nacieron en ella pero tienen una cultura en parte distinta.

 El seguidor de un club de fútbol abuchea a uno de los jugadores de su propio equipo —español de origen y de raza negra—, le llama mono y le tira un plátano.

  • A diferencia del que antes pedía que no contrataran negros, este ya ha pasado a la acción. Es un racista que no muestra xenofobia (el objeto de su ira es un compatriota), sino que focaliza su aversión hacia los negros, y los agrede con insultos e incluso objetos metafóricos (plátano = mono, en el lenguaje de este tipo de gentuza). De todos modos, probablemente sea también un xenófobo, hacia algún tipo de etnia u origen no occidental.

Un pasajero de un avión protesta porque se ha sentado a su lado una mujer mulata y dice que o se larga esa negra fea y gorda o la echará, y monta un altercado con las azafatas porque él ha pagado para ir cómodo y bien acompañado y no rodeado de sudacas indeseables y gente de baja ralea.

  • Este es un caso ya clarísimo de xenofobia y racismo. Aborrece por el color de la piel y por el origen, y el individuo pasa a la agresión sin complejos. Es un personaje peligroso que no sabemos hasta dónde puede llegar.

Unos supremacistas blancos planean echar violentamente a unos vecinos de su barrio, de raza negra, para contribuir a que el país vuelva a ser lo que fue.

  • Estamos ya ante el extremo, al menos en potencia. Racismo en vena; y aunque no sabemos si xenofobia, la podemos intuir. Aunque quizá el plan de expulsión violenta de los vecinos se limite a ser un mero divertimento verbal, en cuyo caso los maquinadores se quedarán en el deleite de compartir odio en compañía.

Conclusiones sobre el uso de los términos que aluden a fobias

¿Podemos alegremente ventilar comportamientos tan distintos con las mismas calificaciones? ¿Son todos estos individuos un hatajo de xenófobos y racistas?

Los anteriores ejemplos son esquemáticos. Cada caso debería ser valorado para poder concluir si estamos ante una aversión intelectual o se trata de un temor que crea ansiedad, o bien se dan ambas condiciones, y para precisar el grado de la aversión, su origen, su carácter coyuntural o estructural… Pero aunque sean solo ejemplos, permiten ver que nos movemos en un terreno lleno de posibilidades en el que cada supuesto tiene componentes que lo diferencian de los demás.

Visto lo expuesto, y sin ningún ánimo de sentar cátedra, me atrevo a exponer algunas reflexiones y recomendaciones sobre el uso de expresiones y términos que hacen referencia a las fobias, sean estas aversiones intelectuales, temores emocionales o racionalizados (con o sin trastorno mental) o cuadros combinados de todo ello.

