Demasiada mente en un escrito no es recomendable

Mientras redondeo una reflexión general sobre lo que puede entenderse por perfeccionismo, tratando de imaginar a dónde nos puede llevar tan severa pulsión, tomo un área de descanso con el fin de llamar la atención acerca de lo que en el mundillo de los redactores llamamos habitualmente la fase de acabado. Lo hago partiendo de una modesta y un tanto lúdica indagación gramatical.

Qué es un acabado

Diccionario de la Lengua Española, on side
Diccionario RAE
Fijémonos un momento en los significados que tiene el término acabado, según nos dice la canónica RAE:

  • 1 — adj. — Perfecto, completo, consumado.
  • 2 — adj. — Dicho de la salud, de la ropa, de la hacienda… malparadas, destruidas, viejas o en mala disposición.
  • 3 — m. — Perfeccionamiento o retoque de una obra o labor.

(La RAE añade dos entradas más, referidas a menciones coloquiales relacionadas con el clímax sexual, que, aunque semánticamente relacionadas, no vienen al caso).

De las tres entradas citadas asociadas al término acabado, dos tienen carácter adjetivo y una es un sustantivo, y resulta curioso que, como adjetivo, el término nos exprese unos estados o resultados tanto positivos como negativos (¡sorprendente!), mientras que como sustantivo nos aporta una acción, una intención y la fase de un proceso (en este caso, con una connotación solo positiva).

Pero lo más chocante no es eso. Si relacionamos el sustantivo con el primer adjetivo (el positivo), podríamos llegar a la conclusión de que el perfeccionamiento es lo que nos llevaría, a base de retoques, a la consumación, a la perfección, al estadio final en la evolución de algo, mientras la propia RAE da al verbo perfeccionar, entre otras acepciones, la de mejorar algo y hacerlo más perfecto, por lo que parece conformarse con determinar un avance hacia algo, lo perfecto, que por lo que se ve tiene grados —si una cosa puede ser más perfecta que otra— y no es, por tanto, un punto de llegada. Vaya lío.

En realidad, la mirada lanzada a los significados de algunas palabras no es más que una mera coartada, útil para armar esta pequeña reflexión sobre el acabado, habida cuenta de que la lengua está llena de matices y los mismos términos muchas veces tienen funciones y acepciones diferentes, expresan acciones y a su vez resultados, conllevan simultáneamente rasgos positivos y negativos, o cubren una idea y al mismo tiempo la atacan solo por un flanco. Nada extraño, dado que somos los hablantes quienes dotamos a las palabras de sus sentidos.

Por todo ello, creo que la pregunta del millón es la siguiente:

¿QUÉ ES EL ACABADO?

¿ES LA PERFECCIÓN, ES EL AVANCE HACIA LA PERFECCIÓN O ES UN SIMPLE AVANCE?

Lo perfecto, lo posible, lo máximo…

La propia RAE nos permite deshacer el nudo con dos de las acepciones del término perfecto:

  • 1 — adj. — Que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea.
  • 2 — adj. — Que posee el grado máximo de una determinada cualidad o defecto.

De nuevo connotaciones positivas y negativas en un mismo término. No en vano alguien puede ser un perfecto caballero o un perfecto idiota. Pero son dos expresiones —mayor grado posible y grado máximo—las que nos permiten aliñar la ensalada semántica en la que antes nos hemos fijado para que sea más gustosa y digestiva.

Sigamos, ya por última vez, con la RAE, en este caso prestando atención a algunos sentidos de los términos posible y máximo.

POSIBLE

  • 1 — adj. — Que puede ser o suceder.
  • 2 — adj. — Que se puede ejecutar.
  • 3 — m. — Posibilidad, facultad, medios disponibles para hacer algo.

MÁXIMO

  • 1 — adj. — Se dice de lo más grande en su especie.
  • 2 — adj. — Límite superior o extremo a que puede llegar algo

Aunque posible y máximo parecen dos términos rotundos, categóricos, extremos, no son tan fieros como a veces los pintamos en nuestra memoria léxica. Si pensamos que algo siempre ocurre en un ámbito o en una circunstancia, pertenece a una clase o especie y puede depender de medios y de facultades, seguro que llegamos a esta conclusión: lo posible es en realidad lo viable y lo máximo es únicamente el límite al cual en cada momento podemos llegar. Absenta, con un poco de azúcar y convenientemente rebajada con agua, convertida así en un suave y digestivo anisado.

Vayamos ya al punto del que partíamos: el acabado como fase, en este caso, del proceso de elaboración de un contenido escrito, que es de lo que tratamos en este sitio.

