Negros y fantasmas que escriben en la sombra

James Baldwin – Foto de Allan Warren

Si pensamos en escritores negros, a mí me vienen a la mente algunos como James Baldwin o Toni Morrison, o, dada mi afición a la novela criminal (también llamada negra por influjo francés), como Chester Himes o Walter Mosley. Hay muchísimos más, aunque, salvo que uno sea un avezado lector de amplio espectro, no resulta fácil elaborar una lista larga de autores leídos con ese tono de piel.

Por otro lado, si lo que intentamos confeccionar es un elenco de escritores fantasma, la cosecha sería más amplia, rápida e interracial: no daré nombres, porque la vanidad es, en el fondo, un componente del motor creativo, y si muchos escritores no tuvieran un poco de eso —que a pesar de estar mencionado aquí en su sentido más figurado, suena tan espectral—, quizá no fueran capaces de dar frutos creativos relevantes. Queremos que los escritores den a luz buenas obras aunque para ello algunos estén pagados de sí mismos y se crean intelectualmente imprescindibles.

Me queda una tercera evocación que, como las anteriores, tiene un significado un tanto torcido: la de los escritores en la sombra. Al sol uno puede pasear, exponerse al objeto de ligar bronce (o sea, digámoslo claro, querer parecer un poco más negro) o tender la ropa para que se seque; a la sombra es posible descansar a la fresca y refugiarse del inclemente sol playero; y al sol o a la sombra procede contemplar una buena corrida, si no se gastan ánimos antitaurinos.

Me imagino al espíritu de James Baldwin paseando al sol por las calles empedradas de Saint Paul de Vence —la preciosa y artística localidad de la Provenza francesa en la que el escritor vivió sus últimos años en la segunda mitad de los ochenta del pasado siglo—, mirando de cerca a los lugareños jugar a la petanca sin riesgo de que le vean y refugiándose al final, acalorado, a la sombra de un plátano. Sería entonces, literalmente, un perfecto escritor negro, fantasma y a la sombra. Discreto y silencioso, pero autor siempre, a pesar de no estar ya entre los vivos.

Es curioso lo de algunas denominaciones retóricas. Cuando nos referimos a un escritor negro, a un negro literario, a un escritor fantasma o a un escritor en la sombra sabemos casi todos de qué tipo de persona estamos hablando: no de individuos como Baldwin, autor solo de sus propias obras (que se sepa), sino de quien escribe un texto con el objetivo de que se publique con la firma de otra persona simulando esta ser el autor.

Escritores negros, escritores fantasma, escritores en la sombra…

Pero… ¿Por qué negro? ¿Por qué fantasma? ¿Por qué en la sombra?

Ignoro si estas denominaciones son anteriores o posteriores a la que se utiliza preferentemente en el mundo anglosajón: ghostwriter. Traducido, este término podría significar escritor fantasma, pero también escritor en espíritu, escritor espectral o sombra de un escritor. Igualmente tiene ghost un significado que lo acerca a traza, brizna, asomo, atisbo, mínima expresión o muestra de algo. E incluso como verbo (to ghost) significa ya en sí mismo, en un alarde de síntesis, escribir para otro.

Quedémonos, por tanto, con la idea de que un autor que escribe con el fin de que el texto lo firme otro es, en el fondo, un espíritu que sobrevuela sobre la obra, alguien que no aparece pero está, aunque no se le vea ni se le conozca. Eso sí: hay una diferencia importante: los fantasmas están muertos y hay quien cree que a veces se aparecen entre los vivos, mientras que los escritores fantasma están vivos, pero mientras sigan teniendo pulsaciones no podrán protagonizar apariciones si quieren seguir coleando. Escriben agazapados, pero, cuando acaban la obra, desaparecen.

Lo de escritor negro no sé de dónde viene. Puede evocar, ya de modo un tanto anacrónico y un tanto inconveniente, tiempos de esclavitud en campos de algodón, si imagináramos que un ghostwriter es alguien encerrado o atado a la pata de una mesa al que se obliga a generar texto a latigazo limpio. Pero la idea no funciona. Los que escriben para otros cobran, aunque quizá no todo lo que merecen ni todo lo rápido que desearían, y no trabajan obligados ni coaccionados.