  • Cuando nos movemos en el terreno del HABLA COLOQUIAL, desplegando sentido del humor, podemos utilizar las VARIEDADES FÓBICAS sin temor a la imprecisión. Basta que se manifieste una repulsa en tono informal para que podamos recurrir al calificativo, bromeando. Podrá ser así tildado de xenófobo el que platique sobre los defectos de ciertos países, de sufridor de agorafobia el que se queje de las multitudes, de incurso en aracnofobia el que haga algún aspaviento por haber visto una araña o de persona con fobia a las alturas el que confiese sentir escalofríos en un mirador elevado. El animus iocandi lo admite casi todo y hace innecesaria la precisión técnica.
  • Diferente es lo que debería suceder cuando HABLAMOS EN SERIO. En tal caso, convendría que nos atuviéramos a los rasgos detectados en el supuesto comentado para decidir si una denominación es o no pertinente, y, sin lo es, acompañarla de los matices que sean precisos.
  • Para hablar de que alguien tiene una FOBIA como TRASTORNO MENTAL es preciso que el caso sea agudo (aunque no por ello deba tratarse de una dolencia grave). Ante el elemento impulsor (sujeto, objeto, situación o escenario) debe producirse un malestar, un cuadro de miedo y ansiedad que produzca efectos negativos psíquicos y a veces también somáticos, o un estado evolucionado del individuo que, para evitar estos, opte por comportamientos de elusión. Si no hay malestar, no hay fobia en términos psiquiátricos.
  • Como en todo, en las FOBIAS, como trastornos mentales, hay GRADOS. Hay un largo trecho entre los posibles episodios de ansiedad sufridos al contactar con el elemento impulsor fóbico (o evocarlo) y unos eventuales cuadros de pánico. Si hay un malestar psíquico y a veces somático que impacta como vivencia sufrida o por provocar la evitación de actividades deseadas o necesarias, entonces hay FOBIA, aunque no estemos en niveles extremos incapacitantes. Pero si se trata de simples elecciones negativas, preferencias que entran en las libres definiciones de cada estilo de vida, no habrá ningún tipo de FOBIA.
  • No es preciso que alguien esté en TRATAMIENTO o lo requiera para hablar de FOBIA. Algunos miedos, incluso agudos, son conllevados por el que los sufre, adaptado gradualmente a ellos. Y no siempre generan caídas relevantes de la calidad de vida: con frecuencia se viven como predisposiciones negativas dentro del conjunto selectivo que cada uno practica en la vida, y pueden redundar simplemente en, por poner algunos ejemplos, ir poco al campo, evitar el mar, preferir escaleras a ascensores, no subir a miradores o torres ni asomarse a barandillas en zonas altas, no tener mascotas… Si se da una ansiedad intensa habrá fobia, pero si no, estaremos solo ante preferencias materializadas en decisiones, tengan o no algún componente emocional.
  • La FOBIA también tiene, como hemos visto, un significado de AVERSIÓN, que no siempre ha de coincidir con un trastorno mental o malestar psíquico. Así, hablamos de que alguien es xenófobo porque no le gustan los extranjeros, los rechaza o los odia, o islamófobo porque recela de los musulmanes. Quizá otros rechazos sea más difícil encajarlos únicamente en este ámbito de las aversiones (a los insectos, perros, ascensores, alturas…), como opciones intelectuales, pero puede darse el caso: imaginemos, por ejemplo, a una persona a la que no le gustan los perros pero no los teme ni se preocupa porque otros los tengan, o a quien abomina de los espacios masificados (centros turísticos de ciudades, grandes museos y monumentos, campos de fútbol, recitales, manifestaciones…) porque se siente mucho más a gusto lejos del mundanal ruido.
  • La COINCIDENCIA entre una fobia de aversión y una cursada como trastorno mental puede darse. Si alguien se pone frenético cada vez que ve a personas de piel negra muy posiblemente esté mostrando un cuadro de ansiedad al mismo tiempo que exterioriza su manía racista contra esas personas. Y puede darse el caso de que quienes manifiestan que a ellos no les gustan los perros —porque son un estorbo, ensucian las ciudades y quitan libertad de movimientos— en el fondo hayan llegado a esas conclusiones por un miedo originario a los animales o alguna experiencia traumática con algún can que les haya dejado un agudo temor aún latente.
  • Existe un elevado riesgo de incurrir en INJUSTICIAS cuando utilizamos la expresión FOBIA como AVERSIÓN para calificar a quienes sienten rechazo hacia animales, espacios, actividades, alimentos, personas nacionales de otros países o pertenecientes a otras etnias, gente con otras ideologías… Los sentimientos de un individuo hacia una persona o grupo, animal u otro elemento pueden ser muy variados. Entre una mera reticencia inicial que quizá lleve al que la sustenta a iniciar comprobaciones que desmientan su temor (algo que en ocasiones puede ser una actitud inteligente) y las muestras de odio y agresividad, hay una distancia enorme. No toda cautela es fobia, ni todo miedo interiorizado implica una aversión intensa. Hay, además, rechazos que no son viscerales, sino restos de experiencias negativas que generan comportamientos previsores que solo buscan evitar repetir vivencias dolorosas o tratan de blindar a los allegados contra conflictos presentes o futuros.
  • Sobre la XENOFOBIA, deberíamos plantearnos algunas preguntas:

o   ¿Qué puede entender por extranjero alguien al que pudiéramos tildar de xenófobo? ¿Alguien de otra nacionalidad? ¿Alguien de otra etnia? ¿El que viene de fuera? ¿El que no vive en su país, región, población o barrio? ¿El diferente físicamente?

