Ghostwriting: obras, dinero, imagen, utilidad…

Abundando en el tema de los ghostwriters, negros literarios, escritores negros, escritores fantasma o escritores en la sombra, creo interesante deslizar una reflexión, breve, sobre cuatro aspectos que suelen suscitarse a menudo sobre esta figura:

  • Obras y materiales que suelen ser objeto de publicación bajo la firma de falsos autores.
  • Precios que se manejan en estos encargos de materiales a escritores.
  • Imagen que tiene en nuestro país el ghostwriter.
  • Utilidad real del escritor en la sombra.

Obras que suelen encargarse a escritores en la sombra

La escritura de textos que no van a ser firmados por su autor real está más generalizada de lo que parece, aunque no siempre la llamemos escritura en la sombra.

Es sabido que muchos materiales que se elaboran —documentos jurídicos, normativos y corporativos, materiales formativos, informes… —no suelen llevar firmas ni mención de sus autores: en estos casos, salvo que en las páginas de créditos se tenga la cortesía de aludir al autor o al equipo de redactores y colaboradores que lo confeccionaron, el documento será anónimo. El producto quedará asociado, en la memoria de quienes lo adquirieron o lo utilizan, al profesional que lo elaboró o al equipo de empresa que colaboró para crearlo, pero solo durante un breve tiempo, porque el recuerdo de esas autorías en los ámbitos de actividad suele ser muy evanescente.

También en muchos proyectos desarrollados en el mundo de la formación se elaboran materiales que pasan a formar parte del corpus didáctico de las empresas que los compraron sin que conste rastro alguno de los autores. Hay incluso consultoras —intermediarias entre los autores y los clientes usuarios— que incorporan estos contenidos a su catálogo sin ninguna referencia a quien los elaboró, poniéndolos bajo el logo de su empresa y añadiéndoles como marchamo un signo de copyright (interesante concepto a cuyo valor real, que no es el que muchos creen, dedicaré pronto una entrada).

En mi humilde opinión, salvo en los documentos jurídicos, la mención al autor o autores debería aparecer siempre aunque fuera con discreción, y creo que ello mejoraría la imagen de la empresa que los presenta y activaría una percepción de calidad de los materiales en los usuarios. Es algo similar a lo que nos sucede cuando hojeamos o leemos un libro: nos fiamos más del trabajo si se menciona al autor y, de haberse escrito en otra lengua, cuando consta el traductor.

Por ejemplo, un mamotreto sobre la Primera Guerra Mundial, o sobre la Segunda, editado sin mención de autor (solo de editorial),—y alguno hay en el mercado reciente—, desprenderá un aroma a material conformado con urgencia, nos hará barruntar una posible carencia de homogeneidad interna y quizá nos haga sospechar una posible confección a partir de quién sabe qué fuentes indirectas y variopintas consultadas aquí y allá. Como resultado, la obra podría perder atractivo en ese momento crucial en el que compite en mesas y anaqueles al lado de otros de idéntico tema y similar dimensión que muestran en lomo y cubierta la mención del autor y lo definen y perfilan en la solapa. Luego, el libro resultará mejor o peor, pero yo, ante la duda, con uno y otro tomo en mis manos, y sin descartar la posibilidad de equivocarme, apostaría a que el firmado resulta tener mejores hechuras, un rigor más elevado y una mayor enjundia.

Del mismo modo, sin importar que la mención sea discreta y en fuente de pequeño tamaño, nos ofrecerá más credibilidad un material técnico formativo en cuyas páginas de créditos se mente a los autores, apuntando así la idea de que no se trata de textos reciclados ni de un patchwork de urgencia. Ello no obsta a que la negación de visibilidad al autor en este tipo de contenidos funcionales pueda ser a veces razonable, si en el proyecto de elaboración se pactó o se aceptó tácitamente que no existiera la mención. En cualquier caso, se trata de supuestos que no suelen quedar contemplados por la denominación ghostwriting, ya que el componente creativo y/o doctrinal no es preponderante.

Distinto es lo que sucede en el amplio campo de la elaboración de textos cuyo fin principal es comunicativo, divulgativo o creativo y se espera que lo que se diga o transmita pueda asociarse de modo explícito a quien lo concibió.