Cuando consideramos que la fase de redacción ya se ha completado, entramos en una etapa en la que sometemos el material a las revisiones finales. No es que durante la elaboración del escrito este no haya sido objeto de chequeos y retoques: escribir (o redactar, que suena más prosaico) es una acción continuada que debe combinar siempre la creación con la revisión y la modificación del texto que se va construyendo (de maneras que dependen mucho de las técnicas de cada autor).

puzzle sin acabarPero cuando un material parece tener cara y ojos, cuando en una lectura completa nos parece que ya cubre todo el terreno que habíamos previsto y empieza a producirnos cierta satisfacción, se produce un salto en nuestras mentes que nos lleva a un estadio diferente de exigencia en el que casi siempre lo que nos satisfacía pasa a convertirse en un material, a nuestro entender, aun defectuoso. Siempre es así, o debería ser así, porque, antes de culminar la fase que llamamos acabado, incluso los textos más brillantes suelen revelar numerosos defectos, sean congénitos o hayan surgido a lo largo de su elaboración.

No es que no veamos defectos durante la redacción. Algunos los vamos corrigiendo sobre la marcha, pero escribir puliendo todo tipo de imperfecciones puede hacer inviable la labor del autor.

Es cierto que hay pintores que siguen como técnica el acabado de zonas de un cuadro mientras otras permanecen en fase de boceto, y también hay escritores que siguen un método similar de trabajo, atentos al detalle de unos apartados mientras dejan otros a la espera, solo esbozados o ni siquiera iniciados. Pero me da la sensación de que este modo de actuar se compadece mejor con las labores creativas nacidas de la libre iniciativa —no dependientes de encargos— o con las obras que podemos elaborar disfrutando de calendarios relajados.

Cuando hay que escribir para otros, cuando las fechas aprietan, cuando es preciso enviar avances a quienes esperan el contenido con el fin de que aprueben los rumbos y aporten ideas, no parece conveniente recurrir a métodos de trabajo que inserten el acabado en la propia fase de elaboración.

Como decía, no es que no reparemos en defectos durante la redacción, ya que el texto se va apuntalando y reparando según se progresa en él, sino que no detectamos ciertos errores, carencias, desaliños e imprecisiones. No los vemos y, me atrevo a decir, no los debemos ver aún. Si nos empeñáramos en descubrir todo lo cuestionable que va surgiendo mientras escribimos, no podríamos avanzar en la elaboración del material con la velocidad requerida ni dedicaríamos todas las energías posibles a lo que en ese momento es más importante: imaginar, inventar, seleccionar, construir y ordenar.

Por eso, cuando ya damos por concluida la fase de elaboración propiamente dicha, el escrito que aparentaba poseer calidad se convierte súbitamente en un material todavía defectuoso sobre el que debemos operar a corazón abierto: nuestra mente empieza a fijarse de otro modo en el texto y pasamos de la arquitectura al diagnóstico y de la edificación a la cirugía.

Y aquí retomo el título de este post, en el cual digo que demasiada mente en un escrito no es recomendable. En coherencia con el pequeño juego de definiciones prestadas de la RAE al que he dedicado parte de este artículo, voy a tratar de extraer dos derivadas de este título, cada una en una órbita diferente, con la intención de llegar a un mismo destino.

Un sencillo experimento

Si entendemos la perfección como lo mejor que en cada caso es posible, y lo posible como lo que en cada caso es viable —ejecutable con unos medios y facultades determinados—, debemos entender que la labor de acabado de un escrito debe llevarnos a mejorar el material en el tiempo del que disponemos, respetando las coordenadas del encargo y de modo que el trabajo global se siga ajustando al presupuesto. Manteniéndonos dentro de estos parámetros, debemos exprimir nuestra mente todo lo que podamos con la finalidad de que el escrito resulte todo lo eficaz y brillante que sea posible.

Exigirse mentalmente implica afinar la concentración, vencer la pereza que suelen dar las relecturas, leer prestando atención no solo al texto completo, sino a cada apartado, párrafo y línea, y buscar intencionadamente esos errores o imperfecciones (formales o de contenido) de los que suelen adolecer los escritos que no han sido revisados a fondo, e incluso a veces lo que sí los han sido.

Por supuesto, si somos autores por propia iniciativa y no debemos rendir cuentas a nadie (como ocurre, por ejemplo, con este post), el margen de maniobra, el recorrido razonable de perfeccionamiento, será más amplio, aunque no infinito si queremos exhibir o explotar el producto y sacarle algún beneficio, sea tangible o intangible.

Confieso que este artículo lo he ido redactando con cuidado, con cariño, como otros, pero no lo he sometido a una revisión final propiamente dicha. He decidido publicarlo en el blog sin acabado. Y no he introducido deliberadamente en el texto ningún término o expresión con la intención de que resulte más llamativo el resultado de lo que estoy a punto de hacer. Que me parta un rayo si miento.

buscar palabrasPues bien. Cojo en este preciso momento el buscador del procesador de textos en el que he redactado este post y pongo la palabra mente. Vamos a ver cuanta mente he puesto en el escrito.

El resultado (hasta el anterior párrafo) nos da que esa palabra o partícula aparece 18 veces. De ellas, 7 corresponden al término mente o mentes (dos de ellas en el anterior párrafo, y otra en el título del post, tres a las que podríamos conceder por ello una —pido disculpas— eximente), mientras que las 11 restantes son adverbios de modo: habitualmente, semánticamente, únicamente (dos veces), simultáneamente, convenientemente, propiamente (dos veces), súbitamente, mentalmente e intencionadamente.