o   ¿Puede calificarse como xenofobia cualquier reticencia hacia una nacionalidad o etnia aunque esté fundamentada en cautelas culturales o miedos a ciertas costumbres argumentadas por el individuo como probables (aunque esa actitud no parezca justificada para otras personas)?

  • El término XENÓFOBO es excesivamente global si lo usamos para aludir a quien tiene aversión a los que tienen un determinado origen,  Los hay que recelan de todos los forasteros, y podrían ser denominados así, pero quien tiene enfilados a los de un país, debería, en todo caso, ser asociado a una fobia a ese objetivo concreto: anglófobo, francófobo, germanófobo, americanófobo, sinófobo…, o al menos debería acompañarse la alusión a la xenofobia con el matiz del segmento poblacional denostado. Suena raro, pero no hacerlo sería como llamar XENÓFILOS a quienes gustan de que vengan a su país ingleses, o sudamericanos, o chinos y japoneses.
  • En cuanto al RACISMO, también caben algunas cuestiones: :

o   ¿Qué es un racista? ¿El que abomina de los de otra raza o color de piel? ¿El que odia a otras etnias? ¿El que rechaza a los de etnias diferentes a la suya solo cuando conllevan rasgos físicos muy distintos? ¿Cualquier xenófobo? ¿El que tiene manía a los naturales de países no occidentales? ¿El que odia a Occidente y a sus habitantes? ¿Todo supremacista?

o   ¿Todo el que insulta a una persona de piel negra es un racista? ¿O existe la posibilidad de que alguien aborrezca a un africano, gitano, sudamericano, amerindio, asiático… (o sea, no occidental) por razones estrictamente personales, sin que la etnia tenga nada que ver con la aversión?

  • Solo deberíamos denominar racista a quien insulta a una persona de otra raza si hiciéramos lo mismo en caso de que el supuesto se diera a la inversa. Si el que llama negrata a una persona de raza negra es por por ello un racista, también debería ser así calificado quien llamara blanquito o blancuzco a alguien de piel rosada. Lo cierto es que solo porque alguien tilde a otro por uno de sus rasgos físicos, por representativo que sea de su origen, etnia o raza, no es suficiente para armar ya el disparador de calificativos.Conviene analizar cada caso para determinar si estamos ante calentones, expresiones tópicas, recursos rápidos para faltar al respecto o concepciones ya de tipo racista. 
  • Por último, conviene tener en cuenta que a menudo se confunde la xenofobia (o incluso el racismo hacia ciertas etnias) con lo que solo es una muestra de discriminación de clase socioeconómica. Así, quienes reniegan de los árabes o magrebíes que ven por la calle pero se sienten encantados con que su ciudad se llene de jeques que chapoitean en petrodólares, o quienes protestan porque hay muchos sudacas en su pueblo o barrio pero gritan y lloran de emoción cuando el crack argentino o brasileño de su equipo machaca las porterías contrarias, salvo que sean presa de un simple ataque de incoherencia, estarán demostrando ser unos clasistas de tomo y lomo.

En el próximo post, que está en curso, como guinda de esta reflexión repartida en dos entradas, encontrarás una lista de las fobias más habituales, con algunos comentarios sobre si son cuadros que suelen encajar en trastornos mentales de ansiedad o revelan más bien aversiones intelectuales. También incluiré algunos enlaces a listados de fobias que, aunque en mi opinión son excesivamente creativos (con algunos miedos que parecen ansurdos), no dejan de resultar curiosos..