Una novela, un libro de relatos cortos, una biografía, una autobiografía o unas memorias personales, profesionales o políticas, un libro divulgativo con enfoque propio o un libro técnico que suponga un estudio en profundidad sobre algún tema incorporando doctrina del autor son obras que deberían estar firmadas por quienes las elaboraron. Si no es así, si en la cubierta no aparece su mención —porque no se indica ninguna o porque consta la de otra persona, protagonice o no el texto—, estaremos ante un supuesto claro de escritura en la sombra con todas sus credenciales ocultas, ya que, al menos mientras la inteligencia artificial no sea capaz de dominar esta disciplina sin que se note, alguien de la especie humana habrá escrito ese texto que no es solo funcional.

En el mercado se publican bastantes obras de tipo creativo o divulgativo escritas por creadores fantasma, algunas por encargo directo de editoriales (cuando se trata de firmantes con cierta relevancia mediática) y otras instadas inicialmente por quienes desean constar como autores (cuando son proyectos propios pensados para la autoedición, la edición autofinanciada o la propuesta a editoriales).

Los casos más habituales de escritura subrogada promovidos por las propias editoriales son las memorias, las biografías, los libros divulgativos de temas que son tendencia (autoayuda, psicología, empresa, tecnología, trayectorias políticas o deportivas, humor…) y los libros sencillos de divulgación histórica. No es que el ghostwriting sea mayoritario en la producción de este tipo de contenidos —domina mucho más el libro de encargo para publicarse con su autoría real—, pero las ediciones de obras creadas por negros literarios y luego firmadas por otros o publicadas sin firma no son, ni mucho menos, casos excepcionales en estas líneas de edición.

En cuanto a los encargos efectuados por los propios autores al margen de editoriales (o promovidos por empresas con el fin de promover o agasajar a personajes relevantes de su organización), suelen dirigirse a la elaboración de autobiografías, crónicas de viajes o de experiencias vitales concretas y libros divulgativos.

La novela es igualmente, aunque en menor medida, objeto del ghostwriting. Los casos que se dan con más frecuencia son los siguientes:

  • Editoriales que desean publicar una obra de un personaje más o menos mediático con el objetivo de explorar su potencial de ventas o atraídos por su alto número de seguidores en algún medio, espacio o canal, sea tradicional o digital. Suele tratarse de argumentos fórmula (por ejemplo, en estos últimos tiempos, novelas negras, novelas de enigmas esotéricos, religiosos o artísticos, novelas eróticas suaves, novelas románticas para adolescentes, relatos de amores y espionaje en ambientes exóticos, libros solidarios…), para seguir la estela de algún éxito reciente de novelistas auténticos, explotar una tendencia hasta que se agote o aprovechar intereses ocasionales.
  • Autores desconocidos (inéditos o solo con autoediciones) que tienen en su mente, gestándose desde hace tiempo, una idea para una novela pero acaban desistiendo de escribirla por falta de habilidad o de tiempo, o desmotivados por el fracaso de alguna experiencia anterior.

Cuánto cuesta un ghostwriter

Como todo, depende del autor (en este caso, tanto del real como del firmante) y de la obra.

Los escritores negros que son autores bastante reconocidos tienen precios elevados (si bien no tanto como a veces se comenta). No suelen ser megaestrellas acomodadas dedicadas solo a la escritura con pingües ingresos por derechos de autor, sino autores con cierta reputación, varios libros publicados y buenas críticas, y con ventas aceptables de sus obras, pero no avasalladoras. Se recurre a ellos cuando una editorial tiene un proyecto al que otorga un potencial de rentabilidad alto, necesita fiabilidad sobre el resultado y prefiere pisar terreno conocido (es decir, confiar en la obra ya escrita como augurio de que el resultado se ajustará a lo esperado y la producción saldrá con la velocidad que suele dar el oficio).

Otro nivel lo constituyen los periodistas, redactores, consultores, asesores…, con más o menos publicaciones en su haber pero expertos en la escritura temática, comunicativa o creativa, que suelen completar sus ingresos con algunos trabajos que, aun sabiendo que no los firmarán, aceptan llevar a cabo si la remuneración es digna. Sus precios son menores que los exigidos por los antes citados, pero más elevados que los aplicados a contenidos técnicos y funcionales sin mención de autoría.

Sería difícil y poco riguroso citar precios detallados, porque estamos en un terreno casuístico. Por poner un ejemplo, un autor reputado y experimentado con varias obras publicadas, escribiendo como ghostwriter, podría cobrar entre 50.000 y 80.000 euros por una novela o por las memorias de un personaje conocido (pensando en unas 300 o 400 páginas). Pero esa misma obra escrita por un redactor o escritor experto pero no tan conocido podría valer entre 15.000 y 30.000 euros.

