Fobias (2): uso y abuso de la palabra fobia

Tras un paseo superficial por la clasificación de los trastornos fóbicos realizado en la anterior entrada (Fobias (1): aversión o trastorno), tal como se contempla en los documentos CIE 10 y DSM-5 (con muchas coincidencias), es el momento de hacer una pequeña recapitulación, extrayendo algunas ideas clave, antes de lanzar la prometida reflexión sobre el uso terminológico que damos a alguna de esa fobias —la xenofobia y su primo hermano: el racismo—, incurriendo con frecuencia en una gran vaguedad.

pensamientos de una fobia
Foto de Fernanda García – CC BY-SA 4.0

Fobias: miedo, malestar y sus efectos

Puede afirmarse que:

  • La FOBIA se focaliza sobre un objeto, sujeto, situación, escenario o expectativa de acción, elemento que actúa como inductor fóbico.
  • Ese elemento produce en el individuo un MIEDO O ANSIEDAD que resulta desproporcionado teniendo en cuenta su perfil psicológico, edad y desarrollo, y el mal que objetivamente puede esperarse de esa circunstancia, lo que le causa un malestar.
  • Ese MALESTAR debe ser PERSISTENTE persistente (no solo ocasional): debe repetirse al afrontar el contacto con el mismo elemento durante un periodo de tiempo.
  • El malestar PUEDE PRODUCIRSE:
    • Al contactar con el elemento presencialmente
    • Al contactar con el elemento de modo visual pero virtual (viéndolo en fotografía, reportaje, vídeo, cine…).
    • Evocando el elemento que no es visible (por ejemplo, en una conversación, lectura, charla radiofónica…).
    • Por anticipación, al prever ese contacto aún no producido, por estimarlo cercano o ser inminente.
  • Ese miedo y ansiedad PUEDEN PRODUCIR:
    • Efectos psíquicos: ideas anticipatorias, previsión desmesurada de escenarios negativos, obsesión, desconcentración…
    • Efectos somáticos: sudoraciones, palpitaciones, pulso acelerado, salivación excesiva, sequedad de boca, arcadas, vómitos, confusión, mareos, pérdida de control, aturdimiento, dolores corporales, ahogo, insomnio…
    • Comportamientos elusivos (de evitación de una actividad) como prevención para no caer en esos efectos: no salir de casa, declinar invitaciones…
    • Dependencias: requerimiento de compañía para tareas que en principio no la necesitarían.

Los efectos suelen conllevar INCONVENIENTES en el desarrollo normal de la VIDA PROFESIONAL (falta de puntualidad, bajo rendimiento, dificultades para el trabajo en equipo, mala comunicación, pérdida de oportunidades de ascenso o progresión profesional, absentismo…) y de la VIDA PRIVADA (pérdida de amistades, fracaso en relaciones personales, desplome de la vida social, truncamiento de proyectos, desaprovechamiento de oportunidades, aislamiento…).

Desde el punto de vista psiquiátrico, NO debemos hablar de FOBIA si no se produce ese malestar generado por un temor exagerado con efectos psíquicos y somáticos que persiste en el tiempo.

La FOBIA es, por tanto, un trastorno mental, no la simple aversión a algo o a alguien ni un rasgo de la personalidad y el estilo que define el perfil de cada uno.

Es normal que alguien no se sienta a gusto en presencia de una rata de alcantarilla. O que manifieste cierta inquietud delante de una víbora cornuda. O que bracee y grite si una araña peluda le ha caído sobre el hombro debajo de un árbol. O que sienta algo parecido al pánico momentáneo si advierte que, desde lejos, un rotweiler se dirige lanzado como un cohete a propulsión hacia donde él está.