Tampoco lo de negro nos debería fijar en la mente una idea de clandestinidad social e impositiva: en la mayoría de los casos, los que son autores pero no figuran como tales escriben y facturan por ello correctamente dados de alta en el censo fiscal de profesionales y cotizando a la Seguridad Social.

Pero quizá esa idea de clandestinidad sí nos pueda conectar con la última idea sobre la que estoy reflexionando: la escritura en la sombra. En este caso, me temo que la denominación resulta demasiado generosa teniendo en cuenta la nula visibilidad que en realidad suele tener nuestro amigo el ghost.

Escribir, lo que se dice escribir, es algo que siempre se produce en la sombra: al sol las meninges se freirían en pocos minutos y a oscuras no se pueden ver ni letras ni teclas. Luego, en el momento de la publicación, de salida a campo abierto del producto elaborado, es cuando la obra y el falso autor se exhibirán al sol (o a la sombra) según el aparato mediático que se vaya a deparar al proyecto o que permita el personaje, mientras que el autor real no solo no se quedará en la oscuridad, sino que desaparecerá para siempre como hacedor del texto. Sí, la sombra es clandestinidad creativa, un secreto que quedará sellado en ese silencioso triangulo firmado por el editor o promotor, el autor real y el autor simulado. Anonimato hasta el fin de los días, inmune a cualquier evocación o invocación espectral de curiosos y suspicaces.

Podría parecer que todo esto lo traigo a colación con el fin de criticar la figura del ghostwriter, denunciar su situación injusta o despotricar contra quienes firman libros que no han escrito.

Mi intención es la contraria. El resto de la entrada lo voy a dedicar a justificar la necesidad de esta figura, a alabar su existencia, a ponderar su aportación al mundo técnico y creativo y, lo que es más osado, a defender la ética de los que constan como autores reales cuando no lo son. Quede claro que yo nunca firmaría un texto escrito por otro (salvo que se tratara de un manifiesto conjunto, y aun así con reparos), pero el mundo ni empieza ni termina en mi humilde persona y no todo lo que no es admirable tiene por qué ser inmoral.

Escritura en la sombra: una realidad incluso conveniente

¿Qué es más importante:  un libro o su autor? La persona, por supuesto, si nos ponemos tiernos y existenciales, pero no me refiero a eso. Cuando se valora o juzga una obra creativa, ¿deberíamos atender solo a lo que contiene esta o conceder beneficios y atribuir virtudes al texto que en el fondo solo corresponden a su autor?

El dilema no es baladí, aunque alguien pueda pensarlo. La historia está repleta de estudios, análisis, exégesis, juicios, revisiones y valoraciones sobre producciones literarias o artísticas en las que aspectos externos a las obras como la coherencia en la trayectoria creativa, el mundo y el lenguaje propios, los antecedentes de osadía y transgresión (incluso en la vida privada), la ideología o la sintonía con valores actuales, por citar algunos, imponen sobre las obras bautismos de virtud y excelencia.

Si nos ladeamos un poco y pensamos en las obras divulgativas y las técnicas, el asunto quedará más claro.  Si un estudio sobre la causas de la crisis económicas recientes resultara ser un pestiño, ¿ignoraríamos esta consideración porque su autor fuera un premio nobel (aunque al parecer en horas bajas) con una interesante producción intelectual?  Y si, al contrario, ese estudio fuera una obra de consideración empapada de lucidez que arrojara chorros de luz sobre la génesis de los ciclos económicos bajistas, ¿le quitaríamos valor si descubriéramos que en realidad lo escribió un colaborador desconocido dada la tendencia reciente a combinar fiesta y molicie del reputado economista?

Si, como imagino, piensas como yo que la obra sería lo que fuera con independencia de quien fuera el autor real o el autor firmante, ya hemos dado un paso importante: desvincular la consideración de la obra de la del autor; no valorar las obras por las bondades de una carrera o trayectoria profesional, de un renombre e impacto previos; no dar mayor valor a una pieza porque encaje bien en un puzzle inacabado; considerar de manera separada el valor del producto y la ética de la autoría y la creatividad; pensar que sobre una obra anónima o con seudónimo no cambiará nuestra apreciación si un día se revela el nombre de su autor y nos sorprende.