Y, si nos imaginamos un libro temático (divulgativo, de autoayuda, de empresa…), de unas 200 o 300 páginas, un autor o profesional conocido podría solicitar entre 40.000 y 60.000 euros, mientras que un escritor experto pero sin especial fama o sin publicaciones podría entregar esa obra por un precio de entre 8.000 y 20.000 euros.

Pero son solo ejemplos. La experiencia de cada editorial será la que dicte cuáles son las tarifas manejadas (que podrían ser en algunos casos mucho menores, o incluso algo mayores), e influirán a su vez la consideración que el autor del encargo tenga en este momento en el mercado, el potencial de ventas que se prevea por cada obra, el perfil del falso autor que firmará el libro, la distribución y campaña promocional que se estén preparando o la posibilidad de que se pacten participaciones en beneficios que abaraten el precio fijo del trabajo, entre otras variables.

Por supuesto, en un mercado recién salido de una crisis profunda pero no del todo recuperado es posible encontrar redactores dispuestos a aceptar precios menores. De hecho, en los países anglosajones es habitual considerar tres niveles para este tipo de trabajos: el expensive, el average y el cheap.

Aun optando por precios moderados, la calidad de algunos autores puede estar asegurada —si de modo coyuntural necesitan esos encargos—, pero según vayamos bajando de precio nos iremos adentrando en segmentos en los que será mucho más probable topar con pseudo profesionales poseedores de escasa habilidad redactora y tentados a entregarse al innoble arte del reciclaje y el plagio.

Por lo que respecta a la redacción de materiales formativos, técnicos o comunicativos, los precios que se manejan son bastante más reducidos que los asociados a obras creativas y divulgativas destinadas a la edición; aun así, factores como la no mención del autor, la posibilidad de que el contenido aparezca como material de la empresa que lo adquiere, la exclusividad de uso por tiempo indefinido (poco habitual) o incluso la opción de que lo firme otra persona (lo que ya sería propiamente ghostwriting) pueden suponer un ajuste al alza de los precios ordinarios de redacción. Son ejemplos típicos los dosieres temáticos, los módulos formativos cuando se requiere algo más que una exposición de nivel técnico básico o medio, o los artículos, crónicas o reportajes originales que requieren cierta consistencia y el manejo de fuentes muy variadas y de difícil acceso.

La imagen de los escritores en la sombra

A lo largo de los últimos años he constatado que existen visiones negativas sobre la figura del escritor negro como las siguientes:

  • Escritor fracasado que no puede publicar sus propias obras y por eso escribe para otros.
  • Escritor oportunista y aprovechado que cobra mucho dinero por ceder su talento a personajes famosos sin talento.
  • Personaje de moral discutible que vende su creatividad a cambio de dinero y muestra su cobardía al no revelar para quien escribe.
  • Personaje aliado de los poderosos que miente a la sociedad con el fin de hacerse de oro.
  • Redactor de corte funcionarial a sueldo de las editoriales.

Nuestro país no es en absoluto averso a estas concepciones, y aunque son, afortunadamente, minoritarias, aquí prima la opinión tibia, no la positiva; de hecho, a diferencia de lo que ocurre en los países anglosajones, es poco habitual en España la presencia de profesionales que se presenten a sí mismos como ghostwriters.

Pero, como ante decía, haberlos, haylos, y eso lo sabe todo el que no quiera engañarse. Cierto es que nadie se dedica a ser escritor en la sombra como profesión definitiva, e incluso diría que nadie tiene la de negro literario como principal actividad económica. Pero sin esa negritud creativa las librerías se alimentarían de menos obras (se perderían algunas buenas, aunque, por qué no decirlo, nos libraríamos de muchas innecesarias).

En países como Estados Unidos o el Reino Unido resulta fácil encontrar numerosos sitios web de profesionales de la escritura que, junto a sus servicios editoriales y de asesoría creativa, ofrecen de manera explícita los de ghostwriting, e incluso existen portales y buscadores específicos que no nos llevan a espacios penumbrosos repletos de eufemismos para buenos entendedores y referencias a equipos humanos fantasmales, sino a websites en los que estos profesionales aparecen al descubierto con sus nombres y apellidos. Ello es visto como normal y esa actividad no tiene una apreciación distinta de la otorgada a los speechwriters, que son calificados no solo como figuras aceptables, sino también como necesarias para una correcta comunicación de los cargos públicos y una gestión óptima y racional de sus agendas.