Incluso hay algún párrafo en el que aparecen dos de esos adverbios—hasta en líneas contiguas— o incluso encontramos en otro el sonido mente tres veces (dos adverbios y el propio sustantivo).

Por supuesto, dado que la intención del escrito era, en parte, incluir este sencillo ensayo, si el resultado hubiera dado una densidad menor de este tipo de términos me habría visto obligado a introducir alguno para justificar el experimento, pero, como decía antes, no ha sido preciso (y que me parta otro rayo si lo he adulterado).

Llegados hasta aquí, con sinceridad: ¿no crees que resulta excesivo un recurso tan reiterado a estos adverbios y que, en conjunto, el sonsonete mente quizá se oiga demasiadas veces, teniendo en cuenta la extensión del artículo?

En mi opinión, sin apenas dedicar tiempo, podría haberle dado un poco más de elegancia al texto cambiando, por ejemplo, únicamente por solo, habitualmente por con frecuencia, deliberadamente por de modo deliberado

Lo dicho: demasiada mente en los escritos no es recomendable.

Y lo mismo sucede en muchos textos, antes del acabado, con términos como la preposición para (socorrida como pocas para facilitar la redacción rápida), el adverbio también o algunos conectores del discurso (a su vez, asimismo, sin embargo, no obstante, igualmente, del modo similar, por último…), por citar solo algunos de los vocablos o locuciones más recurrentes. No todos los componentes que nos han servido en la construcción del contenido —como los citados u otros de mayor calado— nos van a parecer tan resultones cuando se trate de dar el visto bueno final.

La importancia del acabado

El ejemplo lo he basado en un aspecto formal, respecto del cual un correcto acabado solo habría redundado en una mayor finura o distinción del texto, pero una buena revisión final habría incidido también en otros aspectos, asociables tanto al estilo como al rigor, tanto a la brillantez como a la corrección, tanto al fondo como a la forma.

La fase de acabado de un escrito no debe llevarnos a exprimir nuestras neuronas de manera absurda en pos de una perfección ideal que no podemos alcanzar. De hacerlo, nunca acabaremos los trabajos a tiempo, reventaremos los costes de elaboración y, en ocasiones, precisamente por la propia sofisticación expresiva lograda (por no hablar del incremento del riesgo de retrocesos), podemos acabar aplastando la eficacia y funcionalidad de los escritos por un desajuste de tonos o estilos. Aguzar la mente con el objetivo de mejorar, sí, por supuesto. Perfeccionismo, no, gracias. Volviendo al título, demasiada mente…

Pero el acabado debería ser irrenunciable y servirnos para depurar los materiales de los defectos evidentes que aun muestren, y no solo como vía para aportar mayor distinción a los textos.

Ya se trate de imprecisiones terminológicas, de fallos estructurales, de lapsus sintácticos, de errores ortográficos o de residuos de redacciones iniciales luego alteradas —e incluso, como hemos visto, cuando detectamos reiteraciones que nos ha sido útiles en la fase de elaboración para asegurar la velocidad y la fluidez de la redacción y no desgastar energías necesarias—, la labor de acabado es crucial si perseguimos el buen fin de un escrito.

frontal autoNo hay duda de que si compramos un coche con un buen chasis y mecánica fiable pensaremos que es un buen producto, pero seguro que si al pasar la mano por el salpicadero nos dejamos las yemas de los dedos en unas rebabas de plástico o a los pocos kilómetros las bisagras de las puertas empiezan a chirriar, el ajuste del asiento se resiste o la puerta de la guantera se atasca pensaremos que quizá podían haberse esmerado algo más en el diseño de componentes o en las cadenas de montaje sin que eso tenga nada que ver con la búsqueda de la perfección.

Dicen los que tienen un alma perfeccionista que los escritos no se terminan, siempre se abandonan. Algo de cierto hay en ello— nos lo dice esa quemazón que casi siempre experimenta el autor cuando entrega un producto—, y la vocación de mejora, en espíritu, no debería ser de ningún modo reprochable. Pero deberíamos evitar que nos tengan que arrancar de las manos el material encargado por nuestros retrasos injustificados, por muy honorables que nos parezcan sus causas, sin que por ello zanjemos los trabajos con desidia, confiando en que no se noten los defectos o convencidos de que aun así los destinatarios recibirán más de lo que se merecen.

En todo caso, como este post, de manera deliberada, no ha tenido una auténtica revisión final separada de la fase de redacción (que me parta un tercer rayo si no es cierto), lo abandono así, confiando en que parezca digno y, aunque tenga alguna reiteración, imprecisión, desliz, desorden o tosquedad de composición o estilo, nadie lo critique por no haber completado su autor… un buen acabado.

Volveré sobre la cuestión en una futura entrada, pivotando sobre una idea clave que aquí de pasada he mencionado: el acabado y la diversificación en las miradas al texto, un ejercicio necesario que obliga a dedicar varias lecturas finales, todas ellas diferentes, a los materiales elaborados.