Si ese estudio técnico o divulgativo brillante puede existir, queremos que exista, lo firme quien lo firme. Y lo mismo deberíamos decir si se tratara de una novela: si podemos disfrutar de una creación artística que nos emocione, nos haga reflexionar y nos entretenga, pues deseamos poder hacerlo.

Una obra debe firmarla, si es posible, quien la elaboró. Eso, por encima de todo. Valoremos, por tanto, qué puede llevar a que se produzca la anomalía de que el autor que consta en la publicación no sea quien realmente elaboró el texto y veamos si en algún caso puede estar ello justificado. Los supuestos no son muchos.

Puede suceder que una persona tenga una buena idea y un esperanzador planteamiento para una obra pero:

  • Sea hábil maquinando y comunicando ideas, no escribiendo.
  • Carezca de tiempo para tareas creativas, divulgativas o documentales por su intenso horario laboral o por su agenda profesional apretada, o viva en un entorno familiar y social que no le facilite disponer de tiempo y concentración para poder desarrollar esas actividades.
  • Atienda en este momento varios encargos de elaboración creativa o divulgativa (actividad que domina) y deba renunciar a un proyecto que encajaría muy bien con su producción y para el que cree tener ideas muy interesantes que podría aportar.

Por extensión, también podemos entender como obra el despliegue comunicativo verbal (escrito u oral, pero no improvisado) que algunas personas deben asegurar en momentos de su vida —actos políticos, relaciones institucionales, presencia en los medios…— y que no siempre se deja gobernar por la inmediatez y el frenesí de la actividad.

Tenemos, por tanto, dos supuestos de personas que pueden tener ideas válidas y prometedoras pero necesitar a alguien que las convierta en obras creativas, divulgativas o comunicativas:

  • Los que no sabrían elaborar la obra.
  • Los que, pudieran o no llevarla a cabo, no tienen tiempo ni disponibilidad para ello.

Para evitar que en estos casos esas ideas se pierdan, existen cuatro soluciones útiles:

  • Apoyo inicial creativo
  • Asesoramiento creativo continuado.
  • Coautoría.
  • Ghostwriting.

El orden no es arbitrario: es la prelación que yo recomiendo siempre a quien se plantea elaborar una obra pero constata que no puede hacerlo sin ayuda.

  • Si puedes elaborarla tú con algunas sugerencias iniciales, hazlo.
  • Cuando eso no te basta pero crees que sí podrías encararla contando con apoyo a lo largo de todo el proceso creativo, opta por esta solución.
  • Si no te ves capacitado para elaborar la obra ni tan siquiera con ayuda continuada, confía en el asesor creativo y, si el proyecto es interesante y consigues seducirle, cédele parte del trabajo y comparte la autoría de la obra.
  • En caso de que quieras que la obra sea solo tuya y no te veas capaz de asumirla ni con apoyo y asesoramiento, encarga su elaboración y luego asúmela como tuya.

La coautoría es una solución imperfecta en una gran mayoría de los casos: hay muchos autores que quieren que la obra sea suya y no desean compartirla, y, en mayor medida aún, escritores a los que el proyecto planteado no les interesará lo suficiente como para ponerlo bajo su nombre e imagen, aunque sea solo como socios de un tándem y ni siquiera aunque vayan a ser ellos mismos los principales autores.

Nos queda, por tanto, si consideramos la opción de la coautoría como idónea solo en casos excepcionales, un espacio que nos lleva desde el asesoramiento creativo, más o menos prolongado, hasta la escritura en la sombra; desde lo que todo el mundo entendería como razonable (apoyar a quien quiere ser autor mediante una guía o coaching) hasta lo que en el fondo desembocaría en un cierto engaño (dar un material a alguien que no lo ha escrito para que lo presente en sociedad como fruto de su trabajo creativo).

Con el fin de evitar ese deslizamiento de lo honorable hacia lo cuestionable, de la colaboración a la impostura, lo que se tercia es introducir en esta jugada algunos componentes que estrechen algo la distancia existente entre el ghostwriting y el asesoramiento creativo.

Esos componentes, que en mi opinión deben ser tanto acciones como requisitos, quedan como reflexión para otra entrada.