Sin duda, esta diferencia muestra que los países de lengua inglesa gastan menores dosis de hipocresía que las manejadas en los países de tradición latina, en los que somos más dados a articular apariencias útiles para pasar por seres socialmente bien vistos, sin que sea óbice que para ello debamos ocultar evidencias y correr sin azoramiento todos los velos tupidos posibles que nos pemitan mantener facetas de nuestra vida en la penumbra.

Si, como sucede, los escritores negros existen, deberíamos dar a estos profesionales carta de naturaleza, aunque tengan que actuar siempre, por razones obvias, en el anonimato. Así, no debería existir ningún problema en reconocer a alguien en público como habitual escritor en la sombra aunque no sepamos para quien actúa como tal, del mismo modo que sabemos que un médico lo es y no por ello conocemos ni a quien trata ni qué historiales médicos maneja, o conocemos que un asesor de imagen cuida la de un actor, cantante o político y no por ello accedemos a sus reuniones ni sabemos hasta dónde llegan sus consejos y sugerencias.

Un ghostwriter puede ser un escritor frustrado, por supuesto, como puede ser torero frustrado un crítico taurino, cineasta frustrado un crítico de cine, futbolista frustrado un periodista deportivo o vocalista frustrado un cronista que acude a recitales de grandes grupos y redacta reseñas de los eventos y críticas de los nuevos álbumes salidos al mercado. Pero esa frustración ni es obligada ni si existiera sería relevante.

En realidad, no es cierto que los escritores en la sombra cobren mucho dinero en proporción a la rentabilidad cuantitativa o cualitativa que obtienen los contenidos elaborados, y tampoco tienen por qué ser aliados de los poderosos —algo que he oído pero no sé muy bien qué significa— o más oportunistas que cualquier otro profesional que busca clientes y presta servicios; en cuanto a estar a sueldo de las empresas, es algo que no suele darse y ni por asomo estos escritores por encargo suelen tener un perfil funcionarial (en el más noble sentido del término, asociado a una previsión de continuidad en el puesto y estabilidad en la actividad diaria), ya que los encargos de ese tipo no suelen responder a ninguna planificación regular.

Pero… ¿es razonable que existan los ghostwriters?

El escritor en la sombra es un asesor creativo al servicio de editoriales, promotores y autores que en ocasiones lleva su apoyo a estos últimos hasta el extremo de ser quien elabora los textos. Resulta así, por qué no decirlo, un personaje útil que ayuda a las editoriales a rentabilizar su negocio dando vía a proyectos que tienen potencial de ventas pero presentan algunas dificultades en el proceso productivo, cuando quien podría asegurar esos éxitos comerciales con su imagen no es quien está capacitado o disponible para fabricar el material.

Pero si actúa como debe, el escritor incorporará siempre ideas, sugerencias, enfoques, planteamientos, modos expositivos y preferencias de quien al final firmará las obras. Por tanto, si dudamos sobre si tiene sentido que existan los escritores en la sombra y si existe una ética del escritor negro, la respuesta debe ser, sin dudarlo, afirmativa en ambos casos, como ya apunté en los dos posts anteriores (Negros y fantasmas que escriben en la sombra y Del asesoramiento creativo al ghostwriting). Su fin primordial es contribuir a que aquellos proyectos de obras literarias, temáticas, comunicativas… que puedan resultar interesantes no se queden en los tinteros, no caduquen dentro de los teclados, no sean solo ideas apuntadas en blocs de notas que acaben rancias o desfasadas.

Quien escribe para otros deberá esforzarse para que el resultado represente a quienes firmarán como autores en toda la medida que permitan el calendario y el presupuesto de los proyectos. Y como reservará sus ideas más personales pensando en proyectos particulares—ya que no estamos ante una vía orientada a canalizar la creatividad propia—, no tendrá reparos en contemplar cómo sus escritos son luego disfrutados por los demás ni caerá nunca en la tentación de revelar cuál fue su papel.

El escritor fantasma no solo no es, por tanto, un escritor frustrado, sino que se revela como el mejor remedio contra la frustración creativa.

Quizá quienes dominan la escritura a un nivel digno piensen que jamás dejarían que el texto de otro apareciera publicado con sus nombres. Pero basta con tener una mente abierta para imaginarse con otro perfil, dentro de un personaje al que se le amontonaran las ideas brillantes pero que constatara que su nivel de comunicación oral y su pulsión imaginativa no son equiparables a su habilidad para la redacción, o harto de que la vida le haya llevado por derroteros que harán imposible que pueda disponer de tiempo y concentración para acometer esa obra pergeñada en su fuero interno y que le haría feliz si saliera por fin a la luz.