Del mismo modo, hay personas que:

  • Prefieren no dar charlas en público porque carecen de facilidad de palabra, no tienen el don de la improvisación y lo saben.
  • No gustan del contacto con perros y gatos y jamás tendrían una mascota.
  • Eligen el tren para un viaje si pueden evitar el avión.
  • Nunca planean vacaciones mediante cruceros marítimos.
  • Prefieren no conducir automóviles ni motocicletas a pesar de tener la vista y el oído en perfectas condiciones.
  • Muestran reticencias iniciales ante varones de ciertos países o etnias (gitanos, árabes, pakistaníes…) si pretenden entrar en su familia (como yernos, cuñados…).
  • Solo se sienten cómodos con personas de su propio país o lengua, temerosos de que la relación con extranjeros pueda traer un choque de culturas.
  • No se sienten relajados ante personas mal vestidas (según su criterio) o que llevan muchos abalorios, tatuajes o piercings.
  • Temen acercarse a indigentes o se cambian de acera si ven que van a cruzarse con personas de mal aspecto o expresión dura.

Sobre cualquiera de estos comportamientos, preferencias o reticencias se puede opinar (y cabe que influyan en la consideración que unos u otros individuos tengan sobre personas con esas costumbres y comportamientos), pero por sí mismos no constituirán trastornos mentales fóbicos si no se dan los factores que antes he citado: miedo o ansiedad desmesurados, malestar, efectos psíquicos o físicos negativos, posibles comportamientos de evitación, episodios recurrentes ante el mismo elemento (que hacen del trastorno algo persistente)…  Yo también añadiría la posibilidad de que se produzcan efectos negativos para terceros, como comenté en el anterior post (un miedo enfermizo que convierte a alguien en asocial y molesto para sus congéneres puede ser un trastorno aunque el implicado no lo aprecie así).

Por consiguiente, debemos diferenciar siempre dos niveles: el de la preferencia o aversión como rasgo del perfil y el de la vivencia negativa (a nivel psíquico y físico) de ciertos miedos, reticencias o rechazos.

Así, cuando hablamos, por ejemplo, de que ciertas personas tienen aracnofobia o claustrofobia deberíamos ser conscientes de si estamos refiriéndonos a personas con esos trastornos o solo pretendemos comentar que estos muestran cierto reparo a las arañas o a espacios pequeños y cerrados como los ascensores, sin que les cause ningún malestar agudo.

De las filias a la enajenación y la agresión: estaciones intermedias

Las siguientes son actitudes, emociones, reacciones o consideraciones que una persona puede mostrar ante un elemento externo (objetivo, subjetivo o situacional).


 


Las naturalezas son diversas (predisposiciones, actitudes, emociones, consideraciones, cautelas y acciones o disposición para estas…), pero aquí las he amontonado conscientemente para fijar los estados en los que puede estar el sujeto respecto de un elemento externo, en algunos casos impulsor fóbico.

del amor al odio
Love/Hate – Imagen de BART en Flickr – CC BY-NC 2.0

Fijémonos primero en la columna central. Los cuatro primeros grados nos muestran niveles de FILIA. A alguien le puede gustar, en mayor o menor medida, hablar en público, viajar en avión, tener animales en su casa o montar a caballo. Del mismo modo, hay quienes sienten una especial cercanía con ciertos países o culturas: afrancesados, anglófilos, amantes del flamenco y de la cultura gitana, locos por el cine americano, interesados en las culturas asiáticas… Y si alguien es un coleccionista impenitente de sellos o abanicos o seguidor impenitente de competiciones de velocidad de motos y coches, a las que acude siempre, podríamos decir, en ese lenguaje coloquial moderno tan propio de los jóvenes, que se trata de un friki (sería el grado 1 de afición extrema en su expresión máxima o más excéntrica).

Pero si alguien guardara en su casa todo tipo de objetos, hasta los que carecen de valor monetario o sentimental, sin criterio alguno, e incluso acumulara basura, su aparente filia sería en el fondo un trastorno (no de tipo fóbico, sino de acumulación, un tipo de trastorno obsesivo-compulsivo, o en ocasiones una demencia).

El grado 5, la INDIFERENCIA, incluye lo que casi todos mostramos ante algunos elementos con los que contactamos: NEUTRALIDAD; ni adicción, ni afinidad, ni opiniones negativas. Nos parece bien viajar en el autobús o en tren cuando se tercia, comemos también alimentos que no son nuestros favoritos pero nos parecen aceptables junto a otros que nos chiflan, departimos con gente que no nos cae mal pero hacia los que tampoco sentimos cercanía especial…

A partir de aquí, podemos diferenciar dos ramales. En el de la izquierda he situado varios grados de incomodidad y desazón. Ante el elemento impulsor, aunque no por ello opinen negativamente de este, hay personas que pueden sentir cierta INQUIETUD derivada de algún temor (por experiencia, influencia del entorno, evaluación de su situación personal, lectura de noticias, ideología…) y en ciertos casos este puede ocasionarles cuadros de ANSIEDAD, que puede llegar a convertirse en MIEDO INTENSO e incluso, en los más sensibilizados, desembocar en episodios de PÁNICO. El grado más extremo se daría cuando el trastorno fóbico se convirtiera en algo más grave: una DEMENCIA o un estado de ENAJENACIÓN (más o menos transitorio).

Pero, sin necesidad de llegar a esos extremos, estaremos ante una FOBIA desde el punto de vista psiquiátrico cuando la ansiedad produzca, como ya he comentado repetidamente, ese malestar con efectos psíquicos y a veces también somáticos que impacte negativamente en la propia vida (o en las ajenas, más allá delo razonable). Si no se da ese cuadro, estaremos fuera del mundo de los trastornos.

Como antes decía, que a alguien le den cierto miedo las arañas no significa que sufra de aracnofobia desde el punto de vista médico. Que una cierta inquietud al volar en avión se convierta en miedo momentáneo cuando hay turbulencias durante el vuelo o el pasajero se tense un poco cuando el aparato toma aire resulta perfectamente normal. Y que alguien prefiera no adentrarse por una calle oscura y angosta del barrio más inhóspito de su ciudad y opte por dar un rodeo para llegar a su destino es más que comprensible (a veces incluso puede resultar una decisión inteligente), y compatible con que solo por pensar en atravesar ese tramo ese peatón sufra un escalofrío.

El problema vendrá dado cuando, ante ese elemento, el afectado sienta un miedo exagerado, se le genere una ansiedad desproporcionada o protagonice un episodio de pánico: gritos histéricos en público al ver una araña de tamaño pequeño en la mesa de un bar; aspavientos de alguien que ha oído que en el local han visto una rata o porque se le acerca el caniche de un amigo con el que se ha encontrado en la calle; sudoración, arcadas y vómitos y descontrol por pánico escénico al estar el ponente de unas jornadas a pocos minutos de entrar en el salón de actos…

En el segundo ramal, que he situado a la derecha, lo que se muestran son reacciones y consideraciones. El primero, RETICENCIA, presupone ya cierta apreciación negativa sobre el elemento, aunque puede ser solo inicial, salvable con alguna comprobación que la disuelva, una no preferencia que quizá se asocie a una ligera experiencia ansiosa leve. Así, una persona puede no ser amigo de tener perros y gatos, aunque no sienta por eso miedo si se cruza con uno, y un profesional mostrarse remiso a dar charlas (e incluso notar mariposas en el estómago si no ha tenido más remedio que aceptar dar una y está a pocos minutos de empezarla).

Si esa reticencia se vuelve persistente, si es estructural ya en el pensamiento del individuo, estaríamos ante una AVERSIÓN permanente. Seguiríamos en el terreno de los miramientos, opiniones dirigidas hacia elemento que lo hacen no afín al individuo, pero sin que ello le impida conllevar el contacto con ese factor (sujeto, objeto, espacio, situación…).

Lo siguiente sería ya una actitud asociada a una decisión: el RECHAZO. Puede desarrollarse mediante comportamientos de evitación o conllevar decisiones de repudio. El afectado no quiere contactar con el elemento